(José Luis Sampedro, 15 de Mayo de 2011)
* Rosa Maria Artal es periodista y escritora, autora de lbiros como 'Salmones contra Percebes', suele manifestar su opinión en su blog ElPeriscopio
* Crónica agradece poder compartir sus opiniones con nuestros lectores
Los datos y noticias para este artículo han sido extraídas de las webs del Festival for Solidarity, Cooperative and Economy, Keep Talking Greece, X-Pressed, Info Grecia , Autonomias o The City at Time of Crisis. Parte de esas experiencias que se narran han quedado recogidas en el blog On The Road de la 15MBcn Internacional.
La cuestión no tiene fundamento así planteada, ni histórica ni doctrinalmente.
Baste recordar que fueron
regímenes de extrema derecha los que endeudaron hasta las cejas a los países latinoamericanos en los años setenta y ochenta o que los déficits más grandes de la historia los han generado paladines de la austeridad como los derechistas Reagan o Bush.Para entender lo que hay detrás de esa mentira conviene saber de dónde viene la deuda y cómo se financia.
Cuando alguien, bien sea un sujeto privado o el sector público, gasta más de lo que ingresa, tiene deuda y, por tanto, tiene que financiarla: alguien le tiene que prestar para que pueda realizar ese gasto mayor que el ingreso.
Hasta hace unos años (y todavía ahora en la mayoría de los países) cuando eso le ocurría al sector público podía recurrir el banco central. Este era un “banco de los bancos” y además el banco del gobierno, a quien le proporcionaba el dinero que necesitaba. Si se trataba de cantidades razonables, podía financiarlo sin problemas pero si se limitaba a imprimir dinero alegremente, con independencia de la situación de la economía, antes o después tendría ante sí un grave problema porque el dinero cada vez valdría menos. Solo Estados Unidos puede permitirse ese privilegio porque tiene la “suerte” de que su moneda se use en más del 60% de los intercambios mundiales (gracias a su poder económico, político y militar). Gracias a ello puede imprimir dólares con independencia de cómo esté su propia economía porque siempre habrá alguien fuera que los desee. Lógicamente, disfrutando de este privilegio, a Estados Unidos no solo no le importa que haya mucha deuda sino que la aumentará constantemente para poder financiarse sin cesar, mientras haya otros que estén dispuestos a adquirir su moneda.
Por otro lado, cuando los particulares nos endeudamos hemos de acudir a los bancos privados. Y estos, cuando necesitan más dinero del que tienen, también se endeudan, recurriendo para ello o bien a otros bancos o al banco central.
Esta situación cambió en Europa cuando se constituyó el Banco Central Europeo. Sus estatutos establecieron que no podría financiar a los gobiernos. Algo raro porque era como ser un banco central…¡que no era un banco central! La razón de esa decisión es fácilmente deducible: si los gobiernos necesitaban financiación deberían pedírsela a los bancos privados.
Y aquí está la madre del cordero porque, aunque mucha gente no lo sabe o no se da cuenta, el negocio de los bancos es prestar, es decir, crear deuda. Cuando lo hacen crean dinero y entonces obtienen beneficio y poder.
Veamos un sencillo ejemplo. Supongamos que yo tengo los únicos 100 euros que hay en la economía y que se los presto a mi amiga Y. En ese momento sigue habiendo 100 euros, solo que 80 en mi bolsillo y 20 en el de Y. Pero si el banquero Sr. Botines me convence y deposito los 100 euros en su banco, éste pensará que yo no los voy a retirar enseguida. Entonces, buscará un cliente a quien prestar con una parte de mi dinero. Supongamos que mi amiga Y va al banco y el Sr. Botines le concede un crédito de 20. En ese momento el dinero que hay en la economía ha pasado a ser… ¡¡¡120 euros!!! Parece magia pero no lo es. En dinero legal (monedas o billetes) sigue habiendo la misma cantidad (100 euros) pero el banco ha creado medios de pago: con mi cheques o con mi tarjeta puedo gastar 100 euros y mi amiga Y puede gastar sus 20 euros, luego el dinero que ahora hay en total en la economía es 120 euros. El Sr. Botines ha creado “dinero bancario”. Y al hacerlo gana dinero, porque a mí me dará quizá un 5% por depositar mi dinero y a mi amiga Y le cobrará un 8%, por ejemplo pero siempre más del 5%, por el préstamo.
