Nuestros problemas no se solucionarían con una vuelta al Estado nación, sino acabando con un sistema que nos explota tanto en el conjunto de Europa como en cada uno de nuestros países
En
1957 seis países de Europa firmaban el tratado de la Comunidad
Económica Europea (CEE), que había sido precedido en 1951 por la
Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), y que desembocaría en
la actual Unión Europea. La terca realidad ha disipado la espuma de las
promesas de felicidad, para enfrentarnos a una dura realidad: la Unión
Europea no está diseñada para mejorar la vida de los pueblos, sino para
hacer más ricos a los que ya lo eran.
Puede parecer bastante
lógico que ante unas instituciones europeas antidemocráticas, que en los
últimos años nos han impuesto recortes brutales en nuestros servicios
públicos, surjan voces apostando por la vuelta a “la soberanía
nacional”.
Pero quizá esta alternativa pierda fuerza si
profundizamos un poco más en el análisis. En primer lugar, es
fundamental desenmascarar la propia naturaleza de la Unión Europea como
proyecto político del capitalismo para Europa para entender que el
problema se sitúa en el sistema y no tanto en el hecho de que exista una
integración regional. Todas las instituciones de la UE forman parte y
están basadas en un sistema económico que se sustenta en el saqueo de
muchos para beneficio de pocos, y así se construyó, desde el principio,
con el objetivo de crear un mercado común interno y que, a la vez, nos
posicionara con fuerza en el mercado mundial para que una pequeña élite
continuara enriqueciéndose.
La crisis de la UE y la del capitalismo son inseparables
Y
precisamente porque la UE es un proyecto capitalista, no se puede
desligar el análisis de la crisis de la UE de la crisis del capitalismo.
De hecho, no son dos crisis diferentes. Lo que ha sucedido es que
aquello que hasta ahora sólo era evidente si mirábamos a África y Asia
--es decir, que el capitalismo no es capaz de satisfacer las necesidades
de la mayoría--, ya se ha puesto de manifiesto en los países que hasta
ahora habían sido los grandes beneficiados del sistema, en Europa y en
EEUU, donde las clases populares se han visto azotadas por el paro, la
precariedad y la pobreza.
Por eso en el 60º aniversario de la
firma del Tratado de Roma, no hay nada que celebrar. Especialmente en
“los países del sur” --sería mejor decir “los países de la periferia”--
que, aunque en el período de auge económico internacional experimentaron
un crecimiento, al comenzar la crisis económica han padecido altas
tasas de desempleo, precariedad laboral y retroceso en la prestación de
los servicios públicos, con un incremento notable de la población en
riesgo de pobreza.
Sin embargo, no podemos quedarnos con un
análisis territorial de las consecuencias de la crisis o de las
políticas de austeridad de la UE, porque las políticas de austeridad han
hecho aumentar las desigualdades en los 28 Estados miembros de la UE,
incluida Alemania.
Las desigualdades crecen en todos los países
“Aunque
el paro en Alemania afecta al 6,9% de la población activa –unos 40
millones --, la cifra absoluta supera los tres millones. Un 15,5% de la
población ingresa menos del 60% del salario medio, lo que la convierte
en pobre. Casi el 60% de los parados son pobres, y lo mismo sucede con
el 40% de padres y madres solteros. Más de tres millones de trabajadores son pobres,
a pesar de tener empleo, lo que supone el 7,8% de la población activa. Y
eso está empezando a afectar cada vez a más trabajadores con contrato
fijo.”
"Las desigualdades de rentas han alcanzado niveles récord en la mayor parte de los países de la OCDE"
Debemos tener claro que ni siquiera es un proceso
exclusivo de Europa. En mayo de 2015, el secretario general de la OCDE,
Angel Gurría --nada sospechoso de izquierdista--, se alarmaba por esta
progresión sin precedentes en un preámbulo al último informe: “Hemos
alcanzado un punto crítico. Las desigualdades en los países de la OCDE
no han sido jamás tan elevadas desde que las medimos” (1). “Las
desigualdades de rentas han alcanzado niveles récord en la mayor parte
de los países de la OCDE y se mantienen a niveles más elevados aún en
numerosas economías emergentes”.
Los ricos se han hecho más ricos
en todos los países. No todos en Alemania han ganado ni todos en el
Estado español hemos perdido. El presidente y consejero delegado de
Inditex, Pablo Isla, percibió una retribución total de 10,37 millones de
euros en el ejercicio 2016, equivalentes a 28.410 euros al día. Y sólo
es la guinda del pastel, pues es la tónica de todos los altos directivos
del IBEX 35 y de las grandes fortunas, que también han crecido.
