Cuando el gobierno holandés insiste en que se reforme el sistema de pensiones español lo que está haciendo es tratar de decirle a sus votantes que reivindica el suyo para ocultar el deterioro que sufre por su enorme dependencia de los mercados financieros cada vez más inestables.
Una vez más, el gobierno holandés se opone a las propuestas que defienden los países del sur para hacer frente a la crisis provocada por la Covid-19. Se opuso a suscribir deuda conjunta y ahora defiende que los recursos destinados a los diferentes países se concedan como créditos y no como ayudas o subvenciones.
Para justificar su posición los políticos holandeses insisten en que su país (y otros «frugales» que defienden su misma posición) han hecho los deberes fiscales, que han reducido su deuda, que han sido «hormigas» prevenidas y laboriosas, mientras que los países del sur han sido «cigarras» que gastan demasiado, viviendo por encima de sus posibilidades y sin hacer nada para reducir la deuda. Algunos, como el socialdemócrata Jeroen Dijsselbloem, llegó a decir que Italia o España «se gastan todo el dinero en copas y mujeres y luego piden que se les ayude».
Se trata de un argumentario muy extendido en Holanda pero que no sólo no responde a la realidad sino que esconde los verdaderos motivos que llevan a sus líderes políticos a defender su posición frente a los demás países europeos.
No se puede decir que el Estado español gaste más que el holandés: a finales de 2029, ambos gastaban el 41,9% de su PIB respectivo.
Es verdad que el porcentaje de la deuda pública española sobre nuestro PIB es mayor que el de Holanda, pero tampoco se puede decir que nuestro volumen de deuda sea desproporcionado. Nuestra población representa el 10,5% de la del conjunto de la UE, 2,7 veces más que la holandesa, y el porcentaje de nuestra deuda pública sobre el PIB de la UE (10,9%) es 3 veces mayor que el de la holandesa. Quizá sería deseable tener menos deuda pública pero no se puede decir que nuestro endeudamiento público sea desmesurado y, sobre todo, que ese porcentaje refleje que vivimos por encima de nuestras posibilidades.
Para saber quién vive así, gastando lo que no tiene, no basta con tomar en consideración la deuda pública: hay que contemplar también la de los hogares y la de las empresas, es decir, la deuda privada y la total. Al hacerlo, resulta que la deuda total de Holanda es del 242% de su PIB (o del 298% si se toman todas las fuentes de deuda, según el Fondo Monetario Internacional), frente al 131% de la de España (195,21% según el FMI). La de los hogares holandeses es el 103% y la de los españoles el 57,4%; y la de las empresas holandesas del 140% del PIB frente al 73% de la que tienen las españolas.
No es verdad, tampoco, que España derroche en servicios públicos o en pensiones, lamentablemente para nosotros. El gasto público per capita es 8.000 euros mayor en Holanda que en España, allí se gastan casi 2,5 veces más euros por habitante en sanidad que en nuestro país y los holandeses tienen unas pensiones mucho más generosas que las nuestras (a pesar de los problemas que mencionaré enseguida) que permiten que haya un riesgo de pobreza entre las personas de más edad mucho más bajo que en nuestro país.
Los holandeses dicen que los españoles somos vagos pero trabajamos, en promedio, 1686 horas anuales frente a las 1.434 de promedio en su país.
Los argumentos del gobierno holandés son falaces y falsos. Puestos a comparar, son los holandeses quienes viven por encima de sus posibilidades generando una deuda privada que es la tercera más grande del mundo (tras la de Irlanda y Chipre), según los datos del Fondo Monetario Internacional.
Holanda es un país más rico que España (aunque una buena parte de su riqueza esté en inversión financiera muy volátil). A nadie le cabe duda. Tiene menores registros de deuda pública que España pero eso no significa que tenga controlada su deuda (sino que la hace descansar directamente sobre los hogares y las empresas), como tampoco el mayor nivel de deuda pública española tiene su origen en el despilfarro o en la falta de voluntad de eliminarlo, y aunque eso no quiera decir que en España no haya habido mala gestión del gasto público.
Y si no se puede decir de España con fundamento lo que dice el gobierno holandés, mucho menos se puede acusar de lo mismo a Italia que, como ya expliqué en otro artículo, ha hecho más sacrificios y reducido su gasto en mucha mayor medida que Holanda en los últimos años (Italia como ejemplo y como advertencia).
La razón de que en España o Italia haya mayor deuda pública o niveles de paro más elevados no tiene que ver con las razones demagógicas que utiliza la derecha que gobierna Holanda y otros países europeos sino con el diseño del euro y con políticas europeas que imponen un desequilibrio del que se benefician esos países del norte. Y, entre otras cosas, con la actuación de Holanda como un paraíso fiscal parásito de los demás países de la Unión Europea, como expliqué en otro artículo: Holanda, campeona mundial de la evasión fiscal, tiene por qué callar)
Cuando el gobierno holandés reclama reformas en el sistema español de pensiones o en nuestro mercado de trabajo en realidad está haciendo un discurso dirigido a sus votantes. Reclama que reformemos nuestro sistema de pensiones para ocultar que es el sistema holandés el que se encuentra en una crisis profunda.
Su sistema se basa en tres pilares: una pensión mínima pública, otra procedente de la fondos de inversión gestionados por las empresas y una tercera resultado del ahorro individual.
El segundo pilar ha sido hasta ahora el fundamental y ha dado buenos resultados pero las sucesivas crisis financieras y los bajos tipos de interés han ido reduciendo la rentabilidad de esos fondos, de modo que su disposición de liquidez para hacer frente al pago de las pensiones ha estado y está bajo mínimos. El año pasado se daba por seguro que en 2020 se tendría que reducir la cuantía de las pensiones y la situación se ha agravado con la crisis de la Covid-19: a finales de 2019, alrededor de 70 fondos que afectaban a más de 12 millones de trabajadores tenían índices de cobertura por debajo del mínimo y en lo que va de año se han perdido unos 80.000 millones de euros.