Pero además de ganar dinero, al crear dinero el banquero Botines aumenta su poder porque todos sabemos que el dinero da poder, poder de satisfacción y también poder de decisión.
Resulta entonces que hay un grupo social (los banqueros) que cuando crean deuda, crean dinero, y cuando crean dinero aumentan sus beneficios y su poder. ¿A qué se van a dedicar entonces? Pues lógicamente a tratar por todos los medios de que aumente la deuda: obligando a que, como en Europa, los bancos centrales no den gratis el dinero a los gobiernos para dárselo ellos, influyendo en los gobiernos para que apliquen políticas de moderación salarial y así los trabajadores tengan que endeudarse, haciendo que bajen los ingresos de las empresas y tengan que pedirles créditos, haciendo que la gente compre viviendas en lugar de alquilarlas, etc, etc.
En definitiva. No es verdad que haya tanta deuda porque hayamos vivido por encima de nuestras posibilidades sino porque la economía, la sociedad y hasta el poder político están dominados por un grupo social que tiene el privilegio de ganar dinero y de aumentar su poder aumentando la deuda y porque hay un país imperial, Estados Unidos, que tienen también el privilegio de endeudarse continuamente dándole sin fin a su máquina de imprimir dólares.
La conclusión es clara: si de verdad queremos que disminuya la deuda, acabemos con el privilegio de crear dinero que tiene la banca privada y con el imperialismo económico y monetario de Estados Unidos.
* Crònica agradece al profesor y Catedrático Juan Torres su deferencia por estos artículos
* Entrevista del 15M de Sevilla a Juan Torres
Defendemos un sistema de calidad dotado de los
suficientes recursos humanos y materiales para una atención integral y multidisciplinar de la Salud.Defendemos un sistema con una participación ciudadana real, informada, corresponsable y con capacidad decisoria. Defendemos que la Salud depende consustancialmente de nuestras condiciones de vida, de vivienda, de condiciones laborales, de los sistemas educativos y de apoyo social, etc. Por lo que, en defensa de nuestra Salud, lucharemos en contra de todas las políticas que recorten los derechos de los trabajadores.
Defendemos la cobertura sanitaria de los españoles mayores de 26 años que no han cotizado a la seguridad social, como un derecho propio y no cómo caridad, con un sistema que les obliga a presentar un certificado de pobreza.
Defendemos un modelo sanitario eficiente, basado en la Atención Primaria y en la Prevención y Promoción de la Salud, con un uso racional de medicamentos y de tecnologías sanitarias según criterios científicos y de preferencias del paciente y no según las presiones de la industria y los mercados. Exigimos agencias evaluadoras totalmente independientes para fármacos y tecnologías sanitarias.
Defendemos la atención integral de toda la ciudadanía, incluyendo a los compañeros migrantes en situación irregular que trabajan con nosotros y que también pagan impuestos. Llamamos por ello a la insumisión del personal de centros sanitarios para seguir atendiendo a estos compañeros dentro del Sistema Nacional de Salud. ¡Ningún ser humano es ilegal!
Por todo ello, y por la imposición por Real Decreto urgente de unas medidas que modifican hasta 6 leyes básicas en una materia reserva de ley como la Salud, EXIGIMOS LA DEROGACIÓN INMEDIATA DEL DECRETAZO 16/2012 de 20 de abril.
Denunciamos la privatización de nuestros centros sanitarios, que los vuelve ineficientes y que no proveen de medios suficientes cuando en cambio nos cuestan hasta el doble que los centros de gestión pública. Estamos todos pagando los beneficios de unos pocos. EXIGIMOS LA DEROGACIÓN DE LA LEY 15/97 que permite la gestión privada de los centros públicos.
Denunciamos la destrucción de las Redes de Salud Mental, apoyo social y drogodependencia que ha llevado a cabo Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid. Rechazamos la medicalización de determinados problemas según los intereses de la industria farmacéutica.
Defendemos el derecho a una muerte digna, con medios y recursos suficientes para ayudar al “bien morir”, con respeto absoluto a la voluntad y autonomía del paciente y consideración de la familia.
