Los trabajos esporádicos que empiezan a asociarse a la economía colaborativa ya tienen un nuevo estatus formal: la de
trabajadores independientes. La realización de microtareas ocasionales de corta duración, esa sucesión de 'trabajos a ratos' típicos de la economía
gig no se ajustan ni a la tipología de trabajador asalariado tradicional ni a la del autónomo.
Aunque su conexión a 'lo colaborativo' sugiere una relación entre iguales representada por la condición peer-to-peer, su rasgo esencial es la dependencia de
plataformas tecnológicas que ofrecen aplicaciones de servicios con ánimo de lucro. Es en el trabajo que propician estos actores mercantiles donde surge la necesidad de crear el nuevo estatus de los "trabajadores independientes", que son los encargados de atender, a ratos, una cartera de servicios muy precisa a cambio de percibir una remuneración construida por la plataforma según un algoritmo.
De como la tecnología condiciona las nuevas relaciones de producción
No todo es Uber o Airbnb ni existen pautas comunes a las relaciones que impulsan las plataformas tecnológicas. Sebastian Reyna secretario de la UPTA, y por tanto profundo conocedor del trabajo autónomo, defiende que es necesario hacer un diagnóstico de cada modelo que aparece en el mercado, analizando la naturaleza de la relación entre los protagonistas, sean productores de servicios, consumidores o plataformas de intercambio. Y así es. No obstante, la presencia constante de la tecnología aporta rasgos comunes a esta parte de la economía que acabará contaminando al conjunto de los sectores.
- Las fronteras entre trabajo y no-trabajo se vuelven difusas, imposibles de medir. Cualquier hora a lo largo de día puede ser de trabajo, disponible pero no ocupado o no disponible, es decir, de ocio. Cuando no hay horarios, la plena disponibilidad no presupone obligación de atender un servicio. El individuo es libre para engancharse o desengancharse y por tanto decide la frontera entre el horario de trabajo y el no-trabajo.
- La geolocalización, más que la presencia física, es un factor que aporta identificación al servicio. Es la ubicación de los intervinientes definidas por GPS la que determina o condiciona los intercambios. La gestión de la movilidad puede ser el diferencial que da ventajas competitivas a unos servicios sobre otros. Cualquier lugar puede ser lugar de trabajo.
- El control de actividad sobre el servicio prestado también es tecnológico y forma parte esencial del éxito de las apps de relevancia, al menos en tres sentidos: proximidad al demandante (cercanía, disponibilidad, respuesta rápida), control sobre los rendimientos (tiempo ocupado, garantía de culminación del servicio) y el perfil de comportamientos (antigüedad en la comunidad, frecuencia de servicios, valoración de los usuarios).
- La tecnología interrumpe o puede interrumpir la conexión entre trabajo autónomo y economía informal o sumergida, profundamente interiorizada en las sociedades actuales. El hecho de que su forma de pago habitual sea con tarjeta de crédito, aporta formalidad a la transacción y la distingue del trabajo autónomo actual, que se sirve de los pagos en metálico para amparar la informalidad.
Como consecuencia, en torno a esas plataformas surgen nuevas relaciónes de trabajo que se sitúan entre el
trabajo autónomo y el de
empleado asalariado. Los nuevos trabajadores se parecen a los empleados tradicionales, en algunos aspectos: prestan servicios que están perfectamente definidos y estandarizados por las empresas/plataformas para las que trabajan, que son las que controlan cuánto pagan por ellos. Pero, al mismo tiempo, se parecen a los contratistas o autónomos porque pueden elegir cuándo y cuánto trabajan y pueden trabajar para múltiples negocios a la vez.
Uber y Amazon a la vanguardia de las relaciones de trabajo (y de sus conflictos)
Uber ha sido la plataforma que más ha avanzado en un negocio en el que las relaciones con los conductores prestadores del servicio son determinantes para su negocio. Junto a
Amazon Flex, la filial de Amazon que organiza la distribución de la paquetería de la empresa a partir de la figura del 'repartidor esporádico' al que dice ofrecer hasta 25$ al mes, necesitan que esa actividad pueda realizarse a precios bajos, sin tener que pagar costes como el salario mínimo o la contribución empresarial a la seguridad social de los trabajadores.
Ambas conforman la vanguardia de las experiencias en conflictos de interpretación de la economía de las plataformas. La
sentencia contra Uber en el Reino Unido, todavía recurrible, por la que se considera a sus conductores como 'empleados' y no como autónomos, tiene su contrapunto en otras producidas en EEUU, en San Francisco recientemente, y antes otros municipios de California y del estado de Massachusetts. En estás se sanciona que son autónomos pero tienen derecho a ser compensados parcialmente por los costes sociales (por valor de 100 millones de $). Siguen pendientes nuevas sentencias en Florida, Pensilvania y Arizona.
Uber encabeza el
nuevo lobby para
evitar que la regulación laboral invada las nuevas relaciones de trabajo de la economía gig, la más interesada en construir a su medida un estatus específico para el trabajo fuera de los patrones clásicos. Pero no es la única. Detrás de ella y de Amazon Flex hay otras plataformas que ofrecen diversos servicios manuales como limpieza de casas, hacer reparaciones, transportar compras, cocinar, conducir; y también plataformas que prestan nuevos servicios intelectuales como programar, traducir, corregir contenidos. El actual limbo legal está dando lugar ya a costosas batallas legales sobre los derechos y deberes de las partes y sobre la protección de los trabajadores. Por eso les urge avanzar en la regulación.
Ni asalariados ni autónomos, "trabajadores independientes"
La creación de una nueva
categoría legal, la de los "trabajadores independientes", como posición intermedia entre la de
trabajador dependiente y la del
contratista independiente o, en nuestra nomenclatura, entre asalariado y autónomo, es el camino elegido. Esa es, al menos, la propuesta realizada por Seth Harris de la Universidad de Cornell y Alan Krueger de la Universidad de Princeton para la fundación Hamilton Project en su trabajo A
proposal for modernizing labor laws for the twenty-first-century work: the 'independent worker'».
El propósito declarado, crear un nuevo estatus que resuelva la actual incertidumbre jurídica, no oculta la oportunidad para dar una nueva vuelta de tuerca a la
flexibilidad del mercado laboral, 'dar un paso más –dicen- en la autonomía del trabajador representado por la máxima "cada cual su propio jefe".
- Este estatus incluiría algunos derechos colectivos como la negociación sobre los términos del contrato y las condiciones de trabajo y conllevaría por tanto, el derecho a organizarse en sindicatos. Pero impediría disfrutar de otros que juzgan específicos de la relaciones laborales que no tendrían sentido cuando son los trabajadores los que deciden cuándo trabajar.
- Salario mínimo. No debe existir para estos colectivos, dicen, porque el trabajo no es medible en tiempo (horas de trabajo) sino por tareas lo que haría difícil o imposible administrar adecuadamente ciertas protecciones vinculada a las retribuciones horarias. No contemplan una nueva realidad extendida en algunas plataformas: que los servicios se ofrezcan al mejor postor en subastas a la baja lo que asegura condiciones de explotación sin ningún mínimo ni protección.
- Seguro de desempleo. No lo contemplan porque se trata de un derecho asociado a los empleados que pierden sus trabajos involuntariamente y no a aquellos que entran o salen de ellos con plena discrecionalidad. Ignoran los conflictos derivados de la exclusión, no suficientemente justificada, de un trabajador de la comunidad de prestadores del servicio. Recomiendan sin embargo a los titulares de la plataforma ofrecer la sindicación de seguros de desempleo privados y voluntarios
- Seguridad Social. El informe recomienda flexibilizar las aportaciones, cotizando en relación a los ingresos, y a las plataformas asumir la mitad del pago de las contribuciones que les correspondiera como autónomos. En la medida en que se trata de trabajos esporádicos es obvio que el nuevo status deja en el aire la asistencia sanitaria, las bajas por enfermedad, o las asistencias por maternidad y es fuente segura de precariedad ante situaciones de riesgo e insuficiente jubilación. Sugiere que esos servicios formen parte del paquete de beneficios voluntarios ofrecidos por el empleador a través de seguros privados.
En definitiva: una nueva oleada de flexibilidad y de desprotección, fuente probable de futuras desigualdades añadidas, es la herencia previsible a la que apuntan las nuevas propuestas de regulación laboral, que se pondrán en marcha si el tiempo, los jueces o la sociedad organizada no les presta suficiente y pronta atención.