Como el sistema no tiene cobertura suficiente para hacer frente al pago de las pensiones futuras, el gobierno ha tenido que realizar una propuesta de reforma en las últimas semanas que simplemente significa dar un paso en el vacío en una de las cuestiones más sensibles para la población holandesa. En el nuevo sistema que el gobierno propone, la cuantía de las pensiones que recibirán los holandeses no se basará en los índices de cobertura y las tasas de interés oficiales, sino que dependerá aún más de le rentabilidad de los títulos financieros y de la evolución de la bolsa de valores. Es decir, que se refuerza el factor que precisamente ha hecho que el sistema se haya deteriorado y que haya sido necesario cambiarlo.
Cuando el gobierno holandés insiste en que se reforme el sistema de pensiones español lo que está haciendo es tratar de decirle a sus votantes que reivindica el suyo para ocultar el deterioro que sufre por su enorme dependencia de los mercados financieros cada vez más inestables.
Pero la cuestión no termina ahí. La singularidad del caso es que una de las inversiones más rentables que hacen los fondos de los que se nutren las pensiones holandesas son los bonos estatales del sur de Europa. La realidad es que a Holanda le interesa que Italia o España estén altamente endeudadas y, a ser posible, que esa deuda esté sometida a tensiones que eleven su prima de riesgo, para que sus títulos de deuda sea más rentables. Para cerrar el círculo, solo basta imponerles condiciones que garanticen que esa deuda se vaya pagando por encima de todo.
Esto es lo que hay detrás de las políticas de austeridad que Holanda y otros países con sus mismos intereses impusieron en la anterior crisis financiera con el objetivo real pero oculto de que, en realidad, aumente la deuda. Por paradójico que pueda parecer, esto es lo que explica que Holanda se oponga a la mutualización europea de la deuda: la rentabilidad de la española para quienes la suscriban (como sus fondos de pensiones) sería menor, porque los bonos se emitirían a menor interés y no se daría la especulación que los encarece.
Al gobierno holandés le interesa que España o Italia estén cada vez más endeudados, lo mismo que le interesa que lo estén los hogares y las empresas holandesas, porque esa deuda es la que alimenta el beneficio de su economía financiarizada y la que hace que los fondos de pensiones tengan liquidez suficiente para hacerlas efectivas, algo que está cada vez más en peligro.
Su posición frente a la mayoría de los gobiernos europeos no es sólo un capricho ideológico, ni responde a propósito sincero de mejorar la economía europea o la de los países del sur de Europa. No es verdad, como los políticos holandeses le dicen a sus votantes, que Holanda esté pagando la deuda de los países del sur de Europa. Es al revés, imponen unas políticas que generan nuestra deuda para poder pagar con ella sus pensiones, cada día más dependientes de la deuda global y de la especulación financiera.
La economía de Holanda es un parásito peligroso que desestabiliza y pone en peligro a Europa aunque lo sorprendente no es que los holandeses se aprovechen de eso, sino que los demás países lo sigan consintiendo.
Publicado en Público.es el 20 de julio de 2020
Juan Torres
* Creative Commons -
* Juan Torres es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla
* Crónica agradece al autor poder compartir sus opiniones con nuestros lectores
La Reserva Federal de Estados Unidos anunció ayer el plan más agresivo de estímulo financiero desde 2008, cuando comenzó la Gran Recesión.
Por un lado, ha puesto los tipos de interés a cero y, por otro, realizará compras de activos en las bolsas por valor de 700.000 millones de dólares.
¿Para qué servirá esto y para qué no?
La nueva bajada de tipos de interés no aporta casi nada. Teóricamente, persigue que la financiación sea más barata para las empresas y hogares y que así no se derrumbe el gasto en consumo e inversión.
Pero en las actuales circunstancias, y con los tipos ya por los suelos, será una medida bastante inútil.
Las empresas bajarán la inversión por la expectativa de caída de las ventas y de los beneficios en una posible nueva fase de recesión y por los efectos del coronavirus. Y los hogares por la pérdida de ingresos, de movilidad y por el temor a que vengan tiempos peores.
Con tipos más bajos, los bancos deben dar más créditos para obtener la misma rentabilidad y eso, si es que ocurre, empeorará su solvencia.
Y, en todo caso, hay que tener en cuenta que los tipos a cero son los de referencia, los que aplique la Reserva Federal a sus operaciones con la banca privada. Pero esta última luego presta a los tipos de mercado que son bastante más elevados. Sobre todo, los de operaciones que dirigidas a las empresas y hogares en mayores dificultades y, por tanto, con más riesgo de provocar fallidos.
Poner a cero los tipos de referencia en medio de una emergencia sanitaria y cuando no se tiene seguridad de que los bancos trasladen la mayor liquidez a la economía productiva, sino a mejorar su balance, es como tratar de empujar con una cuerda o tratar de salir uno mismo de un hoyo tirándose de los pelos. Es imposible.
Por otro lado, gastarse 700.000 millones de dólares en comprar activos sí va a tener efectos inmediatos y muy claros: salvar el patrimonio de los grandes poseedores de acciones y bonos, es decir de las grandes empresas y de las personas más ricas del planeta.
Desde 2008, realizando periódicamente estas compras, la riqueza del 10% de los hogares más ricos ha subido unas 115 veces más que la del 10% más pobre. Y es lógico.
En los últimos años, las grandes empresas han obtenido beneficios extraordinarios que han dedicado en buena parte a comprarse sus propias acciones o activos financieros de todo tipo, y los bancos centrales han ido comprando títulos sin parar. Los algoritmos que dominan casi el 70% de las operaciones de compra y venta y que están programados solo para lograr ganancias especulativas han hecho el resto. Y la consecuencia de todo eso ha sido que las cotizaciones se hayan disparado. Cuando las cosas han empezado a cambiar y las burbujas se desinflaban, el pánico hizo de las suyas y los inversores han reclamado que la Reserva Federal intervenga para evitar el derrumbe.