Denunciamos por encima de todo la mentira de que nuestro sistema sanitario no sea sostenible. Somos uno de los países desarrollados que menos invierte en sanidad y que mejores resultados venía obteniendo. Denunciamos la mentira de que los últimos recortes supongan “unos pocos euros” sino al contrario, anunciamos que llevará a una situación verdaderamente dramática a muchas personas. Nos preguntamos cuántos tele maratones harán ahora hipócritamente para salvar a estas personas. ¿Cuántos tapones de plástico habrá que juntar para salvar vidas?
Por todo ello y en legítima defensa de nuestra Salud y nuestro sistema sanitario, es imprescindible la unión de todos los implicados, los distintos profesionales y trabajadores sanitarios y no sanitarios y, por encima de todo, de las propias personas.
Te invitamos a contactar con el grupo de Salud 15M Sol para poder informar y difundir estos temas en todas las asambleas, plazas y centros de trabajo.
Grupo de Trabajo de Salud de Sol
sanidad15m.grupotrabajo@gmail.com
LA SANIDAD NO ES CARIDAD, ES UN DERECHO
TE ROBAN TU SANIDAD PÚBLICA, DEFIÉNDELA
En apenas una semana, la ciu
dadanía francesa decidirá si Sarkozy continúa como Presidente de la República o es sustituido por Hollande. La elección tiene una innegable trascendencia que sobrepasa los límites y el horizonte del país vecino. La pugna entre Hollande y Sarkozy no sólo ocupa un lugar central en la vida política francesa, parece destinada también a influir significativamente en el devenir de la UE, las economías de la eurozona y el propio euro.
La opinión pública europea percibe que el resultado electoral del próximo 6 de mayo en Francia será un factor clave que contribuirá a decidir si continúa la hegemonía conservadora en la definición de la salida a la crisis económica. En sentido contrario, los electores franceses podrían dar a la socialdemocracia una oportunidad para defender y aplicar un programa de superación de la crisis que coloque en primer plano la defensa de los intereses de la mayoría, resista las presiones del todopoderoso capital financiero, pula excesos y extremismos en las políticas de austeridad impuestas y revierta las reformas estructurales de carácter antipopular y antidemocrático que han impuesto los mercados y las instituciones comunitarias a los países del sur de la eurozona.
Esas expectativas pueden ser exageradas, pero dan cuenta de un sentir mayoritario en la ciudadanía europea que no es una mera ilusión. El triunfo de Hollande puede convertirse en un punto de inflexión que marque el inicio de un nuevo escenario de confrontación política e ideológica en el que las opciones de política económica de la derecha europea se perciban como lo que son, opciones e intereses de una parte tan minoritaria como poderosa de la sociedad, y no como nos las quieren vender, únicas opciones existentes y únicas medidas racionales.
Las esperanzas provocadas por la victoria de Hollande en la primera vuelta no descansan en simples ilusiones, pero hay demasiadas ilusiones puestas en esa victoria y, en su caso, en lo que pueda hacer Hollande desde una posición, la de Jefe de Estado, que en Francia goza de prerrogativas y poderes particularmente importantes. No está de más acompañar con un poco de realismo esas esperanzas.
En primer lugar, por la posibilidad cierta de que Sarkozy se alce finalmente con la victoria. La ventaja tan ajustada del candidato socialista en la primera vuelta hace que el reñido resultado definitivo pueda decantarse a favor de cualquiera de los dos. La victoria de Sarkozy sería evidentemente una pésima noticia, pero la victoria de Hollande no garantizan suficiente fuerza electoral (hay que ganar también las legislativas de mediados de junio) ni, menos aún, fuerza social bastante para hacer otra política económica.
En segundo lugar, la mínima victoria de Hollande sobre Sarkozy en la primera vuelta (un 28,6% del total de votos frente al 27,2%) se ha visto acompañada del fuerte alza de la derecha xenófoba, ultranacionalista y antieuropea (un 17,9%) y de unos resultados de otras opciones de izquierda y progresistas que, pese al notable avance del Frente de Izquierdas (cuatro millones de votos, un 11,1% del total), se han situado lejos de las expectativas que señalaban los sondeos. El paso de una relativamente larga fase de bonanza económica a la actual situación de crisis prolongada no ha supuesto un avance sustancial del conjunto de opciones transformadoras situadas a la izquierda del Partido Socialista. La concentración del voto de la izquierda alternativa en respaldo de Mélenchon, el líder del Frente de Izquierdas, ha coincidido con una reducción muy significativa de más de 1,5 millones de votos en otras opciones que han perdido algo más de la mitad del los apoyos logrados en las anteriores presidenciales de abril de 2007. Esos datos muestran la enorme dificultad que tienen las opciones situadas a la izquierda de los socialistas para conectar electoralmente con la mayoría social y lograr más respaldos para programas con una mayor carga ideológica anticapitalista y medidas que supongan una regulación más estricta que ampare el control político y social de instituciones claves del mercado.