Por
Ignacio Muro, miembro de
Economistas Frente a la Crisis
economistasfrentealacrisis.com
Los comicios en Grecia están generando toda suerte de comentarios y augurios, con la emisión, al mismo tiempo, de determinados órdagos –una posible salida de Grecia de la zona euro– por parte del Bundesbank y de la cancillería alemana con un nítido objetivo: generar inquietud y temor en el cuerpo electoral heleno, para evitar así un triunfo claro de la izquierda. Existen similitudes con España; pero a la vez diferencias sustanciales. Ante esto, unas ideas básicas deben subrayarse, desde la perspectiva de la economía:
- En el caso de Grecia, se han amplificado las políticas de austeridad más duras: condiciones estrictas a la administración pública, recortes de prestaciones y en inversiones, despidos masivos, rebajas de las pensiones, ajustes salariales, todo con el objetivo de equilibrar el déficit público, contener la deuda y, sobre todo, demostrar el castigo que debían padecer los incumplidores de los pactos financieros. Los préstamos librados a Grecia, que han compuesto su muy parcial rescate económico, la pérdida de iniciativa democrática —un caso no comparable, pero igualmente ilustrativo, fue el gobierno tecnocrático italiano, impuesto desde instancias ajenas a la democracia nacional— y las exigencias fijadas han generado movimientos sociales de protesta con resultados a veces dramáticos —suicidios, represión—.

- La troika está, ahora, satisfecha de las consecuencias de su cirugía gruesa: Grecia ha podido colocar, de nuevo, deuda en los mercados con ciertas garantías. Y Grecia ha conseguido, por fin, un superávit primario fiscal (es decir, un superávit puro, sin incluir costes de intereses). Esto ha sido aplaudido, otra vez, por todos los gurús neoliberales del mundo y por sus instituciones económicas; constituye para ellos una gran victoria. Pero lo que no se ha dicho suficientemente es que Grecia ha perdido ¡el 30% de su economía!, ni se advierte que su PIB se va reduciendo a una tasa superior al 3% anual, de forma que la consecuencia es clara: mayor sacrificio social y, en cuanto a los precios, estos se desmoronan y están ya en cifras negativas, cercanas al 2%. Lo que es peor: las condiciones de vida de los griegos han vuelto atrás un par de décadas. Pero, eso sí, el déficit ya cuadra y los mercados sonríen satisfechos. La adopción de estas políticas en Grecia se ha extendido, con menor virulencia, al sur de Europa. Esto tiene, además, una consecuencia letal: la fragmentación del espacio europeo. A pesar de la estabilización de los mercados por parte del BCE, el distanciamiento entre el Sur y el Norte se agrava, con elevados costes humanos y sociales en la periferia europea. Pero esa división, que parece promocionarse, constituye a su vez una seria amenaza para la integración de la euro-zona.

- Un ejercicio elemental de agregar, como países periféricos, a España, Grecia, Italia, Portugal e Irlanda, y centrales, a Reino Unido, Alemania y Francia, arroja unos resultados precisos: los países más ricos de Europa no solo han soportado mejor la Gran Recesión en este último sexenio, sino que, además, han experimentado un tangible avance de su PIB. A la par, la periferia se desmorona con más de un -3% de pérdida: 7 puntos porcentuales separan el norte del sur de Europa, en este esquema elemental que se ha propuesto. Pero suficientemente indicativo de quién está, de verdad, en crisis, quién la está superando y, lo que parece más pertinente, qué bases de futuro se están poniendo para encarar nuevas fases de esta inconclusa Gran Recesión. En tal sentido, el desempleo se ceba, igualmente, en el sur, con crecimientos estridentes en Grecia y España. Francia ve aumentar la desocupación, igual que el Reino Unido, pero a cotas más livianas. Mientras tanto, el paro se ha contraído en Alemania: del 8,7% en 2007 al 5,4% en 2013, una situación estadística de plena ocupación, si bien debe anotarse el efecto que tienen los minijobs en este proceso de ajuste positivo en el mercado laboral germánico.
- Podría argumentarse que han existido rescates a países con enormes dificultades (Grecia, Portugal, Irlanda, España), pero recuérdense los motivos centrales de esa acción: el mantenimiento de los sistemas bancarios a toda costa, en los que los intereses alemán y francés son enormes. La celeridad con la que se actuó en estos casos contrasta con la escasa capacidad presupuestaria de la Unión Europea para hacer frente a los problemas de la economía productiva y del mercado de trabajo; aquí la ralentización es remarcable, sin que existan planes similares a los observados —y puestos en funcionamiento— para las ayudas bancarias.
- La inconsistencia del actual proyecto europeo, si no varían las políticas económicas, se aprecia a partir de los graves problemas de las deudas soberanas de los países del sur. Esta es una óptica que algunos economistas griegos (como el equipo liderado por Costas Lapavitsas) califican como de "europeísmo crítico":
a) La austeridad, programa marcado por los dirigentes europeos y por las principales instituciones económicas. Las políticas económicas derivadas surgen de diagnósticos erráticos —rememórese tan solo un factor: la culpabilidad total que se da a la economía pública de la situación de desequilibrios económicos— y suponen un sacrificio social de primera magnitud que recorta derechos, prestaciones y salarios.
b) Reforma de la eurozona, a partir de una unión política y fiscal que, además, supusiera un cambio en las funciones del BCE, orientándolas al fomento del empleo y al crecimiento económico más que a la estabilidad de los precios. El BCE, con unos organismos específicos, tendría que coordinar la emisión de deuda de cada Estado, hecho que contribuiría a evitar las especulaciones monetarias.
c) La reestructuración de la deuda internacional, la nacionalización bancaria que asegurara los depósitos y aflojara las condiciones del crédito y un control sobre los movimientos de capital para evitar su salida y proteger así el sistema bancario del país. La intervención pública sería, al mismo tiempo, indispensable para proteger áreas clave de la estructura económica, como los transportes o la energía.
En definitiva, la obstinación en mantener a toda cosa una hoja de ruta económica severísima está provocando el efecto contrario al que, teóricamente, se persigue. Y, a su vez, las cifras sugieren una explicación razonable de por qué se inició todo el avance de los ajustes en Grecia, dada esa significación de la deuda pública; al mismo tiempo, puede deducirse que la preocupación central era –y es– España, por su mayor peso en el conjunto de la economía europea.
Por Carles Manera, catedrático de economía de la UIB y miembro de Economistas Frente a la Crisis EFC / Islas Baleares.
En septiembre de 2011, en medio de la tormenta financiera que azotaba los mercados de deuda de la eurozona, los dos principales partidos políticos, el Partido Socialista Obrero Español y el Partido Popular, aprobaron una reforma del artículo 135 de la Constitución, destinada a garantizar por la vía constitucional el equilibrio presupuestario de las Administraciones Públicas, y la prioridad absoluta del pago de la deuda pública sobre cualquier otra rúbrica presupuestaria.
La incorporación de ambas provisiones en el texto constitucional tenía -y tiene- como objetivo el establecimiento de unas reglas básicas para la política fiscal, las cuales, situadas en el texto de mayor rango, se suponían que debían contribuir a mejorar la confianza de los mercados en la capacidad de la economía española para hacer frente a sus obligaciones internacionales en materia de déficit y deuda pública.
En concreto, el artículo se refiere a:
- La obligatoriedad de cumplir con las obligaciones de déficit público estructural establecidas en el marco de la Unión Europea.
- El establecimiento del principio de equilibrio presupuestario para las administraciones locales.
- La necesidad de autorización legal para emitir deuda pública, y el carácter absolutamente prioritario de su servicio.
- El establecimiento de excepciones en caso de recesión, catástrofe u otra condición que dañe gravemente la economía española.
El artículo se refiere a la necesidad de aprobar una ley orgánica que desarrolle los principios contenidos en dicho artículo, lo cual se realizó en 2012 a través de la ley orgánica 2/2012 del 27 de Abril, de Estabilidad presupuestaria y sostenibilidad financiera, en la cual se concretaron los límites y los mecanismos previstos en el artículo 135 de la Constitución, a través de los siguientes parámetros:
a) Como norma general, el presupuesto de las administraciones públicas debe estar en equilibrio presupuestario, y el déficit público estructural no será superior al 0,4% del PIB
b) La deuda pública no será superior al 60% del PIB.