Es
cierto que, a veces, en la búsqueda de un buen titular, perdemos el
rigor. Pero más allá de 'Alemania nos impone políticas de austeridad', o
del 'Merkel nos obliga a recortar', la realidad es que las políticas
económicas de la UE han estado y están al servicio de las clases
dominantes de toda Europa, también de las del Estado español, aliadas
entre ellas. Eso sí, con un predominio de las alemanas y francesas, como
consecuencia lógica de la situación más dominante de cada una de ellas
en el mercado mundial.
Si tenemos claro que las políticas de
austeridad han supuesto en todos los países de la UE una gigantesca
transferencia de las rentas del trabajo a las rentas del capital,
deberíamos centrarnos en la repercusión desigual de la crisis en las
distintas clases sociales, porque si no podríamos errar el análisis.
Identificar al adversario es la primera condición en cualquier batalla, y
nuestro adversario no son los pueblos de Europa, sino la estructura y
la concepción de la Unión Europea, al servicio del capital financiero,
de los poderosos.
La principal división es de clase
Esta
UE ha tenido y tiene a unos gobiernos actuando como marionetas de esas
élites. Algo que también se da en el Estado español. Zapatero y Rajoy,
aplicando las políticas de austeridad, no sólo se arrodillaron, sino que
han sido cómplices y copartícipes, igual que lo fue Felipe González con
la desindustrialización. Todos ellos forman parte de esa alianza entre
la socialdemocracia europea y los conservadores, que son los que han
diseñado esta Europa. Han sido sus impulsores y quienes han avalado los
tratados de Maastricht y Lisboa, el Pacto de Estabilidad, las políticas
de austeridad y, ahora, también los tratados de libre comercio, que son
la propuesta para el futuro, ya casi presente. Esa alianza se ha
mostrado a las claras con el respaldo al CETA (el tratado entre la UE y
Canadá).
Zapatero y Rajoy, aplicando las políticas de austeridad, no sólo se arrodillaron, sino que han sido cómplices y copartícipes
No se trata tanto de un ataque a la soberanía nacional
de los Estados miembros, como de un ataque organizado por la clase
dominante de todos los Estados de la UE a los trabajadores y
trabajadoras de todos los países de Europa. Y, por tanto, nuestros
problemas no se solucionarían con una vuelta al Estado nación, sino
acabando con un sistema que nos explota tanto en el conjunto de Europa,
como en cada uno de nuestros países. En otras palabras, creo que la
salida a la actual situación no es recuperar soberanía nacional, sino
conquistar soberanía popular. En el Estado español, con UE o sin UE, con
peseta o con euro, nuestra clase, el pueblo, nunca ha tenido soberanía,
si por eso entendemos la capacidad de tomar decisiones. Es decir, de
gobernarnos.
El campo de batalla es Europa
Ahora
toca hablar de conquistar el derecho a que el pueblo y los pueblos de
Europa decidamos nuestros destinos. La UE sólo responde a los intereses
de las élites y por eso es imposible construir nuestra Europa
manteniendo su actual estructura.
Pero entiendo que la alternativa
de la izquierda, como internacionalistas que tenemos claro que a la
clase trabajadora lo que le da fuerzas es la unidad por encima de las
fronteras, no puede levantar fronteras.
El camino de vuelta al
Estado nación nos llevaría al riesgo de enfrentamientos entre
territorios y de forjar alianzas con aquellos que, siendo nuestros
“compatriotas”, son, sin embargo, nuestros verdaderos enemigos, porque
tenemos más intereses en común con la clase trabajadora de cualquier
país de Europa que con nuestra oligarquía respectiva.
Nuestra misión no puede ser abandonar el campo de batalla en que se ha convertido la UE
No podemos permitirnos, desde la izquierda, ir por
detrás de los acontecimientos. Nuestros adversarios están perfectamente
organizados a escala europea y nuestra misión no puede ser abandonar el
campo de batalla en que se ha convertido la UE, sino organizarnos para
oponer a su proyecto el nuestro. Frente a la Europa fortaleza de los
mercaderes y las élites, debemos representar la Europa democrática y
solidaria de los pueblos.
Para poder construir la alternativa
política y económica necesitamos un programa común, que ponga la riqueza
creada por el trabajo social en manos del pueblo, ya que existen
recursos suficientes para poder garantizar unas condiciones de vida
digna. Conquistemos nuestra soberanía.
1 Desigualdades y crisis social en Europa (02/06/2015). Roland Pfefferkorn. Viento Sur.
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Marina Albiol es Eurodiputada y portavoz de Izquierda Plural en el Parlamento Europeo.
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| Marina Albiol |



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