Mi previsión es que esta intervención y las que seguirán van a producir efectivamente una recuperación de las bolsas. Incluso es posible que una nueva onda súper alcista. Pero si en el futuro inmediato reaparecieran nuevas chispas de inestabilidad (¿alguien se atreve a descartar algo así?), el remedio será peor que la enfermedad y se produciría un cataclismo histórico.
Es verdad que las medidas de ayer no son las únicas excepcionales. El gobierno de Trump había reducido el presupuesto dedicado a combatir pandemias y en Estados Unidos hay 34 millones de personas que no cobran si se dan de baja, otros 30 millones sin seguro médico, 500.000 sin hogar y 2,2 millones en cárceles con condiciones higiénicas regulares. Eso hace que la extensión de la pandemia pueda ser allí extraordinaria y mucho peor de lo que se está diciendo. De ahí que se haya tenido que anunciar que se multiplicarán gratuitamente las pruebas y algunas ayudas a las personas y empresas, pero es tarde y las ayudas son de momento insuficientes. Desde luego, mucho menores que las que van a recibir los grandes inversores y los bancos.
Para evitar el desplome de las economías se necesita poner selectivamente el dinero en los bolsillos de la gente afectada y en la caja de las empresas, y recuperar el flujo en los procesos económicos básicos, en la producción, la distribución y el consumo. Y eso ni lo van a hacer bancos que lógicamente buscan su propia rentabilidad, ni los grandes inversores que van a recuperar su riqueza cuando le compren sus activos depreciados.
Hace faltan ayudas directas, hace falta una banca pública que se encargue de proporcionar esa financiación extraordinaria en situaciones de emergencia y un estímulo fiscal y productivo gigantesco, de la misma proporción del desastre que se avecina.
La Reserva Federal lo ha dejado claro, como ya pasó en la Gran Recesión: la bolsa es antes que la vida y los ricos van primero.
Lleva razón el presidente Trump cuando, después de anunciarse estas medidas, dijo que «Los mercados deben estar muy contentos».
Los mercados sí, la gente normal y corriente no.
En Europa, mientras tanto, se reúne hoy el Eurogrupo. Mañana comentaremos lo que se acuerda, aunque lo que se sabe no nos permite ser optimistas.
Juan Torres
* Creative Commons -
* Juan Torres es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla
* Crónica agradece al autor poder compartir sus opniones con nuestros lectores
La
realidad ha demostrado que las políticas europeas frente a la crisis
fueron un engaño, un «austericidio» que dio como resultado todo lo
contrario de lo que sus inspiradores decían que iban a conseguir
Las
autoridades europeas se equivocaron antes, durante y después de la
crisis de 2008 y se vuelven a equivocar ahora. Antes de que estallara no
fueron capaces de prever lo que se estaba gestando. En gran medida,
porque para ello tendrían que haber reconocido las fatales consecuencias
de sus propios errores previos. Entre otros:
- Dejar que
países como Alemania que acumulaban grandes superávit los dedicaran a
financiar burbujas especulativas en la periferia europea.
- No regular convenientemente la actividad bancaria y permitir las prácticas fraudulentas y peligrosas de la banca.
- Establecer
reglas de estabilidad presupuestaria equivocadas que en lugar de evitar
los latigazos del ciclo económico los agudizan.
- No corregir un
diseño del euro concebido para beneficiar a los países centrales de
Europa y a Alemania en particular y que, precisamente por ello,
incrementa la divergencia y produce continua inestabilidad y rechazo
social.
Cuando se desencadenó la crisis volvieron a
equivocarse. En lugar de actuar con rapidez y contundencia, como ocurrió
en Estados Unidos, los burócratas se aferraron a sus corsés ideológicos
e impusieron recortes de gasto cuando las economías se venían abajo,
provocando una segunda recesión y un sufrimiento social tremendo y tan
injusto como ineficaz.
Aunque sin dar un solo paso
para resarcir los daños, Juncker habló de «austeridad imprudente» y
reconoció que se había «insultado a Grecia»
Tan
evidentes fueron sus errores que hasta los propios dirigentes europeos
tuvieron que reconocerlo más tarde. Aunque a buena hora y sin dar un
solo paso para resarcir daños, el presidente de la Comisión, Jean-Claude
Juncker, habló de «austeridad imprudente» y reconoció que se había
«insultado a Grecia». Numerosos estudios (algunos incluso del Fondo
Monetario Internacional) han mostrado que los supuestos y cálculos con
los que se justificaba la bondad de los recortes de gasto eran
erróneos.
La realidad ha demostrado que las políticas europeas
frente a la crisis fueron un engaño, un «austericidio» que dio como
resultado todo lo contrario de lo que sus inspiradores decían que iban a
conseguir: afirmaron que eran imprescindibles para crear empleo y
disminuir el endeudamiento, pero lo que hubo después de haberse aplicado
fue más deuda, menos y peor empleo y más baja actividad económica.
Una
vez superados los momentos más duros de la crisis (con más retraso, con
menos fortaleza y con más costes que en Estados Unidos) Europa siguió
equivocándose, al menos, en cuatro grandes aspectos:
- Se dejó
que la iniciativa de la recuperación la llevase el Banco Central Europeo
con una política monetaria ultra expansiva que es cierto que evitó un
colapso pero que ha tenido otras consecuencias negativas: un impulso de
la actividad muy débil porque el dinero creado ha servido para limpiar
los balances de los bancos pero en su gran parte no ha llegado a
consumidores y empresas; un aumento del precio de los activos
financieros que ha aumentado la desigualdad que es tan perjudicial para
la demanda; la multiplicación de empresas «zombi» que sólo viven a base
del crédito barato; y el incremento continuado de la deuda (o, lo que es
lo mismo, del negocio de la banca).