El texto de la ley concreta y desarrolla, de esta manera, los principios contenidos en el artículo reformado de la Constitución. Cabe destacarse que si bien la reforma constitucional fue aprobada con los votos del Partido Popular, PSOE y UPN, la ley Orgánica 2/2012 lo fue con los votos del PP, CiU y UPyD, votando el PSOE en contra del modelo de concreción que propuso el partido del gobierno.
La reforma establece, por lo tanto, un modelo de política fiscal basado en reglas inamovibles, cuyos principales objetivos eran dos:
- Por un lado, homologar el marco legislativo español a los requerimientos del Pacto Fiscal (Tratado de Coordinación y Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria) que pocos meses después firmaron y ratificaron los países miembros de la Eurozona, que establece en su artículo 3.2 que las provisiones para la estabilidad presupuestaria deben tener fuerza legal en los países firmantes, preferiblemente en las constituciones.
- Por otro, ofrecer un marco legal que dotase de credibilidad a la política fiscal a largo plazo, en un momento –verano del 2011- en el que la prima de riesgo española se había disparado por encima de los 300 puntos básicos.

Esta mezcla de intereses a largo plazo y coyunturales favoreció una aprobación rápida de la reforma constitucional, sin realizar consultas a la ciudadanía y de una manera que impidió el debate social y parlamentario sobre la bondad de la medida
[i]. La urgencia de la reforma, iniciada en agosto de 2011 y culminada un mes después, no puede sino considerarse como precipitada, ya que fue más allá de lo finalmente establecido en el tratado –el Pacto fiscal habla de "preferencia" pero no de "obligación" de la constitucionalización de la estabilidad fiscal- y sin embargo de poco o nada sirvió a la hora de dotar de credibilidad a la política fiscal, ya que un año más tarde, la prima de riesgo alcanzó su marca récord con 649 puntos básicos, dejando a España al borde de un rescate completo por parte de la Troika, riesgo que sólo se mitigó con la intervención del Banco Central Europeo y la puesta en marcha de su programa OMT (Outright Monetary Transactions, u operaciones monetarias directas). En conclusión: la reforma asumió más costes de los necesarios, y no obtuvo los resultados que se buscaban a corto plazo.
El horizonte a largo plazo de la regla de estabilidad presupuestaria contenida en la Constitución y en la Ley Orgánica 2/2012 es más que dudoso. La definición establecida de déficit estructural, tanto en la legislación española como en el Pacto Fiscal, adolece de serios problemas de solidez teórica, ya que el propio concepto de déficit estructural, basado en el cálculo del saldo fiscal (ingresos menos gastos públicos) una vez tenidos en cuenta los efectos del ciclo económico (relación entre el PIB Real y el PIB Potencial), es una magnitud difusa de imposible observación directa, y que se basa en la elaboración de modelos tendenciales muy poco consistentes, como ha señalado Fernando Esteve en su blog
Oikonomía. Esta imprecisión lleva a que el propio concepto cambie con el tiempo y genere cierta inseguridad en su interpretación. No sería la primera vez que ocurre: durante la crisis han sido ya varias las ocasiones en las que las instituciones internacionales han modificado sus modelos económicos debido a sus errores de previsión, con serios efectos en las recomendaciones de política económica en materia de deuda o déficit público.

Por otro lado, es conocido que el establecimiento de reglas fiscales que no se cumplen –y en el caso de la deuda pública española, es bastante probable que no se cumpla pasado el año 2020-, no hace sino generar más confusión y reducir la credibilidad del gestor público.
Más allá de los efectos estrictamente económicos, que el autor de este post considera dudosos
[ii], la reforma constitucional tiene, sobre todo, un fuerte componente político. Al constitucionalizar la estabilidad presupuestaria y dotarla de una ley de desarrollo tan rígida como la actual, se está cerrando la puerta –si no definitivamente, sí a largo plazo- al establecimiento de políticas económicas alternativas, que a partir de este momento serían tildadas de inconstitucionales. Sería, por ejemplo, teóricamente inconstitucional en España la política económica lanzada en el marco del
G20 de 2009, que promovió el desarrollo de impulsos fiscales y que evitó que la gran recesión se convirtiera en una depresión económica similar a la de 1930. Se trata en última instancia de una provisión destinada a limitar en gran medida la capacidad del Estado para dinamizar la economía a través de una política de estímulo fiscal o de inversiones públicas.
Lo más inexplicable de dicho movimiento político es que se ha desarrollado bajo un paradigma económico, el de la austeridad expansiva, que durante los últimos meses ha perdido toda su relevancia teórica y empírica. En efecto, estudios tanto del
FMI como de la propia
Comisión Europea han reconocido que la austeridad a ultranza es altamente perjudicial para la marcha de la economía. Sin embargo, el rigor del texto del Pacto Fiscal y la reforma constitucional española deja poco margen de interpretación: la austeridad se aplicará, con independencia de toda evidencia empírica, sobre la base de lo establecido en el Tratado y en la reforma Constitucional, que ya han sido aprobados y cuya ulterior modificación es prácticamente imposible, habida cuenta de las mayorías necesarias para ello (unanimidad en el caso del Pacto Fiscal).
Es inconcebible que partidos de centroizquierda hayan aprobado reglas tan rígidas para la gestión de la política económica de la Eurozona y que, además, necesitan del consenso de los partidos de centro derecha para ser eventualmente modificadas. Con el Pacto Fiscal, las fuerzas políticas de centroizquierda de la Unión Europea se han encadenado a un modelo de política económica y han tirado la llave al río.
Otro efecto, no menos importante, de la reforma constitucional, es el establecimiento de controles exhaustivos por parte de la Administración General del Estado sobre el resto de las administraciones públicas, en un ejercicio de recentralización fiscal y financiera, que deja poco margen a las Comunidades Autónomas y Nacionalidades para desarrollar un aspecto clave de cualquier posibilidad de autonomía o autogobierno: la política fiscal. La supervisión y coordinación de las políticas de gasto público por parte del gobierno central ya ha generado los primeros encontronazos en el tribunal constitucional y no serán los últimos. Es cierto que como parte de la UE, los gobiernos autonómicos deben cumplir también con las previsiones establecidas en los tratados, pero cabe preguntarse si la centralización de la supervisión fiscal y financiera de las cuentas públicas autonómicas es la mejor manera de hacerlo.
En conclusión: una reforma excesiva, precipitada, de dudosa consistencia económica, y con un fuerte significado político que limita en buena medida las posibilidades de construir una política económica diferente en un estado descentralizado como España. Una reforma que no puede sino considerarse un grave error.
José Moisés Martín Carretero (
@jmmacmartin) es miembro de
Economistas Frente a la Crisis
NdE: Este artículo se publicó originalmente el 7/12/2013. Por su interés lo volvemos a reproducir. Artículo publicado originalmente junto con Agenda Pública * Crónica agradece al autor por medio de Economistas Frente a la Crisis compartir su opinión con nuestros lectores
Estamos instalados en un gran despropósito. Las políticas de austeridad nos llevan al precipicio, sin remisión. El período en el que vivimos es de carácter regresivo, en todos los órdenes. La economía marca el camino; pero la traslación social es dramática. La paradoja es que hay muchísimo capital. Esto escribía en junio de 2012 Robert Reich: "las grandes empresas están sentadas sobre un gran montón de dinero; pero no lo invertirán en crear nuevos puestos de trabajo". Reich no es un peligroso izquierdista; fue secretario de Trabajo con el presidente norteamericano Clinton. Sigue Reich: "la mayor parte de las ganancias de la productividad, van a manos de los propietarios del capital, mientras los trabajadores reciben sueldos cuyo valor real no hace más que descender". Es decir, dinero hay; se trata de explicar que no existe y que, por tanto, se deben recortar gastos. Pero, según explica el profesor Josep Fontana, un estudio reciente del FMI sobre 173 casos de austeridad fiscal para el período 1978-2009, revela que las consecuencias fueron negativas, hasta el punto de que se confirmó la recesión económica y el aumento del paro. Ante esto, el FMI decidió, en octubre de 2012, criticar las políticas económicas europeas, que no estimulaban la recuperación económica. Un giro insólito en una entidad tan conservadora.
¿Qué pretenden, pues, las políticas de austeridad, vendidas como la única solución plausible? La impresión es que la preocupación por el déficit y la deuda tiene como objetivo privatizar los servicios esenciales para la ciudadanía, servicios que pueden convertirse en un suculento negocio para empresarios privados. Paul Krugman lo ha subrayado sin ambages: "el movimiento de lucha contra el déficit nunca ha tenido el déficit como objetivo; se trata de usar el miedo al déficit para destrozar la red social de protección". Todo el relato ultraconservador descansa sobre lo que Josep Fontana ha calificado como "fábula": se ha tratado de convencer a la gente de que "la culpa era de lo que se había malgastado en escuelas y hospitales, de manera que correspondía ahora pagar estos excesos del pasado".