En tercer lugar, lo que han hecho o dejado de hacer desde el comienzo de la crisis los partidos socialdemócratas que han ocupado posiciones relevantes de poder político en algunos de los Estados miembros de la UE no permite hacerse demasiadas ilusiones sobre lo que serán capaces de hacer en el futuro. Sin olvidar lo poco que se notan las diferencias con la derecha en lo que hacen y lo que dicen algunos destacados socialdemócratas europeos que ocupan o han ocupado en los últimos años puestos relevantes en las instituciones comunitarias.
Y en cuarto lugar, las propuestas de Hollande para lograr que la UE sea percibida por la ciudadanía europea como una institución protectora de los derechos y el bienestar de la mayoría en lugar de como una amenaza no entran en excesivas concreciones sobre aspectos cruciales que interesan especialmente a los países del sur de la eurozona que afrontan mayores desequilibrios macroeconómicos, precariedades en sus especializaciones productivas y dificultades para superar la recesión.
Algo más que pequeñas semejanzas
En algunos temas del programa defendido por Hollande, las diferencias con el de Sarkozy son meramente cuantitativas y no ofrecen objetivos ni argumentos muy distintos. Así, la ortodoxia del equilibrio presupuestario impregna el programa de ambos candidatos. Ambos candidatos comparten el objetivo de un rápido equilibrio de las cuentas públicas. Sarkozy pretende conseguirlo en 2016 y Hollande un año después, en 2017, sin que ninguno de los dos se pare un minuto en explicar la dificultad de lograr tal objetivo y los potenciales impactos negativos y restricciones que supondría alcanzarlo.
Respecto al curso de los gastos públicos, si Sarkozy pretende que en términos reales (descontado el alza de los precios) no aumenten más del 0,4% al año, Hollande admite un poco más de margen en ese incremento hasta el 1% anual. Un rigor que si bien no es fácil de encajar por la ciudadanía francesa se sitúa a años luz de los drásticos recortes del gasto público emprendidos por Zapatero en mayo de 2010 y que sólo han permitido obtener mediocres resultados en la reducción del déficit público. Y no digamos, respecto al desenfrenado ritmo de recortes a troche y moche ejecutados por Rajoy en los últimos meses a costa de profundizar la recesión y provocar una degradación suplementaria de la educación, la sanidad y la protección social.
Tanto Hollande como Sarkozy parecen cómodos al reducir la política presupuestaria a un problema contable; ninguno de los dos entra en problemas o interrogantes económicos y políticos que son cruciales para la economía francesa y, más aún, para los otros países del sur de la eurozona: ¿qué estrategia presupuestaria es más adecuada para preservar los empleos e impedir una reducción generalizada de la actividad económica?, ¿qué papel debe jugar el presupuesto público para favorecer la justicia social e impedir que los costes se repartan de forma tan desigual como injusta en contra de las rentas del trabajo y de los sectores sociales más perjudicados por la crisis o más vulnerables?, ¿qué nivel de inversión pública es necesario para alentar la modernización productiva y un cambio en las especializaciones?, ¿cómo puede el sector público animar modos de producción y consumo más sostenibles o menos intensivos en el consumo de materiales y energía y cuál es el coste de esa intervención pública? Interrogantes que si en el caso de Francia son relevantes, en el caso de la economía española son decisivos para salir de la espiral austeridad-recesión y promover una reactivación económica desvinculada de las unilaterales y dañinas políticas de austeridad presupuestaria y salarial imperantes.