- No se aprovechó la
recuperación para impulsar los cambios estructurales que son
imprescindibles para afrontar la revolución tecnológica y el cambio
productivo que se avecinan. De hecho, la política expansiva del Banco
Central Europeo mediante la compra de bonos corporativos dificulta esos
cambios, pues beneficia a las empresas menos innovadoras (las que emiten
más bonos), más contaminantes y reacias a impulsar la transición
energética.
- Se siguió renunciando al diseño y utilización de
instrumentos (sobre todo fiscales, pero también laborales o de
gobernanza) anticíclicos, que impulsen la actividad en los malos
momentos y la enfríe cuando se acelera el crecimiento.
- No se
hizo frente con eficacia al debilitamiento de la democracia en Europa,
el mejor escudo del que dispone la ciudadanía para protegerse de las
cargas y sacrificios que los de arriba siempre tratan de imponer a los
de abajo en las grandes crisis económicas para salir beneficiados de
ellas.
Ahora, cuando las cosas vuelven a ponerse feas y
volvemos a encontramos a las puertas de un nuevo deterioro de la
actividad económica, todos los indicios apuntan a que Europa se equivoca
de nuevo.
Vuelve a equivocarse Europa haciendo la
vista gorda a la estrategia siempre egoísta de Alemania; una dejación
que va a producir un desgarro mucho mayor que el que ya existe en el
espacio europeo
Vuelve a equivocarse dejando que sea
otra vez el Banco Central Europeo quien haga frente en solitario a la
desaceleración mediante la política monetaria expansiva. Ya no hay
apenas margen para bajar los tipos de interés pensando en que así se
estimule la inversión o el consumo. Y continuar con la compra de bonos
es una buena noticia para los bancos, para las grandes empresas y para
los hogares más ricos, pero no va a frenar la fuerte desaceleración que
registramos.
Vuelve a equivocarse Europa dejando que cada economía
se las componga como pueda y, en particular, haciendo la vista gorda a
la estrategia siempre egoísta de Alemania (ahora, de nuevo renunciando a
la acción mancomunada para hacer frente a los problemas y asumiendo por
su cuenta planes de inversión). Una dejación que va a producir un
desgarro mucho mayor del que ya existe en el espacio europeo.
Se
equivoca de nuevo Europa al no poner en marcha con urgencia medidas
presupuestarias de carácter extraordinario que actúen combinadas con las
monetarias para hacer frente al cambio de ciclo. Y en particular,
cuando se empeña en seguir manteniendo criterios numéricos de
estabilidad que no tienen ningún fundamento científico y que
necesariamente agravan la situación en los momentos críticos, como el
que se está iniciando.
Se equivoca Europa cuando deja que el BCE siga siendo la fuente de alimentación de la deuda como motor de la economía europea
Se
equivoca Europa cuando no asume en la práctica, tomando medidas
efectivas y yendo más allá de las buenas palabras, que nos encontramos
ante una emergencia climática y que las estrategias de transición deben
ser prioritarias.
Se equivoca Europa cuando deja que el Banco
Central Europeo siga siendo la fuente de alimentación de la deuda como
motor de la economía europea. En lugar de dedicarse a permitir que los
gobiernos (e infinidad de empresas) sigan endeudándose para pagar la
deuda (en beneficio de la banca privada), el BCE debería facilitar el
saneamiento de las cuentas públicas sin perjudicar la inversión
productiva y controlando el despilfarro. Y en lugar de tirar el dinero
mediante una expansión monetaria que beneficia a los que más tienen y
que no impulsa suficientemente la actividad productiva ni, por supuesto,
la sostenibilidad, debería ponerlo directamente en manos de quienes
crean riqueza y empleo sostenibles. En lugar de salvar a los bancos, el
Banco Central Europeo debe salvar a las empresas y a las personas.
Se
equivoca Europa cuando renuncia a darle prioridad a la lucha contra la
evasión y los paraísos fiscales y a disponer de una auténtica Hacienda
Europea que es la única garantía de que el euro sea viable a medio
plazo. Cuando no entiende que una unión monetaria sin un verdadero y
potente presupuesto, sin programas de gasto e impuestos transnacionales,
sin poderosos mecanismos de compensación y sin avances decisivos en la
unión política es una fuente constante e inevitable de divergencia, de
perturbación e inestabilidad económicas y de rechazo y desafecto social.
Se
equivoca Europa al no reforzar sus programas de inversiones en
investigación básica y desarrollo del conocimiento (incluso se plantea
reducirlos en este campo), en transición energética y tecnológica y en
igualdad territorial y de oportunidades ahora que se avecinan malos
tiempos y un cambio de modelo productivo.
Algunas
demandas comienzan a plantearlas ya incluso las fuerzas más
conservadoras de las instituciones europeas; el vicepresidente del BCE
Afortunadamente,
algunas de estas demandas comienzan a plantearlas ya incluso las
fuerzas más conservadoras de las instituciones europeas. El
vicepresidente del Banco Central Europeo Luis de Guindos reclamaba hace
unos días «un instrumento fiscal de tamaño moderado, pero con capacidad
de actuación anticíclica, no controlado por los países sino por una
autoridad europea». Es un paso adelante, sin duda, frente a la torpeza
interesada de todos estos años atrás. Pero eso no es ni mucho menos
suficiente.
Ese instrumento fiscal proporcionaría impulso a la
economía europea, es cierto, pero por sí mismo no garantiza que se
oriente en la dirección adecuada.
En primer lugar, porque sin
cambiar al mismo tiempo la política del Banco Central Europea en la
dirección que he apuntado, seguirá aumentando la deuda hasta llegar a
ser insostenible. Y sin corregir el diseño del euro, la inversión
producirá más desigualdades y nuevas asimetrías.