FUENTE: Todos los datos que se recogen en estos gráficos y los que se exponen en el texto relativos a deuda pública, proceden de Eurostat y Banco de España.
El caso de la deuda pública española es ilustrativo. Esa deuda era baja: los datos del Banco de España y de Eurostat lo avalan (véanse gráficos 1 y 2). Nótese que España superó el 60% de deuda sobre PIB en 2010, cuando Alemania y Francia ya lo hicieron en 2003 y el conjunto de la zona euro había rebasado ese guarismo en 2000; mientras que Grecia e Italia iniciaron el siglo XXI con porcentajes que ya reflejaban el 100%, una variable a la que se acerca España en 2014, toda vez que cerró con un 93,9% el año 2013. Pero, en paralelo, la deuda privada española era una de las mayores del mundo. Y era una deuda que se fraguó a partir de los Landesbanken alemanes, que prestaron a bancos y cajas de ahorro españoles que, a su vez, concedieron créditos para operaciones poco recomendables de constructores y para demandas de particulares sin recursos. A éstos últimos, las propias entidades les estimulaban a endeudarse sin miramientos. Tal imprudencia, codicia y escasa profesionalidad se deben adscribir a financieros germánicos e hispánicos, aunque la cancillería teutona culpe al sur por despilfarrador, según nos enseñan los últimos trabajos de Marc Blyth, Florian Schui y Wolfgang Streeck. El desenlace del proceso es conocido: una forma de rescate bancario. En efecto, tras muchas presiones, el presidente Rajoy, que pensaba que con su llegada al poder todo se solventaría (porque trasladaría confianza), tuvo que agachar la cabeza y reconocer una obviedad: que la economía es mucho más complicada que la emisión de cuatro frases más o menos brillantes cuando se está en la oposición; y mucho más difícil que pensar en recetas simples para resolver la complejidad de los procesos. El bloqueo durante meses del gobierno español generó una enorme incertidumbre. Y motivó que a Rajoy, desde tabloides internacionales, le criticaran con dureza. Si se repasan medios como Financial Times, The Guardian, Le Monde, Wall Street Journal y la prensa especializada alemana (que conozco por las referencias que se hacen en la anglosajona, la francesa y la española), el veredicto común es cáustico por muy negativo, y recoge la opinión, oficial y oficiosa, de buena parte de los representantes europeos en Bruselas y de miembros significados de la cúpula comunitaria.

La oposición a esta política económica, cuya escenificación plástica se ha visto en el Camino de Santiago con Merkel y Rajoy abrazando, finalmente, a un apóstol que deberá ayudarles mucho, la encarna el hasta hace poco tiempo ministro de Economía francés, Arnaud Montebourg. Autor de un librito seminal, ¡Votad la desglobalización!, Montebourg, avalado por citas de John Maynard Keynes y con una presentación del historiador galo Emmanuel Todd (que ha firmado igualmente un libro memorable sobre historia y economía), Montebourg nos obsequia con ideas como esta: "El conjunto del sistema de decisión política ha sido tomado como rehén de manera permanente y las políticas alternativas se han considerado cada vez más como irrealistas o, lo que es peor, como utópicas (…) Reina la impotencia y la sensación de que 'nunca se hace nada', la convicción de que no hay diferencia entre izquierdas y derechas. En definitiva lo que se ha impuesto es la dimisión". Esta valiente diatriba ha concluido con la dimisión del propio Montebourg como máximo responsable de la economía gala. Un gesto que le honra, por un motivo central: porque va a ser imposible (sí: imposible) salir de manera razonable de la Gran Recesión manteniendo esta austeridad santificada ante la catedral de Santiago (y en la que se empecinan Hollande y Valls), como si de un tema de fe se tratase, y que, auguro, deberá cambiarse de forma radical si se pretende que la eurozona salga de manera efectiva del túnel.
Por Carles Manera (@CarlesManera) Catedrático de Economía de la UIB y miembro de Economistas Frente a la Crisis
En esta crisis hay ganadores y perdedores y los ganadores pretenden que tal estatus se asiente como nueva ‘normalidad’, un símbolo para que se perpetúe la pérdida de derechos históricos.Desde
Economistas Frente a la Crisis denunciamos la 'nueva normalidad'. Es decir, la aceptación de las reformas estructurales emprendidas y el conjunto de los equilibrios/desequilibrios promovidos, en los que se reflejan múltiples transformaciones, cuya visión repetitivita quiere instaurar en la sociedad un sentido de nueva normalidad. Impuesta, claro. Ese modo elegido para salir de la crisis con la resultante de que unos salen más fortalecidos y la mayoría más debilitados, es también una 'nueva normalidad territorial' en la que los países del sur, incluida Cataluña, son pasto de los que dominan el poder económico. ¡No lo olvidemos!
En este escenario, el rol que interpretan los países del sur es el de tener que competir entre ellos y con el Este de Europa, así que nuestro horizonte es convivir con salarios bajos, precariedad laboral y exportar a precios competitivos. Son las reglas para funcionar en una Europa dual que ha sido incapaz de enfrentarse a la crisis con bravura. Se consagran las asimetrías, la desigualdad y las divergencias. Nos llevan justo por donde no queremos ir. Han roto el proyecto ilusionante de una Europa unida y solidaria para convertirla en un símbolo de las desigualdades. Como afirma Krugman, en los debates políticos sobre la sanidad, la educación y la igualdad, la ideología se ha impuesto por completo a la realidad.
Por su parte, Olli Rehn –ex-vicepresidente de Asuntos Económicos de la Comisión Europea- confesó que la crisis de la deuda pública se ha gestionado de forma indiscriminada y dañina al crecimiento, una afirmación que nos llega un poco tarde pero que abunda en la convicción de que la incapacidad para salir de la crisis nos aboca a que las divergencias competitivas sean el modelo económico y social que nos han diseñado para las próximas décadas. Por estos motivos es positivo que esté tomando fuerza el movimiento ciudadano denominado 'Audita la deuda pública'.
Auditemos la deuda pública. No es, como algunos dicen y otros piensan para una acción de acuerdo con el Convenio de Viena, que la convertiría en ilegítima. Auditar la deuda pública es para un proceder educativo, porque analizándola sabremos por qué nos hemos endeudado, cómo han priorizado nuestros políticos las necesidades y, sobre todo, por qué se han realizado unos proyectos y no otros. También es interesante conocer quién o quiénes son los beneficiarios, quién hizo el negocio.
Pensemos que auditar la deuda por los ciudadanos es estudiar la anatomía del gasto público, el resultado de hacerle la autopsia a un 'gasto muerto' como es la carga excesiva que supone la deuda. En el caso de algunas Comunidades Autónomas, como la de Murcia y Valencia, el endeudamiento es 'diabólico'.
A pesar de la propaganda, la realidad es que seguimos en plena crisis, entendida no sólo por sus desequilibrios y desempleo de recursos sino también por la desorientación política y el desconcierto social porque, ya se sabe, en esta crisis hay ganadores y perdedores, y los ganadores pretenden que tal estatus se asiente como un símbolo para que se perpetúe la pérdida de derechos históricos, cual antigualla de un pasado utópico irrepetible. Porque el gasto público se quiere para otros objetivos o, sencillamente, porque se quiere pagar menos impuestos, menos salarios, menos amparo, menos demandas sociales, menos inversión pública, menos formación, menos pensiones y más familias en precario. Es la perfección del círculo imperfecto.
Nos faltan políticas que coloquen al empleo como primer objetivo y que se olviden de resurgir otra vez la economía del pelotazo. Hay quienes no tienen más salidas que apoyar proyectos oxidados, no relanzan el crédito y la inversión porque desde los potentes lobbies y desde las 'puertas giratorias' quieren imponer su nueva 'normalidad'.
Debemos provocar un debate para no sentirnos atrapados, pasar a la acción de las propuestas. Esta crisis tiene nombre y apellidos y no debemos consentir que un capitalismo excluyente, que se ha enquistado en un partido petrificado, se apropie de lo que es común. Si no lo hacemos, en el futuro nos demandarán por no actuar en el momento adecuado.