Otro terreno en el que ha coincidido la posición de ambos candidatos ha sido su escaso interés por las cuestiones relativas a la imprescindible y deseable reconversión ecológica de la economía y a la planificación de la transición energética que están obligados a llevar a cabo los países comunitarios en las próximas dos décadas. Quizás, esta despreocupación por elementos esenciales del porvenir energético haya facilitado la escasa relevancia alcanzada por el debate nuclear y los riesgos puestos en evidencia por la catástrofe de Fukushima. La posición de Sarkozy se ha limitado a respaldar la posición que ocupa la energía nuclear en Francia y ha permitido que Hollande haya podido compatibilizar la defensa de la industria nuclear francesa con el compromiso de reducir al 50% en el año 2025 la producción de energía eléctrica de origen nuclear, desde su actual porcentaje del 75%.
Y algo más que meras diferencias puntuales
Pese a las semejanzas o pequeñas diferencias en los puntos señalados antes y en otros de menor importancia, los proyectos que defienden los candidatos y los programas en los que se sostienen esos proyectos conforman perspectivas y opciones políticas claramente diferenciadas que se concretan en objetivos, propuestas y prioridades que definen futuros y políticas económicas divergentes que dejan muy poco espacio para el acuerdo y, menos aún, para el pasteleo. Los electores franceses tienen así la posibilidad de elegir democrática y colectivamente entre dos proyectos que compiten entre sí a la luz del día y sin grandes engaños para obtener el apoyo de la mayoría.
Afortunadamente no caben en esta pugna electoral llamamientos tan ingeniosos como vacíos de contenido que apelen a la consecución de grandes acuerdos nacionales entre las dos grandes formaciones políticas. La ciudadanía francesa podrá apoyar que se sigan aplicando medidas de austeridad extrema, reducción de costes laborales y relaciones entre Estados miembros marcadas por la insolidaridad y las sanciones o, en sentido contrario, apostar por el abandono de esas políticas e impulsar soluciones federales, de mutualización de los riesgos, que permitan compatibilizar políticas inteligentes de austeridad con medidas encaminadas a generar empleos, reactivar la economía, mantener los bienes públicos, modernizar las estructuras y especializaciones productivas y planificar la transición energética.
Las diferencias entre los proyectos que defienden Hollande y Sarkozy son sustantivas y afectan a múltiples terrenos, tanto en el ámbito de las instituciones y políticas europeas como en el de las reformas que inciden exclusivamente en el terreno doméstico. Los franceses se han ahorrado hasta ahora las pamplinas que empezamos a sufrir aquí a cuento de propuestas imposibles de reedición de unos nuevos Pactos de la Moncloa destinados a unir a derechas e izquierdas, patronales y sindicatos en no se sabe qué objetivos y políticas económicas comunes. Pactos de unidad nacional que tienen como único fin rellenar el vacío político que implica la inconsistencia de las propuestas que se ofrecen, la fragilidad de las propias fuerzas y convicciones y la dificultad de argumentar abiertamente a favor de una estrategia de superación de la crisis capaz de confrontarse con la que defienden la derecha y los mercados.
Las divergencias esenciales entre los proyectos de Hollande y Sarkozy y entre los horizontes que definen sus respectivos programas reposan en, al menos, cuatro asuntos económicos de enorme trascendencia:
Primero, apoyar una austeridad permanente y generalizada o ayudar a que todos los Estados miembros tengan márgenes y posibilidades de aplicar políticas favorables al empleo y la actividad económica; mantener las costosas y arriesgadas intervenciones que viene realizando el BCE para impedir en el último segundo la implosión del euro o comprometer al BCE en una propuesta de financiación permanente, barata y eficiente de los Estados miembros con mayores dificultades.
Segundo, animar la reindustrialización por la vía de reducir los costes laborales y proteger los mercados europeos para los grandes grupos empresariales frente al peligro que representan los países emergentes o favorecer que las pequeñas y medianas empresas que generen empleos, inviertan e innoven reciban ayudas públicas y créditos por parte de una banca pública de inversión que permita a las instituciones de poder locales y regionales participar en sus decisiones y gestión.
Tercero, maquillar las ayudas fiscales a los grandes grupos empresariales que apenas pagan en términos efectivos un 8% de sus beneficios (muy lejos del tipo impositivo oficial del 33%) y mantener los privilegios fiscales de las personas físicas situadas en la cúspide de la pirámide social o alinear la fiscalidad de las rentas del capital con la que afecta a las rentas del trabajo e incrementar la progresividad del sistema. Entre otros compromisos, Hollande propone ampliar el abanico de tipos impositivos entre un 15 y un 35% en el impuesto de sociedades y un tipo marginal del 75% para las rentas superiores al millón de euros anuales en el caso de la renta de las personas físicas.