En segundo,
porque, sin cambiar las condiciones institucionales que hoy día
prevalecen en la legislación y en los mercados laborales, el aumento del
gasto público seguirá traduciéndose en mayor beneficio de las rentas
del capital y en menor participación de los salarios en el conjunto de
los ingresos. Es decir, en la distribución de la renta muy desigual que
hasta ahora viene impidiendo que la demanda efectiva se dinamice lo
necesario para crear suficiente empleo de calidad y que, además, genera
baja productividad y desincentivos para la innovación y el progreso
tecnológico (porque a más bajos salarios, menos falta hace innovar para
obtener beneficio).
Y finalmente, porque sin avanzar en la
democratización de las instituciones políticas europeas, sin una Unión
Europea realmente democrática en su funcionamiento conjunto, será
imposible que existan los contrapesos, la transparencia y el control
suficientes para evitar que los grandes poderes financieros y
corporativos sigan imponiendo su voluntad y sus decisiones para lograr,
como hasta ahora, que la política de gasto que se realiza en Europa
responda exclusivamente a sus intereses particulares.
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Juan Torres
* Creative Commons -
* Juan Torres es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla
* Crónica agradece al autor poder compartir sus opniones con nuestros lectores
La oficina estadística europea, Eurostat, publicó el mes pasado los últimos datos oficiales sobre la deuda pública en la Unión Europea.
A finales de 2018, la deuda total acumulada por los gobiernos de los 28 país miembros sumaba 12,7 billones de euros y el de los países de la UE(19) 9,86 billones. En el primer caso, fueron 136.000 millones más que en 2017 y en el segundo 99.000 millones, es decir, que creció más o menos un 1% anual (datos aquí).
Por otro lado, la cantidad pagada por los gobiernos en concepto de intereses en 2018 fue de 293.983,2 millones de euros en la UE(28) y de 213.177,5 millones en la UE(19). datos aquí.
Pero lo más interesante es comparar el aumento de la deuda pública europea con la suma pagada por intereses a lo largo del tiempo.
Según los datos históricos de Eurostat, desde 1995 -año en que comienzan a proporcionarse datos para la UE(19)- hasta 2018, la deuda total aumentó en 5,79 billones de euros y durante esos años se pagaron 6,4 billones de euros en intereses. Es decir, el 110,6%. Lo que significa que no sólo la totalidad del crecimiento que ha tenido la deuda pública europea en los últimos 18 años, sino incluso un poco más, corresponde al pago de intereses.
En España, ese porcentaje ha sido menor pero también muy elevado. En el mismo periodo, la deuda pública aumentó en 877.503 millones de euros y se pagaron un total de 569.592 millones de euros en intereses, lo que representa el 64,9% del incremento de nuestra deuda pública.
Dicho de otra manera: si los gobiernos europeos hubieran tenido acceso a la financiación del Banco Central Europeo, que crea el dinero de la nada y puede prestarlo, por tanto, sin interés, la deuda pública europea no constituiría ningún tipo de problema para los gobiernos.
Muchos lectores se preguntarán la razón de por qué el BCE no hace eso y evita que las familias y las empresas tengan que soportar la pesada carga fiscal que tienen que soportar para pagar intereses. Y la respuesta es obvia: al impedir legalmente que el Banco Central Europeo financie a los gobiernos, se obliga a que éstos tengan que recurrir a la banca privada en condiciones mucho más onerosas para el resto de la economía pero extraordinariamente rentables para las entidades financieras . Sobre todo, si se tiene en cuenta que el dinero que los bancos privados prestan a los gobiernos a los tipos de interés más altos posibles o lo crean de la nada o es el mismo que vienen recibiendo del Banco Central Europeo prácticamente a tipo de interés cero.
Otras personas que lean esto quizá piensen que si el Banco Central Europeo financiara sin interés a los gobiernos lo que iban a provocar es que los gobiernos se desmadrasen y aumentaran su financiación sin límite, provocando un endeudamiento innecesario y gravísimos problemas económicos, en concreto, grandes subidas de precios. Pero eso es algo que no tendría por qué producirse simplemente si el BCE establece criterios de crédito rígidos y racionales que garanticen que su uso es el adecuado y no el caprichoso que pudieran imponer los gobiernos si manejaran al banco central a su antojo, algo que ni ocurre ni tiene por qué ocurrir.
De hecho, lo que ha ocurrido a lo largo de la historia es que la deuda pública se ha disparado justamente cuando los bancos centrales han dejado de financiar a los gobiernos.
Como es sabido, el Banco Central Europeo ha inyectado en los últimos años casi 2,6 billones de euros para apoyar a los mercados financieros y para financiar a los gobiernos. Pero como lo ha hecho de una forma más bien indirecta y torticera (comprando los bonos de los gobiernos en los mercados en lugar de hacerlo directamente, por las claras y con menos coste) al final no ha logrado reducir la deuda pública europea. Es verdad que ha evitado problemas mayores, pero no ha conseguido una reactivación eficaz y eficiente de las economía ni un saneamiento efectivo de las finanzas gubernamentales. Y, sobe todo, se ha demostrado que si financia a los gobiernos (aunque sea de modo tan imperfecto) la economía se recupera antes y la deuda crece menos que si no lo hace.
Ahora que estamos en plena campaña de elecciones europeas es más necesario que nunca tener presente todo esto. Las ciudadanía debería saber que tira su voto si lo concede a partidos que no se planteen, al menos, denunciar esta tremenda irracionalidad que solo se lleva a cabo para beneficiar a la banca privada.
Es imprescindible reclamar que el Banco Central Europeo desempeñe otra función en Europa, que sea un instrumento para alcanzar no sólo estabilidad en los precios, que es muy importante, sino también pleno empleo y bienestar y un modelo de crecimiento económico que no esté basado en el incremento constante de la deuda (es decir, en el exclusivo beneficio de los bancos).