José Molina Molina @ecoapiedecalle es doctor en Economía, Sociólogo y miembro de
Economistas Frente a la Crisis / Murcia Publicado en el Diario La Verdad (Murcia 12/7/2014).
La Unión Europea, gobernada por mayoría conservadora, ante la crisis que empieza a sufrir la zona euro en 2010, derivada de una crisis del sistema financiero global y que afectó gravemente a las deudas soberanas, decidió imponer su ideología neoliberal cambiando el modelo de convivencia social que ha estado siempre implícito en el proyecto europeo. Con el argumento de la consolidación fiscal, impuso a los países periféricos una política fiscal restrictiva, que ha resultado enormemente contractiva, al perjudicar el crecimiento y agravar la crisis. Grecia, Portugal y España están sufriendo la espiral del “austericidio”, con graves consecuencias en su estado del bienestar, en los derechos de los trabajadores, en cifras insoportables de desempleo y en un aumento dramático de las desigualdades.
En la crisis actual se ha antepuesto la economía a la política, los mercados financieros han ocupado el espacio que la política les ha permitido, y su codicia, vía especulación, se demostrado insaciable. Urge que la política recupere la gobernanza económica europea, para poder avanzar desde la unión monetaria hacia una verdadera unión económica, y para poder restablecer los principios y valores de la Europa social, poniendo el acento en la recuperación de un estado del bienestar sólido, la creación de empleo estable y de calidad, la lucha contra la exclusión social y la reducción de la pobreza. En definitiva, retomar el objetivo de avanzar hacia la Europa de los ciudadanos.
La crisis puede ser una gran oportunidad para llegar a un New Deal que implique un gobierno económico europeo de naturaleza supranacional, y no intergubernamental. Superar así la lógica del tratado de Maastricht, responsable en cierto sentido de esta crisis, ya que se ha preocupado por el control de determinadas variables financieras, como la inflación, el déficit y la deuda pública, olvidándose de los endeudamientos privados (que en España alcanzó el 227% del PIB en 2010), de los desequilibrios de las balanzas de pagos y especialmente, de la convergencia en las variables reales, como el empleo, el crecimiento del PIB y el PIB per cápita, fundamentales para evaluar y avanzar en la cohesión social y la reducción de las desigualdades. Para lograrlo, el nuevo gobierno económico debe poner en marcha, al menos, el siguiente decálogo de políticas:
1) Propiciar una estrategia de crecimiento, para generar empleo y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Ello pasa por ampliar el mandato del Banco Central Europeo, que no sólo ha de preocuparse por la estabilidad de los precios, sino también ha de tener un papel activo en relación con el crecimiento económico y la generación del empleo. Esta es la mejor estrategia para reducir el endeudamiento, y no la política de austeridad, que ha propiciado un aumento descontrolado de la deuda pública en un muy breve periodo de tiempo (en España, de representar tan sólo un 36,2% del PIB a mediados de 2007, llegará a superar el 100% en 2014).
La política económica ha de tener como principal objetivo el pleno empleo, impulsando para lograrlo una política de reactivación económica y de reconstrucción del tejido industrial, apostando por un modelo de crecimiento sostenido y ecológicamente sostenible. El sector público debe desempeñar un papel inversor clave, apoyado por una reforma fiscal progresista y contando con la financiación del Banco Europeo de Inversiones o con la emisión de deuda finalista, como son los projectbonds. Así se podrá financiar un plan de infraestructuras supranacionales en transportes, telecomunicaciones y energía, y apoyar a sectores de media y alta intensidad tecnológica, como son las energías renovables, la valorización de residuos, las tecnologías de la información y las comunicaciones, el diseño, el sector aeronáutico y aeroespacial y la construcción naval, entre otros.
Se trata también de apoyar la I+D+i y de apostar por la educación y formación, facilitando al mismo tiempo la reinserción al mercado de trabajo de los desempleados, sobre todo los de larga duración que ya suponen más del 50% en nuestro país. Buscar la competitividad basada en factores de mayor calidad o aportación de valor de los productos exportados, y no en la continua reducción de los costes laborales unitarios. Ya que en un mundo global la competitividad vía precios no tiene sentido para los países de la Unión Europea, a menos de liquidar su estado del bienestar.
2) Evitar la asimetría que existe entre los países de la zona euro en la corrección de los desequilibrios de las balanzas de pagos. A pesar de compartir una Unión monetaria, se han mantenido e incluso agudizado las distintas especializaciones productivas en el centro y la periferia de la UE. Los países del centro tienen un mayor contenido tecnológico, lo que les hace más resistentes a los ciclos económicos, y les facilita superávits en sus balanzas de pagos. Mientras que las economías periféricas son más vulnerables a las crisis por tener una dotación tecnológica más baja, estar más desindustrializados y competir vía precios; generando déficits externos.
Los estados con excedentes de sus balanzas de pago, como Alemania que cuenta con un excedente comercial superior al 6% del PIB, deben estimular su demanda interna mediante incrementos salariales e inversiones públicas. Y contribuir así a reducir los déficits comerciales de los países del Sur, corrigiendo las divergencias en los costes laborales unitarios producidos desde la introducción del euro. Porque las ganancias de competitividad que se están produciendo en estos países vía reducción de salarios y empleo llegan a un punto en que dejan de ser económicamente factibles y, sobre todo, socialmente aceptables.
3) Introducir los eurobonos para financiar parcialmente los déficits públicos y crear una Agencia Europea de la Deuda. En una Unión Monetaria, no tiene sentido que los países altamente endeudados de la periferia tengan dificultades de acceso a los mercados que les exigen altos tipos de interés. Todos los países de la zona euro deberían mostrar su mutua solidaridad en el momento de enfrentarse a los mercados de bonos, mutualizando sus deudas públicas soberanas. Sin embargo, aún existen resistencias de algunos países, principalmente los del norte que carecen de dificultad de acceso a los mercados y que temen que la mutualización de la deuda encarezca su financiación y alimente comportamientos irresponsables de algunos países a costa de otros.
Este problema de riesgo moral puede neutralizarse con las garantías que daría un gobierno económico europeo que controlase las políticas fiscales nacionales.
La solidaridad es uno de los pilares básicos del proyecto europeo. Los intereses nacionales deben dejar paso a la búsqueda de una mayor cohesión social, porque la situación fiscal de un país de la zona euro depende también de su entorno económico, de su balanza de pagos y de su acceso a los mercados financieros. Y porque es imposible que todos los países tengan a la vez superávit, ya que las importaciones de unos constituyen en su mayor parte las exportaciones de los otros.
4) Regular los mercados financieros, con una supervisión bancaria a escala europea y una armonización de las normas de supervisión (Basilea III). Ello posibilitará establecer un fondo único de garantía de los depósitos y un mecanismo europeo de prevención y resolución de las crisis bancarias, que permita recapitalizar de forma directa a la banca. Son reformas institucionales que están en marcha, aunque con ciertas resistencias de algunos países, sobre todo respecto a la mutualización del riesgo y a la implementación del mecanismo único de resolución de crisis. Todo ello debe conducir a una completa unión bancaria europea. La fragmentación financiera dificulta la transmisión de la política monetaria acomodaticia actual del Banco Central Europeo a través del canal de crédito institucional, ya que posibilita que en los países del Sur se mantengan tipos de interés muy elevados y la financiación no termine de llegar a las pymes y a las familias.
El sistema financiero es un sector de interés general, que debe cumplir su función básica: financiar la economía real. Sin embargo, a pesar de los rescates de los sistemas financieros con recursos públicos, el crédito sigue sin fluir a las familias y a las empresas, impidiendo un crecimiento y generación de empleo sostenidos. De ahí la necesidad de regular un sector clave en la economía, para tratar de evitar que cometa los excesos producidos en el pasado. El sistema financiero ha crecido de forma desorbitada, llegando a una hipertrofia del crédito, auspiciado también por el propio Banco Central Europeo que reducía los tipos de interés. Precisamente esta burbuja financiera permitió generar la burbuja inmobiliaria en nuestro país, cuyo estallido ha provocado una grave crisis económica y social que sufren especialmente los trabajadores y las clases medias.
El poder político ha de controlar por tanto al poder financiero, buscando siempre que el interés general prevalezca sobre los intereses particulares, porque la codicia financiera, vía especulación, se ha mostrado insaciable.
5) Coordinar las políticas sociales a escala europea para evitar el dumping social, es decir que en el seno de la UE algunos países ganen competitividad respecto de otros rebajando artificialmente salarios o reduciendo la protección social. La coordinación pasa por lograr una mayor convergencia salarial, para lo que resulta fundamental establecer un Salario Mínimo Europeo.