Y cuarto, incentivar a los que tienen empleo para que trabajen más y ganen más, con el riesgo evidente de contribuir a consolidar los altos niveles de desempleo y la exclusión de las personas en paro o comprometer al Estado en la generación de empleos decentes y actividades económicas sostenibles y la extensión de una renta básica.
Las cartas están echadas. Ojalá gané Hollande el próximo 6 de mayo y ojalá que esa victoria aliente un cambio de rumbo y contribuya al surgimiento de un movimiento de la ciudadanía europea consciente de sus derechos y de los intereses en juego. Debilitar al capital financiero, a los grandes grupos empresariales y a las fuerzas políticas que les dan soporte y les sirven de altavoces no va a ser una tarea fácil. Resistir y revertir las políticas de austeridad presupuestaria y salarial, recorte de los bienes públicos e imperio de la competencia y la insolidaridad en las relaciones entre los socios comunitarios y entre la ciudadanía europea va a requerir más que un Hollande, pero convendría tener el apoyo de este Hollande para facilitar la tarea.
* Crònica agradece al autor y al grupo econonuestra la deferencia
Srs. y Sras. que ocupan cargos municipales:¿Quieren Vds. ser pioneros de la democracia en España?
¿Desean ser respetados, admirados y queridos por la vecindad?
¿Les gustaría borrar la imagen de corrupción, descrédito e incompetencia de sus instituciones?
Les ofrezco unas sencillas pautas para conseguirlo.
Pónganse un objetivo común: trabajar por el bien de su municipio. Para ello olvídense de sus consignas de partido y de sus conflictos internos y hagan un análisis de la realidad, no virtual, no especulativa, de la población que Vds. “gobiernan”: el 99% somos víctimas de una poderosa guerra promovida por el capital financiero, de cuyo porcentaje la mayoría de Vds. también forman parte.
Si les queda alguna idea de lo que supone la Res Pública y del quehacer político que conlleva, sean Vds. los primeros en enfrentarse a la obligación de aceptar lo inaceptable: no somos el origen de la deuda, y no debemos pagarla.
Sean Vds. los primeros en comprender que tenemos suficientes razones para acumular mucha rabia, ira, indignación, y que esta olla a presión puede estallar. Comprender que en estos momentos su indiferencia o su “nada podemos hacer” no puede ser una opción válida, y se les considerará perjudiciales para la salud de la humanidad. Comprender que la orgía especulativa financiera de los últimos años nos lleva al descalabro, a la violencia y a la muerte y destrucción de millones de personas,
situación que es una simple copia de lo que ya ha ocurrido en otros países en América del Sur desde el fin de la II guerra mundial.
Sean Vds. los primeros en reaccionar ante tanto desatino, estamos a tiempo de evitar que esto ocurra. Dejen de actuar como tentáculos de un gobierno que, a pesar de su apariencia democrática, no nos representa, de un gobierno gobernado por una minoría nada democrática: grandes multinacionales, farmacéuticas, petroquímicas, grandes bancos….
Somos muchas las personas que nos sabemos parte de un ayuntamiento, y queremos comenzar el principio de otra Historia, desde abajo, sin partidos ni banderas ni líderes, que seguimos creyendo en la capacidad del ser humano para organizarse y auto-gestionarse, de sacudirse de encima años de sopor consumista y mediático, cuando vemos destruir nuestra débil democracia que ha costado construir tantos años de esfuerzo.
Pónganse Vds. al servicio de los intereses del pueblo que está pidiendo a gritos colaboración por parte de los ayuntamientos, como organismos que fueron creados para este fin. Pongamos en marcha juntos infraestructuras de cooperación participativa a pequeña escala, auto-gestionadas, desvinculadas de bancos y multinacionales, den la espalda a mezquinos intereses personales o de partido, y a oscuros intereses supranacionales, está en juego el futuro de las generaciones venideras que se merecen una vida mejor. Tenemos mucho trabajo por hacer.