Es esencial que el BCE se convierta en el financiador de los gobiernos europeos precisamente ¡¡¡para reducir su deuda!!!!, para seguir que siga aumentando como una bomba de relojería, que es lo que viene ocurriendo cuando se obliga a que los gobiernos se financien en mercados controlados por los oferentes de crédito.
Es inaplazable que el BCE ponga en marcha un plan de reestructuración de la deuda pública en Europa para aliviar la carga fiscal que deben soportar los hogares y las empresas. Podría, por ejemplo, comprar la deuda pública que supere el 60% del PIB y transformarla en deuda perpetua, liberando así moles de millones de euros para poder invertir en la economía productiva.
Es fundamental que el BCE deje de actuar como impulsor de la creación de deuda. Debe ser el financiador del progreso y la garantía del desendeudamiento de los gobiernos europeos.
No se trata de pedir que la autoridad monetaria inyecte dinero sin criterio y que multiplique el crédito sin límite. ¡No! Es justo al revés. Se trata de todo lo contrario. Hay que acabar con lo que ocurre ahora, precisamente porque los bancos ganan dinero prestando y lo que hacen es corromper a las autoridades y fomentar políticas públicas que obliguen a recurrir al crédito en la mayor medida de lo posible sólo para expandir su negocio que es el aumento de la deuda. Y para ello lo que debe hacer el BCE es garantizar que la financiación, que es como la sangre imprescindible para la vida económica, fluya cuando sea preciso, en la cantidad necesaria y sin provocar más problemas que los que viene a resolver. La deuda es una esclavitud y lo que hay que reclamar es poner fin a un modelo económico basado en su crecimiento ilimitado (algo, además, que es materialmente imposible que ocurra y por eso las crisis son cada vez más recurrentes).
Hay que votar sin falta el próximo día 26 pero hay que hacerlo bien y votar a los partidos que lleven en su programa este tipo de cambios en el Banco Central Europeo porque, si no lo llevan, será materialmente imposible que se puedan realizar las propuestas de bienestar o de políticas alternativas que les ofrezcan.
NOTA FINAL:
Se podrían poner muchos ejemplos que prueban que la deuda pública se disparó precisamente cuando los bancos centrales dejaron de financiar a los gobiernos para abrir las puertas al gran negocio bancario. Pondré solamente los dos siguientes referidos a Canadá y Francia. En las dos gráficas se comprueba cómo se disparan la deuda total y la carga de los intereses justo a partir de 1974 y 1973, respectivamente, los años en que se estableció que el Banco de Canadá y el Banco de Francia dejaran ya de financiar a sus gobiernos (Fuente aquí y aquí).
Evolución de la deuda pública de Canadá:
Evolución de los intereses pagados por Francia por la financiación de su deuda pública:
* Juan Torres es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla
* Crónica agradece al autor poder compartir sus opniones con nuestros lectores
La izquierda española no ha sabido impulsar otro tipo de hacer política y
cuando lo ha intentado, como en el caso de Podemos, ha terminando
siendo la peor copia de los peores defectos de los partidos
tradicionales
Mucha gente se pregunta cómo es posible que una crisis que ha mostrado tan claramente las injusticias, las estafas, la corrupción y la inmoralidad del sistema económico en el que vivimos no haya traído respuestas y cambios en una dirección opuesta a la que arruina a millones de personas y empresas, destruye el medio ambiente y multiplica las amenazas sobre las democracias y la sociedad.
Si nos ceñimos al caso europeo, lo ocurrido en Grecia es quizá lo más paradigmático de la frustración y el desastre social con que finalmente ha terminado la crisis. Pero igual podría decirse de la situación en Francia o Italia y, por supuesto, de España, donde nos sigue gobernando uno de los partidos más corruptos de toda Europa. Curiosamente, el Portugal gobernado por el Partido Socialista con el apoyo de las demás izquierdas, cuando todo el mundo afirma que esta crisis ha marcado el fracaso final de la socialdemocracia, es el único caso de resistencia mínimamente eficaz frente a la Troika y las políticas austericidas.
Es verdad que todo lo que ha ocurrido no ha sido negativo y que se han dado pasos adelante que suponen un empoderamiento importante de sectores sociales que hasta ahora estaban como anestesiados. En España, el 15M introdujo variables en la agenda política que ya tienen que asumir (lógicamente, con mayor o menor fidelidad y convencimiento) todas las fuerzas políticas. También se ha roto (aunque es cierto que no definitivamente) lo peor del viejo encuadre político de la transición, el pacto PP-PSOE con la muleta de los nacionalismos de derechas. El PSOE se ha situado finalmente en posiciones más proclives a plantear políticas transformadoras y en el Parlamento, en las comunidades autónomas y en los ayuntamientos hay un nuevo aire que hará inevitable que comience a regenerarse la atmósfera, en tantos aspectos corrupta, de años atrás.
Pero es evidente que nada de eso ha sido suficiente para frenar las políticas que viene aplicando el PP y para articular una mayoría política que refleje y defienda los intereses de la gente que ha sufrido los peores efectos de la crisis.
Sin duda, hay muchos factores que pueden explicar esto que me parece que hay que calificar, sin ningún paliativo, como un auténtico fracaso histórico. Yo traté de analizarlos ya en 2010, cuando --conociendo a las izquierdas de este país-- anticipaba lo que me parecía que posiblemente iba a ocurrir y que ha sido exactamente lo que ha terminado ocurriendo: que la izquierda que se suponía que era quien podría dirigir un proceso de transformación y puesta en marcha de alternativas resultaría incapaz de hacerlo.