Retomar el proyecto social europeo, que debe fundamentar la construcción de la UE, pasa por establecer una regulación laboral protectora a nivel europeo, que refuerce la negociación colectiva y la intervención de los trabajadores en la gestión empresarial.
Asimismo, debe implementarse un sistema europeo de protección del desempleo, ya que no parece razonable que un ciudadano europeo que reparta su vida laboral entre varios países no devengue el derecho a una pensión de los sistemas públicos o pueda perder la prestación por desempleo si decide buscar trabajo fuera del país donde generó tal derecho.
6) Llevar a cabo la armonización fiscal, para evitar el dumping fiscal, que posibilita ganancias de competitividad en el seno de la UE de forma artificial bajando impuestos. Para sostener la eurozona será precisa una verdadera unión fiscal. En esta materia no se ha avanzado prácticamente nada, ya que para lograr esa coordinación fiscal los Estados miembros tienen que estar dispuestos a ceder soberanía nacional en materia fiscal, y hasta la fecha los países han querido preservar su autonomía en esa política.
Y por supuesto dicha armonización implica la eliminación de los paraísos fiscales que aún existen en la UE, como Chipre, Luxemburgo, islas Vírgenes Británicas e Islas Seychelles.
7) Aumentar el presupuesto comunitario es vital para poder emprender las estrategias de reactivación de la economía y las necesarias políticas activas de empleo que pongan fin al drama del desempleo. Dicho presupuesto europeo, sin embargo, ha ido mermando sus recursos y en la actualidad no alcanza ni tan siquiera el 1% del PIB de los Estados miembros. Debería representar al menos el 5% del PIB, y financiarse con verdaderos recursos propios de la Unión. Entre otros, podrían introducirse un impuesto sobre las emisiones de carbono y una tasa sobre las transacciones financieras, que además de frenar los movimientos especulativos de capitales que tan sólo buscan beneficios cortoplacistas, permitiría recaudar un gran volumen de recursos (con una tasa de tan sólo un 1% sobre todas las transacciones a nivel mundial, se recaudaría lo suficiente para acabar con el hambre en el mundo).
8) Crear un estado del bienestar europeo, para mejorar la cohesión social en el seno de la UE. Para lograrlo se deben producir transferencias de recursos entre los Estados. Esa mayor solidaridad es necesaria para lograr una mejor redistribución de la riqueza, así como la reducción de las desigualdades.
Europa resurgió de las cenizas de la segunda guerra mundial como un nuevo modelo de convivencia social, y el estado del bienestar ha sido y es la propuesta de Europa a los europeos y al mundo.
Las políticas actuales de austeridad y recortes del gasto público en educación, sanidad, servicios y prestaciones sociales, pensiones, etc., además de agudizar la crisis, suponen una grave agresión al modelo social europeo. La UE debe, sin embargo, defender un estado del bienestar europeo sólido que resulta fundamental para garantizar la igualdad de oportunidades entre todos los ciudadanos europeos.
9) Reducir la obsesión por el crecimiento y empezar a preocuparnos más por la mejora del Indicador de Desarrollo Humano (ONU, 1990), que incorpora la reducción de las desigualdades (acrecentadas en esta crisis), la preservación del medioambiente, la salud (medida mediante la esperanza de vida) y la educación. En definitiva, pasar de una economía financiera basada en el interés cortoplacista de los inversores, a una economía social y participativa, en el que se consideren los intereses de todos los agentes.
El proyecto europeo debe ser un proyecto de los ciudadanos de la UE, y tener como prioridad perseguir mejorar la vida de los europeos. El hecho de crecer no necesariamente logra ese objetivo. Depende de qué tipo de crecimiento, y de cómo se repartan los resultdos de ese crecimiento. En ese sentido, debe apostar por un modelo de crecimiento sostenido y sostenible medioambientalmente que considere el cambio climático y que incorpore la conciencia global. Y desarrollar políticas que permitan la redistribución de la riqueza y la eliminación de las desigualdades.
10) Finalmente, lo más importante, para poner en marcha esta alternativa económica, se requiere una dimensión política, una Unión Política plena. En la construcción de la UE se empezó la casa por el tejado, al poner en marcha la unión monetaria sin disponer de un gobierno económico y social único. La crisis puede servir de oportunidad para establecer un gobierno supranacional democráticamente elegido, con competencias necesarias para encuadrar las políticas presupuestarias y fiscales que den estabilidad macroeconómica a la zona euro, e implementar estrategias de empleo y mutualización de deudas soberanas.
Un Gobierno federal europeo de este tipo requiere transferencias de soberanías nacionales, que han de producirse subsanando el “déficit democrático” actual de la UE. La mayor democratización de las instituciones europeas pasa por revisar la composición del Parlamento europeo, dando igual voto a todos los ciudadanos europeos, y por la elección directa del Presidente de la Comisión Europea, que debe evolucionar hacia un gobierno europeo elegido por el Parlamento Europeo.
Se trata de un proyecto ambicioso, pero no saldremos de esta crisis sin profundos cambios políticos e institucionales. Sólo una unión política, y por lo tanto también fiscal, puede legitimar la interdependencia que ya existe entre los Estados miembros del euro y la solidaridad que la Unión Monetaria requiere.
Ambicioso, pero posible. En 1789, el entonces Secretario del Tesoro de Estados Unidos, Alexander Hamilton, propuso un sistema de Gobierno federal fuerte que asumiera las deudas contraídas por el Estado en la revolución y garantizara unos ingresos futuros constantes, con una mayor integración de la política fiscal pero conservando un grado considerable de soberanía local en los asuntos no federales. Ese fue el primer paso del proceso para hacer de Estados Unidos una potencia continental y mundial.
Ahora es el momento de Europa, que debe aprovechar esta crisis como una gran oportunidad para poner en marcha ese New Deal que alumbre una unión política, con un gobierno económico europeo supranacional; para convertir al continente en referente de desarrollo económico, y fundamentalmente social, del siglo XXI. Es el momento de dejar de seguir dando pasitos que solo sirven para debilitar el euro e intensificar la crisis; y de afrontar ese reto. Los dirigentes europeos y sus ciudadanos han de comprometerse con esta transformación que permita volver a establecer las bases de la Europa social, y sus principios de igual dignidad, equidad, solidaridad y fraternidad.
Mónica Melle Hernández (
@monicamelle)
, Profesora Titular de Economía Financiera de la Universidad Complutense de Madrid y m
iembro de Economistas Frente a la Crisis
* Crónica agradece a la autora, por medio del colectivo de Economistas Frente a la Crisis, que comparta su opinión con nuestros lectores
2014 se ha iniciado bajo la impresión de que no hay política de vivienda y de que cada comunidad autónoma se buscará la vida por su cuenta en este terreno. En los Presupuestos Generales del Estado para 2014 se considera como pieza central de la política estatal de vivienda al nuevo Plan 2013-2016. Dicho Plan, aprobado formalmente en 2013, supone un “vuelco absoluto” en los objetivos respecto de planes precedentes. En la práctica, a falta de desarrollo de las nuevas normas establecidas en 2013, el pasado año transcurrió sin que se implantase de hecho dicho plan plurianual, situación que se ha prolongado en enero de 2014.
El fomento del alquiler y de la rehabilitación, la renovación y la regeneración urbana son los ejes básicos del Plan en cuestión. Como se ha indicado, en 2013 dicho Plan no fue objeto de un desarrollo normativo adicional a la norma inicial que lo estableció, esto es, el Real Decreto 233 /2013, de 5 de abril (BOE de 10.4.2013).
Los Presupuestos Generales del Estado para 2014 (PGE 2014) incluyen un epígrafe “Acceso a la Vivienda y fomento de la edificación” con una dotación de 799,6 millones de euros, repartida en tres programas (Rehabilitación y ayudas al acceso, ordenación y fomento de la edificación, y urbanismo y política de suelo). El importe antes citado incluye 302 millones destinados a atender las obligaciones derivadas de los planes de vivienda anteriores.
El epígrafe mencionado incluye 40 millones de euros para atender las ultimas ayudas correspondientes a la Renta Básica de Emancipación (ayudas al inquilino), cuya cuantía se ha reducido en un 30% (ha pasado de 210 euros/mes a 147 euros/mes) y cuya vigencia posiblemente termine en2014. Como puede apreciarse, los recursos disponibles (unos 450 millones de euros) para poner en marcha nuevas iniciativas de política de vivienda resultan bastante exiguos.