Srs. Y Sras. que ocupan cargos municipales, si están convencidos de que nada pueden hacer ante los recortes presupuestarios y demás horrores que están por venir, y de que la única forma de participación que tenemos es meramente consultiva, tengan al menos la dignidad de dimitir en bloque.
Y empezaremos juntos de nuevo.
Firmado : Concha San Juan

Lo mismo ocurre con la política en épocas de incertidumbre: los debates abiertos tendrán que fundirse en nuevos significantes fundamentales, pero también en respuestas concretas a la vieja pregunta leninista: ¿Qué hacer?.
Qué hacer después de la ocupación de Wall Street, de que las protestas que comenzaron lejos (Oriente Próximo, Grecia, España, Reino Unido) hayan llegado al centro y ahora, reforzadas, estén volviendo a extenderse por el mundo? Uno de los grandes peligros que afrontan los manifestantes es el de enamorarse de sí mismos, de lo bien que se lo están pasando en los sitios ocupados.
En San Francisco, en una concentración de solidaridad con Wall Street, el 16 de octubre de 2011, se oyó una invitación a participar en la protesta como si fuera una concentración jipi de los años sesenta: “Nos preguntan cuál es nuestro programa. No tenemos programa. Estamos aquí para pasárnoslo bien”.
Organizar una feria es barato; lo verdaderamente importante es lo que queda al día siguiente, en qué cambia nuestra vida diaria. Los manifestantes deben enamorarse del trabajo duro y paciente. No son un final, sino un comienzo, y su mensaje fundamental es: se ha roto el tabú, no vivimos en el mejor mundo posible, y tenemos el derecho, e incluso el deber, de pensar alternativas.
En una especie de triada hegeliana, la izquierda occidental ha vuelto a sus principios: después de abandonar el llamado “fundamentalismo de la lucha de clases” por la pluralidad de las luchas antirracistas, feministas, etcétera, el problema fundamental vuelve a ser el “capitalismo”. La primera lección debe ser: no debemos culpar a personas ni actitudes.
El problema no son la corrupción ni la codicia, es el sistema que nos empuja a ser corruptos. La solución no es “la calle frente a Wall Street”, sino cambiar este sistema en el que la calle no puede funcionar sin Wall Street.
Queda mucho camino por recorrer, y pronto habrá que abordar los interrogantes verdaderamente difíciles, no sobre lo que no queremos, sino sobre lo que queremos. ¿Qué organización social puede sustituir al capitalismo actual? ¿Qué tipo de dirigentes necesitamos? ¿Qué órganos, incluidos los de control y represión?
Es evidente que las alternativas del siglo XX no han funcionado. Aunque la “organización horizontal” de las multitudes concentradas, con su solidaridad igualitaria y sus debates abiertos, resulta emocionante, no debemos olvidar lo que escribió Gilbert Keith Chesterton: “Tener la mente abierta, en sí, no es nada; el objeto de abrir la mente, como el de abrir la boca, es poder cerrarla con algo sólido dentro”.
Lo mismo ocurre con la política en épocas de incertidumbre: los debates abiertos tendrán que fundirse en nuevos significantes fundamentales, pero también en respuestas concretas a la vieja pregunta leninista: “¿Qué hacer?”.
Es fácil responder a los ataques conservadores directos. ¿Son antiamericanas las protestas? Cuando los fundamentalistas conservadores aseguran que Estados Unidos es una nación cristiana, conviene recordar lo que es el cristianismo: el Espíritu Santo, la comunidad libre e igualitaria de creyentes unidos por el amor.
Los manifestantes son el Espíritu Santo, mientras que, en Wall Street, los paganos adoran a falsos ídolos. ¿Son violentos los manifestantes? Es cierto que su lenguaje puede parecer violento (ocupación y otros mensajes similares), pero lo son en el sentido en el que era violento Mahatma Gandhi.
Son violentos porque no quieren que las cosas continúen como hasta ahora. ¿Pero qué violencia es esta comparada con la necesaria para sostener el buen funcionamiento del sistema capitalista mundial? Se les llama perdedores, pero ¿no están los verdaderos perdedores en Wall Street, y no les hemos rescatado con nuestro dinero, cientos de miles de millones? Se les llama socialistas, pero, en Estados Unidos, ya existe un socialismo para los ricos. Se les acusa de no respetar la propiedad privada, pero las especulaciones que desembocaron en la crisis de 2008 aniquilaron más propiedad privada, ganada con esfuerzo, que si los manifestantes se dedicaran a hacerlo noche y día; baste recordar los cientos de hipotecas ejecutadas.
