Parece absolutamente necesario no dejarse dominar por las sucesivas coyunturas y abordar el tema de la distribución de la renta en una panorámica global, extremadamente competitiva, en la que muchas personas no logran un salario suficiente y otras muchas nunca llegan a trabajar.
Se está generalizando la idea de que estamos en puertas de una
recesión económica. Todos los indicadores económicos y políticos
globales y los de Europa, en particular los de la UE, apuntan a una
significativa desaceleración de la economía. Aunque parece que la
economía española de momento, y a pesar de los avatares políticos,
resiste bastante y mejor que otros países, es obvio que se va a ver
afectada en su capacidad de generar riqueza.
Por lo tanto, las voces que recaban prudencia y moderación en los
asuntos económicos se amplían. Especialmente respecto a las
reivindicaciones de los trabajadores, muchos de los cuales todavía
sufren las consecuencias de la crisis de 2008 y sus ajustes
correspondientes. Al mismo tiempo se acepta también de forma bastante
mayoritaria que en la corta fase de recuperación (2015-2019), se ha
restablecido la economía (es decir la capacidad de producir riqueza del
país), han mejorado los beneficios empresariales, incluso hasta la
recaudación impositiva, pero la situación económica de la mayoría de los
trabajadores no ha vuelto siquiera a la situación anterior a la
crisis, ni las clases medias, cuya suerte se ha deteriorado fuertemente
han mejorado. La globalización, las externalizaciones, las
subcontratas, la imprescindible competitividad mundial se han utilizado
para explicar que no podía mejorar la situación social. Testigo de ello
es el nivel actual de los salarios, especialmente los de los nuevos
empleos, la extensión y aceptación del empleo precario, y la fuerte
inestabilidad de la recuperación del empleo. Y ello sin mencionar
siquiera como se ha deteriorado la situación no laboral a causa de los
ajustes en el gasto público y otras políticas. Mucho menos todavía ha
mejorado en proporción al aumento del crecimiento, como debiera ser,
porque ¿para qué se quiere crecer si no?
Es tan evidente esta situación que entre los estudiosos y los
observadores que se ocupan de estos temas (incluso por políticos
conservadores) se observa una amplia y recurrente preocupación por el
incremento de la desigualdad y la amplitud de la pobreza. No sólo en el
Estado español, sino en todos los países ricos.
Pero ahora resulta que de nuevo entramos en un periodo difícil
cuando se vuelve a argumentar que ‘no se pueden’ hacer concesiones a la
parte social. Se sostiene que no se pueden exigir mejoras sustanciales
en las condiciones de trabajo y los salarios en estas circunstancias.
Mejoras absolutamente necesarias para recuperar, siquiera muy
modestamente, todo lo perdido con la crisis y con unas políticas
neoliberales de austeridad realizados en estas décadas por empresas y
gobiernos. Y las instituciones internacionales siguen recomendando la
austeridad.
¿Cuándo llega entonces la época propicia a un reparto más justo de
la renta producida? Resulta que en el capitalismo actual, cuando llegan
las crisis o las recesiones es imperativo apretarse el cinturón, pero en
los breves momentos de auge logran no revertir la situación de todos
aquellos que viven de su trabajo. Parece que son muy pocas las gotas que
caen de la copa de champan del crecimiento. Si, como es sabido, en el
capitalismo las crisis y las recesiones son recurrentes e inevitables,
se producen en periodos cada vez más cortos y, en los periodos de
bonanza ni siquiera se recupera lo perdido ¿Qué pueden entonces esperar
las clases populares (incluyendo las clases medias) de este capitalismo
supermoderno, superglobal, con todas las tecnologías más y más
avanzadas? ¿Cómo es que incluso en los periodos de recesión se mantienen
o aumentan los beneficios pero no se diseñan formas de distribución
que permitan condiciones laborales suficientes, ya que no
satisfactorias, para quienes han de trabajar?
¿Cuáles son las perspectivas para los trabajadores? Muchas de las
graves turbulencias políticas y sociales que están produciéndose en los
países ricos, ¿no serán fruto de estas dinámicas más que debidas a la
incapacidad o locura de los gobernantes o las dificultades de la
economía? ¿No será imperativo el plantearse este tipo de problemas en
lugar de dejarnos atenazar por las turbulencias que presenta la escena
política? Si en los periodos de auge aumenta la desigualdad, ¿cómo se va
a resolver el tema de una distribución de la riqueza no ya justa,
imposible en el capitalismo, pero que por lo menos permita una vida
material sin grandes angustias e incertidumbres? Parece absolutamente
necesario no dejarse dominar por las sucesivas coyunturas y abordar el
tema de la distribución de la renta en una panorámica global,
extremadamente competitiva, en la que muchas personas no logran un
salario suficiente y otras muchas nunca llegan a trabajar.
* Miren Etxezarreta Zubizarreta es una economista vasca, intelectual de izquierdas y activista
fuertemente vinculada a los movimientos sociales. Es cofundadora del
Seminario de Economía Crítica Taifa y, desde 2007, es Catedrática Emérita en Economía Aplicada de la Universitat Autònoma de Barcelona



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