Junto a las ayudas directas a la rehabilitación y al alquiler, los PGE 2014 incluyen un conjunto de ayudas fiscales a la vivienda, cuyo importe asciende a 3.475,4 millones de euros. El componente más destacado es el relativo a las desgravaciones del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, para el que se han previsto 1.785,4 millones de euros. Dicha cifra corresponde a la desgravación por compra de vivienda habitual realizada antes del 1º de enero de 2013. Destaca, en segundo lugar, la desgravación a los arrendadores de vivienda (personas físicas) en el IRPF, cuyo alcance previsto para 2014 es de 479,5 millones.
En tercer lugar está la desgravación a los arrendatarios con ingresos medios y bajos, para la que se han previsto en los PGE 2014 148,4 millones. En cuarto lugar, para la exención por reinversión en vivienda se ha estimado un importe de 258 millones. El resto de las ayudas fiscales (784,1 millones de euros) incluye el coste de la aplicación de un tipo reducido del IVA del 10%, que grava a las ventas de viviendas de nueva construcción, y las deducciones en el impuesto de Sociedades a las empresas dedicadas al alquiler de viviendas.
El coste total de las ayudas directas y fiscales, 4.275 millones de euros, equivale al 0,41% del PIB previsto para 2014. Como puede apreciarse, el alcance de la política de vivienda se ha reducido de forma significativa en 2014 respecto de periodos precedentes, en los que el alcance de las ayudas al acceso se situaba en el entorno del 1% del PIB, unos 10.000 millones de euros de haberse mantenido dicha relación. En las condiciones presupuestarias fijadas para 2014 resulta imposible atender de hecho a los nuevos objetivos (fomento de la rehabilitación y del alquiler) de la política de vivienda.
La cuestión del acceso a la vivienda puede volver a situarse en primer plano si tuviese lugar una recuperación significativa de la economía, siempre el mayor crecimiento contribuyese a crear nuevos empleos de forma significativa. Dicha situación animaría la formación de nuevos hogares, que podrían comprar o alquilar viviendas. En realidad, los niveles salariales de los nuevos empleos y la fuerte temporalidad de los mismos hacen difícil acceder a una vivienda en propiedad a los nuevos hogares si no existe ningún tipo de ayuda pública. En la situación actual cobran la máxima trascendencia la las ayudas al alquiler, respecto del cual el último Censo de Vivienda y las encuestas del INE sobre los hogares señalan un aumento gradual de presencia.
La implantación del Plan 2013-16 resulta, pues, a todas luces insatisfactoria. La eliminación de los estímulos a la promoción de nuevas viviendas protegidas se ha advertido en el descenso de las viviendas protegidas promovidas y de las ventas de las mismas. En 2013 tales ventas de viviendas protegidas cayeron en un 50% sobre el año anterior, previéndose unas ventas de alrededor de 18.350 en dicho ejercicio, el 5,6% del total de ventas de viviendas. Los ayuntamientos controlados por el Partido Popular han procedido a eliminar las empresas locales destinadas a la promoción de viviendas protegidas en propiedad y en alquiler.
La política estatal de vivienda está, pues, ausente desde 2013. Dicha política sigue siendo precisa para acceder a la vivienda, sobre todo cuando alquileres y precios de mercado resultan lejanos de las posibilidades de los nuevos hogares. Además, y para empeorar más las cosas, autonomías y ayuntamientos están vendiendo una parte del exiguo parque de viviendas sociales de alquiler existente en España, lo que acentúa la inseguridad a los hogares que hasta ahora han ocupado dichas viviendas.
* Julio Rodriguez es economista y dorma parte del colectivo Economistas frente a la Crisis
* Crónica agradece al autor que comparta, por medio del colectivo, su opinión con nuestros lectores
¿Dónde están los brotes verdes?
Hoy han salido los datos de producción industrial. Este índice nos informa de la actividad productiva referida a los sectores industriales eliminando el efecto precios (por lo que lo que observamos directamente es la evolución de la producción).
El último dato referido es de junio de 2013 y podemos observar una caída del -1,9% interanual sobre el índice corregido de calendario (sin corregir la caída es más pronunciada, del 4,6%).
En el gráfico podemos ver cómo es el peor dato en cuatro meses, lo cual denota un empeoramiento constante de nuestra estructura productiva durante más de un trimestre seguido. Cierto es que la tasa de caída no alcanza las tremendas cifras de mediados y finales de 2012 (con caídas de entre el 7% y el 8,5%), pero denota que el argumento de la estabilización y de los brotes verdes sigue siendo muy endeble, como así pusieron de manifiesto también los datos de empleo de julio.
La evolución del índice podemos complementarla con la evolución de los bienes de equipo, aquellos que se utilizan para la producción futura, que sí que aumentan a buen ritmo, pasando de un incremento del 3,4% en mayo a uno del 4,2% en junio.
La producción de bienes duraderos, que sigue cayendo a un ritmo del 11,5% interanual modera un poco la caída (frente al -14,7% que registró en mayo) mientras los bienes de consumo no duraderos la amplían (pasando del -0,4% en mayo al -3,8% en junio).
Y la energía, cuyo precio en los últimos meses parece haber ido en ascenso registra también un retroceso del 2,5% (mayor que la caída de mayo del 1,8%).
A nivel sectorial, la evolución de la industria manufacturera (que es casi el total, para que os hagáis una idea, a nivel de empleo, representa el 95% de toda la industria que recoge este índice), ha caído un 1,8% aumentando su ritmo desde el -0,6 que registró en mayo y siendo, de nuevo, el peor dato en cuatro meses.
Obviamente, si desagregamos más los datos nos encontramos con algunas industrias que sí mantienen cierto crecimiento. Los vehículos y la maquinaria mantienen un crecimiento notable (reforzando la idea del aumento en los bienes de equipo), pero la gran mayoría de sectores siguen en caída, algunos de ellos con ajustes aún muy importantes. El tabaco, que desde que aumentaron los impuestos han pasado de caer en torno al 11% a registrar una caída del 21,7%, las prendas de vestir, los productos informativos, artes gráficos o la fabricación de muebles caen todos más de un 10% interanual.
Por tanto, estamos ante un dato que refleja, en primer lugar, cierto recrudecimiento del sector industrial que, lejos de seguir mejorando hasta tasas positivas de crecimiento, ha vuelto a denotar caídas cada vez mayores. En segundo lugar, con un poco más de desagregación, podemos ver cómo el ajuste sigue empeorando en muchos sectores que de por sí tienen ritmos de caída notables. Lejos queda, por tanto, el argumento de la estabilización económica, al menos desde el lado de la industria.
Por Miguel Puente Ajovín, miembro de Economistas Frente a la Crisis
Alberto del Pozo Sen, Antonio González González y Borja Suárez Corujo son miembros de Economistas Frente a la Crisis
Varios acontecimientos han reabierto en las últimas semanas el debate acerca de las reformas del sistema público de pensiones. La creación por parte del Gobierno de una Comisión de expertos que informe sobre la necesidad de las mismas. La llamativa insistencia de la Comisión Europea en la obligatoriedad de realizar nuevas y urgentes reformas en este campo. Y las reacciones que en los medios de comunicación ha provocado todo ello.
Sin embargo, el debate presenta, a nuestro modesto entender, algunos errores de concepto que distorsionan la cuestión, y adolece de los intentos de asentar sobre aquellos ideas que dan lugar a una percepción equivocada sobre las reformas presentes y futuras que pudiera necesitar el sistema público de pensiones español:
La viabilidad del sistema público de pensiones ha de ser un concepto, por un lado, referido al largo plazo. Y por otro, a la capacidad para sostener un determinado volumen de gasto en pensiones en relación con las posibilidades futuras de generar recursos (renta) por parte de la economía nacional (es decir, el PIB). Y la cuestión central de las reformas es si esos recursos son tales que permiten que el gasto en pensiones no exceda de una proporción razonable de la renta generada que lo haga insostenible. Cuestión, por cierto, sobre la que no existe mucha evidencia científica y sí, al contrario, mucha opinión política e intereses en juego.
Tras la reforma de 2011, el máximo de gasto en pensiones que alcanzaría España, según admite la Comisión Europea en su informe “The 2012 Ageing Report”, sería del 14% del PIB en 2050 (a partir de ese momento el gasto se reduce rápidamente debido a que la presión demográfica de la llegada a la edad de jubilación de las generaciones del baby boom es sustituida por el efecto contrario: la llegada de las generaciones de la más baja tasa de natalidad de la historia). Es decir, tendremos que destinar a las pensiones públicas lo mismo que hoy gastan sin demasiadas complicaciones países como Austria, Francia o Italia.