Predije que esto podía suceder en mi libro
La crisis de las hipotecas basura: ¿por qué se cayó todo y no se ha hundido nada? que puede leerse en pdf
aquí, pero no voy a reproducir ahora todos los argumentos que analicé entonces. Simplemente, quiero hacer algunos comentarios a partir del último párrafo de ese libro y que decía lo siguiente:
"(…) quizá si la izquierda y los movimientos alternativos en general comenzaran a trabajar para poner en marcha prácticas políticas de este otro signo, fraternales, de emociones y afectos, de reunión, de deliberación y debate para fomentar el conocimiento, la indignación, la rebeldía y el sabotaje pacífico en lugar de dedicarse simplemente a gestionar o a radicalizar sobre el papel sus programas, la salida a la crisis que vivimos y a las que vendrán serían diferentes y conseguiríamos hundir para siempre en los vertederos de la historia las prácticas sociales que crean tanta frustración y dolor innecesarios".
Lo ocurrido ha sido justamente lo contrario. La izquierda española no ha sabido impulsar otro tipo de hacer política y cuando lo ha intentado, como en el caso de Podemos, ha terminando siendo la peor copia de los peores defectos de los partidos tradicionales. Las izquierdas españolas han sido incapaces de entenderse entre ellas, volviendo a mostrar explícitamente a la sociedad que ser de izquierdas es ser enemigo de cualquiera que no sea exactamente igual a uno mismo y de quien no se sitúe obedientemente en el mismo bando que uno (o de una, porque las mujeres que se van incorporando al liderazgo político en las izquierdas terminan ejerciéndolo como si tuvieran tanta o más testosterona que los propios hombres). Las izquierdas no han sido ni inteligentes ni generosas para unirse y siguen sin darse cuenta de que esa unidad no es un capricho sino la precondición para mejorar la vida de la gente, pues solo con ella se puede disponer de la fuerza que requiere la transformación social en condiciones tan difíciles como las que vivimos en el mundo actual. Y, sobre todo, las izquierdas no han aprovechado la crisis para darse cuenta de que el cambio social y político que se necesita es de tal envergadura que requiere de un sujeto político y de un impulso ético tan poderosos que solo pueden venir de una mayoría social muy amplia y que necesariamente han de ir mucho más allá de las izquierdas.
El primer uso de la palabra crisis en la Grecia clásica fue para referirse al momento en el que quien decide puede conocer mejor la naturaleza y situación que presenta un problema. Y, en este sentido, la izquierda tampoco ha sido capaz de aprovechar la crisis para analizar conjuntamente la situación, para hacer pedagogía y para dotarse de análisis rigurosos sobre lo que pasa y sobre lo que se necesita.
La consecuencia de todo ello me parece evidente: la izquierda española no dispone de los ingredientes que son esenciales para poder presentarse a la sociedad como vector de transformación, como fuerza dirigente y capaz de canalizar, liderar y hacer efectivos y positivos los cambios sociales. Y sin ellos es una izquierda inútil, no creíble y tan incapaz e impotente como indeseable.
Es duro decirlo así, pero ¿adónde puede llegar y quién puede desear que gobierne una izquierda que no tiene clara, por ejemplo, la conformación básica del Estado en el que opera, que no sabe a ciencia cierta quiénes son sus aliados para conseguir los objetivos que en cada momento se propone, o que no trata ni cuida con afecto ni siquiera a los suyos? ¿Quién le arrendaría éxitos y quién puede confiar en que su gestión, con tales carencias, no terminaría en un caos o en el desastre, como en Grecia?
No exagero. Hace unos días leía lo siguiente en el periódico digital
cuartopoder:
"Iglesias, que dijo que "si fuera catalán, no iría a votar", firma un artículo junto a Domènech en el que consideran el 1-O como una movilización legítima.
Garzón y la dirección federal de IU no dan validez al 1-O, mientras que EUiA sí considera que hay que participar en el referéndum.
En Catalunya en Comú, la postura mayoritaria es la de Domènech, pero existen otras dos: una, que hay que implicarse más con el referéndum y, otra, que no hay que participar".
¿Alguien puede creer de verdad que la sociedad puede confiar en una izquierda con semejante galimatías en una cuestión tan esencial como es un referéndum en el que se plantea la independencia de un territorio del Estado?
Algo parecido puede decirse de la discusión que se mantiene, tanto en el seno de Podemos como del PSOE, sobre las alianzas entre ambos. ¿Cómo se puede esperar que la sociedad confíe mayoritariamente para gobernar en un partido que no tiene ni siquiera claro con quién va a ir de la mano y con quién no; quién es su amigo o su socio y quién su adversario?
Y lo que quizá sea peor ¿quién va a confiar para que dirija sus destinos en una izquierda que a los suyos los trata a puntapiés y a base de insultos y descalificaciones? La fraternidad, la empatía, el respeto a la diversidad... son los prerrequisitos de la credibilidad y del afecto de los que nace el apoyo y la complicidad también en la vida política (salvo que prime el engaño). Una izquierda arisca, agresiva y pendenciera y, digámoslo claro, por tanto totalitaria, puede que resulte muy atractiva para sus militantes más convencidos pero solo podrá cosechar recelo y aversión en la sociedad en su conjunto.
En el libro que cité más arriba señalaba que para hacer frente a una crisis como la que entonces se vivía es necesario disponer de alternativas y programas puestos con rigor sobre el papel pero que eso no era suficiente. Decía entonces, y creo que los hechos me han dado la razón, que además y, sobre todo, era necesario hacer frente al "fracaso de interlocución entre las izquierdas y la gente, para lo cual hay que llevar a cabo, en primer lugar, un gran proyecto de convergencia muy sincero y fraternal, con gran lucidez y, sobre todo, sin un ápice de sectarismo sino anteponiendo a cualquier otra cosa los elementos transversales que permitan hacer mallas y construir redes para religar y coordinar lo local y lo disperso y para traducir a una única lengua los diferentes voces y discursos de la transformación social".
Sin eso, para empezar, la izquierda es un canto de sirena, una opción inútil y a la postre frustrante, cuya acción política solo puede terminar (ahí está la historia) en fracaso o en la traición a sus ideales.