No son comunistas, si por comunismo nos referimos al sistema que se vino merecidamente abajo en 1990; y recordemos que los comunistas que quedan hoy gobiernan el capitalismo más despiadado que existe (China). El éxito del capitalismo comunista de China es un mal presagio de que el matrimonio entre capitalismo y democracia está aproximándose a un divorcio.
El único sentido en el que se les puede llamar comunistas es que les importan los bienes comunes —los bienes comunes de la naturaleza, del conocimiento—, que el sistema está poniendo en peligro. Les desprecian por ser soñadores, pero los auténticos soñadores son quienes piensan que las cosas pueden seguir indefinidamente como están, con meros cambios superficiales.
No son soñadores, son el despertar de un sueño que está convirtiéndose en una pesadilla. No destruyen nada, reaccionan ante la autodestrucción gradual del propio sistema. Todos conocemos la típica escena de dibujos animados: el gato llega al borde del precipicio, pero sigue andando, sin saber que ya no tiene suelo bajo los pies, y no se cae hasta que no mira hacia abajo y ve el abismo. Lo que están haciendo los manifestantes es recordar a quienes tienen el poder que deben mirar hacia abajo.
Esa es la parte fácil. Los miembros del movimiento deben cuidarse de los enemigos y, sobre todo, de los falsos amigos que fingen apoyarles pero ya están haciendo todo lo posible para diluir la protesta. Igual que nos dan café descafeinado, cerveza sin alcohol, helado sin grasa, el poder intentará convertir las protestas en un gesto moralista e inocuo.
En el boxeo, “abrazarse” es agarrar el cuerpo del rival con los brazos para impedir o dificultar los golpes. La reacción de Bill Clinton a las protestas de Wall Street es un ejemplo perfecto de abrazo político; Clinton cree que las protestas son “en conjunto… algo positivo”, pero le preocupa que la causa sea tan difusa: “Deben defender algo concreto, no solo mostrarse en contra, porque, si se limitan a estar en contra, otros llenarán el vacío que han creado”, dijo. Clinton sugirió que los miembros del movimiento apoyen el plan de empleo del presidente Obama, que, según él, creará “dos millones de puestos de trabajo en el próximo año y medio”.
A lo que hay que resistirse en esta etapa es precisamente a ese deseo de traducir rápidamente la energía de la protesta en una serie de demandas “pragmáticas” y “concretas”.
Es verdad que las protestas han creado un vacío: un vacío en el terreno de la ideología hegemónica, y hace falta tiempo para llenarlo como es debido, porque es un vacío cargado de contenido, una apertura para lo Nuevo. Los manifestantes salieron a la calle porque estaban hartos de un mundo en el que reciclar las latas, dar un par de dólares a obras benéficas o comprar un capuchino en Starbucks porque el 1% va al Tercer Mundo basta para sentirse a gusto.
Después de externalizar el trabajo y la tortura, después de que las agencias matrimoniales hayan empezado a externalizar incluso las relaciones, vieron que llevaban mucho tiempo dejando externalizar sus compromisos políticos, y quieren recuperarlos.
El arte de la política también es insistir en una demanda concreta que, aunque sea totalmente “realista”, trastorna la ideología hegemónica, es decir, que, pese a ser factible y legítima, en la práctica es imposible (por ejemplo, la sanidad universal en Estados Unidos).
Después de las protestas de Wall Street, debemos movilizar a la gente por esas demandas, pero es muy importante permanecer alejados del terreno pragmático de las negociaciones y las propuestas “realistas”.
No debemos olvidar que cualquier debate que se haga aquí y ahora seguirá siendo necesariamente un debate en el campo enemigo, y hará falta tiempo para desplegar el nuevo contenido. Todo lo que digamos ahora nos lo podrán quitar (recuperar); todo menos nuestro silencio. Este silencio, este rechazo al diálogo, a los abrazos, es nuestro “terrorismo”, tan amenazador y siniestro como debe ser.
Publicado en Socialismo XXI.