En todo caso, actualmente, el gasto del sistema público de pensiones español es, en relación al PIB, tan bajo cuando lo comparamos con el de la mayoría de los países de nuestro entorno que no cabría hablar de que su viabilidad esté en cuestión. Destinamos a ello el 10% del PIB, mientras que la media de la eurozona tiene un gasto del 12,2%, y el conjunto de la UE, el 11,3%.
Y la situación no va a cambiar durante muchos años. Siempre siguiendo los datos de la Comisión Europea (que es quien nos insta a reformas urgentes), en 2030 nuestro gasto en pensiones será del 10,6%, prácticamente lo mismo que hoy gasta Alemania (10,5%). Y aún en 2035, nuestro gasto será del 11,3%. Los datos no avalan, pues, en modo alguno, la premura ni la obligación por el lado del gasto (aunque tampoco, como hemos dicho en el punto anterior, justifican la necesidad de hacerlo con la vista puesta en el largo plazo).
El hecho de que los ingresos por cotizaciones sean en este momento inferiores a los gastos en pensiones, si indica algo es que lo insostenible en esta coyuntura es la caída de los ingresos debida a la recesión, y que, por extensión, lo verdaderamente insostenible es la propia recesión. Y el planteamiento urgente que se debería estar haciendo consiste en adoptar las medidas que permitan superar, de una vez por todas, la caída del PIB y del empleo.
El supuesto “déficit” actual del sistema público de pensiones es, además, una entelequia y carece de relevancia porque el sistema público de pensiones no es ni puede ser un sistema cerrado y autofinanciado por las cotizaciones en todo momento y lugar. Y si las cotizaciones no son suficientes de forma coyuntural para financiar las prestaciones en un determinado contexto, el desfase ha de ser cubierto en ese periodo por las aportaciones del Estado, como sucede en todos los demás grandes sistemas públicos (como el judicial o el de la defensa o cualquier otro). E incluso en estos momentos en algunos sistemas privados, como el financiero, y con menor justificación aún en casos como, por ejemplo, el de las autopistas, donde el Estado podría asumir una deuda de 3.500 millones de euros de empresas propiedad de más de 50 entidades financieras y 10 grandes constructoras.
Las pensiones, en tanto que derechos subjetivos de los ciudadanos, tienen la consideración de “gastos obligatorios” que por su naturaleza no están ligados a la suficiencia de recursos presupuestarios, ni a la evolución de una determinada fuente de ingresos. El Estado ha de poner los recursos necesarios para asegurar el pago de las pensiones, sea con las cotizaciones o con cualquier otra fuente de ingresos. Luego el denominado “déficit del sistema”, más allá de una forma impropia de hablar, carece totalmente de sentido. Realmente sólo puede tener déficit el Estado, pero no el sistema de pensiones, y el desfase de este entre ingresos y gastos no es sino una componente de aquel, y no algo propio, ni diferente, ni específico ni con sustantividad propia.
Y siendo esto así, es decir entendiendo que ese déficit como tal no existe, se podrá comprender mejor que menos sentido aún tenga pretender que esté en cuestión la viabilidad del sistema de pensiones porque en una coyuntura como esta necesite que a los ingresos por cotizaciones se les sumen los de otras aportaciones del Estado.
Asimismo, vincular la viabilidad del sistema público de pensiones a la coyuntura actual de crisis, en la que la caída brutal del empleo (provocada en parte por la propia política económica adoptada a nivel europeo y nacional) ocasiona una caída de ingresos por cotizaciones, carece tanto de sentido como pretender que fueran inviables por ese hecho, por utilizar un ejemplo exagerado y expresivo, las instituciones democráticas del Estado como el Parlamento o cualesquiera otra.
La voluntad de decidir en este momento si es preciso realizar o no y, en su caso, dónde y cómo, recortes de gasto público es solo una decisión política coyuntural que nada dice acerca de la viabilidad de nuestro sistema de pensiones (que, como hemos dicho, requiere menos recursos que la mayoría de los países de la eurozona).
De tal forma, que en ningún caso se puede afirmar que la viabilidad del sistema de pensiones pueda estar siendo “seriamente cuestionada” por la severidad de la crisis económica. Lo que está en cuestión es la recesión y la caída de ingresos públicos que ocasiona.
De hecho, en un enfoque puramente macroeconómico, el mantenimiento de las pensiones cuando caen los ingresos por cotizaciones que habitualmente las financian, opera como un estabilizador automático de respuesta a los ciclos recesivos de una forma similar a como lo hacen las prestaciones por desempleo.
En general, se acepta que el Estado debe, en momentos de crisis, complementar los ingresos ordinarios (que también proceden de cotizaciones) del sistema de protección por desempleo, y nadie razonable plantea que por ello este sistema se convierta en inviable. Todo lo contrario, resulta útil y conveniente que esto sea así.
Cualquier discusión acerca de la conveniencia de rebajar las prestaciones por desempleo en esa situación (dejando a un lado que se trataría de una decisión procíclica que empeora la coyuntura económica, y los efectos sociales de debilitar la protección a los más débiles, los parados) se plantea en términos de elección política respecto a la forma de aplicar unos determinados recortes de gasto en este u otros aspectos del presupuesto del Estado, pero nunca en términos de viabilidad del sistema de prestaciones por desempleo. Y si eso es así en ese caso, mucho más habrá de serlo en el del sistema de pensiones, cuya naturaleza y funciones esenciales deben ser reconocidas independientemente de las coyunturas.
Si no existe déficit del sistema de pensiones, sino solo déficit del Estado, y si la caída de ingresos por cotizaciones debida a la destrucción de empleo durante la crisis no puede presentarse como algo que ponga en cuestión la viabilidad y sostenibilidad futura del sistema de pensiones, no llega a entenderse la impaciencia de Bruselas acerca de una supuesta lentitud en la forma en que se aborden unas reformas para las que aún no se ha ofrecido un solo dato acerca de su necesidad.
La última reforma (2011) fue analizada y evaluada por los organismos internacionales y estos aceptaron, como lo hizo la propia Comisión Europea, que las medidas adoptadas producirían en su momento una contención del gasto tal que, incluso con previsiones demográficas y económicas tan negativas (y probablemente irreales) a largo plazo como las contempladas en el escenario oficial europeo de aquel momento de la aprobación de la reforma, el gasto a largo plazo en pensiones públicas en España no sobrepasaba en porcentaje del PIB el que en este momento están sosteniendo, con un PIB mucho menor, las economías de muchos países de la UE.
La relación entre cotizantes y pensionistas, para la que se ha tratado a menudo de establecer un umbral determinado por debajo del cual también el sistema público de pensiones perdería su sostenibilidad, carece asimismo de fundamento por sí misma. La incidencia de esa relación sobre las variables financieras del sistema a largo plazo depende, por un lado, del tipo de cotización y de la base sobre la que se aplica el mismo (los salarios), y por otro de la cuantía media de las pensiones. Una misma relación cotizantes/pensionistas podría dar lugar a situaciones financieras muy diferentes según sean los parámetros que se han mencionado (salario, tipo de cotización, y pensión media) en cada momento. Sin olvidar todo lo que hemos mencionado acerca del gasto presente y futuro de nuestro sistema público de pensiones.
En definitiva, la forma en la que se está vinculando la evolución actual de los ingresos del sistema público de pensiones, derivada de la crisis, y el desfase entre estos y el gasto en pensiones con una supuesta inviabilidad del sistema público de pensiones está plagada de errores conceptuales sobre los cuales se va realizando una construcción argumental que carece de sustento, y sobre la que se pretende argumentar un nuevo y más grave recorte de las pensiones. Y la insistencia de la Comisión Europea en vincular la adopción de tales medidas con la flexibilidad (imprescindible, en todo caso, desde el punto de vista económico, especialmente después del gravísimo error cometido en los tres últimos años por la política económica auspiciada por la Comisión) en el programa plurianual de reducción del déficit público son, ambas, cuestiones que carecen de justificación.
Frente a ello, es preciso contemplar y analizar las decisiones de la Comisión y otras instancias europeas con una mirada política, entendiendo que las mismas derivan de la defensa de posiciones e intereses con claros componentes ideológicos. Lo mismo que deberíamos hacer con los editoriales de todos los periódicos.