Juan Torres
* Creative Commons -
* Juan Torres es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla
* Crónica agradece al autor poder compartir sus opniones con nuestros lectores
Uno de los mitos más extendidos sobre la vida económica es el que afirma que la enorme deuda que se acumula en el mundo es consecuencia de que la gente nornal y corriente vive por encima de sus posibilidades y de que los partidos de centro-izquierda son muy pródigos cuando gobiernan, produciendo grandes déficit que la aumentan sin cesar.
Se trata, como tantas otras, de una falsedad que se desmiente fácilmente con el conocmiento elemental de los procesos económicos y con los datos. Pero que a base de repetirse miles de veces ha terminado por convertirse en un credo que la gente asume y que, gracias a ello, permite imponer las políticas económicas que benefician a otros.
Cuando se consigue que la gente crea que la deuda tan elevada se ha generado por su culpa, debido a su comportamiento irresponsable, se pueden ya imponer medidas correctivas "de austeridad" y recorte en los gastos sin que sus beneficiarios protesten, o al menos sin que lo hagan suficiente o convencidamente, pues están convencidos de que deben expiar su culpa.
La trampa es clara: unos (los acreedores) generan la deuda en su beneficio pero hacen creer a los deudores que estos últimos son los responsables de ella, y así pueden imponerles más fácilmente las condiciones que aseguren el pago, multiplicado por los intereses, de la deuda. Y la trampa es tan antigua que la palabra deuda significa también culpa en muchas lenguas. Para Nietzsche el propio concepto de culpa procede del "tener deuda": el deudor siempre es culpable.
Los datos, como he dicho, muestran claramente que son precisamente los gobiernos más a la derecha los que multiplican la deuda mientras que los de centro-izquierda suelen ser los que tienen que dedicarse a reducirla. Y la prueba más evidente de que son las políticas más liberales las que aumentan la deuda se tiene simplemente comprobando que su mayor incremento histórico se ha producido precisamente desde los años 80 del siglo pasado cuando comenzaron a imponerse generalizadamente.
El caso de Estados Unidos es paradigmático. El padre de la revolución conservadora que impulsó el neoliberalismo, Ronald Reagan, llegó a la presidencia diciendo que la deuda estaba fuera de control, cuando en realidad se encontraba en el nivel más bajo de los últimos 50 años. Pero lo que ocurrió fue que bajo su mandato y el siguiente de Bush padre la deuda se disparó como nunca antes, volvió a bajar con la presidencia demócrata de Clinton y nuevamente subió con Bush hijo. Y algo parecido se puede decir con la ingente deuda que los países más atrasados acumularon bajo gobiernos de derecha o extrema derecha a partir de los años 80. La banca internacional de la mano de la CIA impulsó golpes de Estado para imponer a dictadores civiles o militares cuya primera y principal tarea consistía en suscribir préstamos multimillonarios (muchos de los cuales ni siquiera llegaban a sus países). Las auditorías que se han realizado años después en algunos lugares han demostrado que ese endeudamiento fue un auténtico crimen contra sus pueblos, una deuda ilegítima y tramposa que las grandes potencias y los poderes financieros no tienen la vergüenza de reconocer como tal.
En España estamos viendo en estos últimos años que sucede algo parecido. Los ayuntamientos más endeudados son precisamente los del Partido Popular y cuando han llegado partidos o coaliciones de centro-izquierda se han de dedicar a reducirla con enorme esfuerzo.
Se ha dicho hasta la saciedad que el problema de deuda que ahora tiene la economía española se debe a que antes de la crisis la gente corriente vivía por encima de sus posibilidades pero los datos también contradicen esa idea. Según los del Banco de España, en 2008 a las familias le correspondía el 25% de la deuda total y el 35 % de la deuda no financiera (excluida la de los bancos, es decir, sólo la de las familias, la del sector público y la de las empresas no financieras). A las empresas no financieras, el 33% de la total y el 47 por ciento de la no financiera. Al sector público el 11,8 % de la total y el 16% de la no financiera y a las entidades financieras, el 30,3% de la total. Y, además, el 49,1% de las familias y el 83,5% del 20% con menos ingreso no estaban endeudadas. Y la mayoría de las familias (73,4%) con menos renta (40%) solo tenían en aquel año la deuda correspondiente a su vivienda habitual.
En contra de lo que se quiere hacer creer, las familias y las personas corrientes, o las pequeñas y medianas empresas, no son las adictas a la deuda, y endeudarse no es lo que buscan los partidos políticos más progresistas. Todo lo contrario, son ellos quienes sufren la deuda como lo que es, una esclavitud resultado de la desigualdad y de las políticas de creación artificial de escasez y de bajos ingresos.
La razón de por qué la deuda es tan elevada en todas las economías es otra, doble y bien clara. Por un lado, porque es el negocio de la banca y ésta tiene suficiente poder como para imponer un modelo generalizado de crecimiento económico impulsado por la deuda para garantizar y aumentar sus beneficios. Y, por otro, a causa de los intereses que la multiplican sin cesar.
Gracias a las normas que regulan el sistema bancario desde hace décadas, la banca tiene el privilegio de poder dar prestamos creando el dinero que presta desde la nada, es decir, sin tenerlo previamente. Y es obvio que un privilegio como este no lo desperdicia sino que lo utiliza a la máxima potencia.
Si el negocio de la banca es dar préstamos (si solo recibiera depósitos se arruinaría) y lo que busca es aumentar su beneficio, lo que tiene que hacer es crear deuda constantemente. Para ello, utiliza su poder, que es enorme precisamente por ese mismo privilegio, para imponer las políticas que restringen el ingreso y que obligan a endeudarse constantemente, o que implican modos de vida (viviendas en propiedad) que necesitan financiación externa, o para corromper a los políticos y obligarlos a realizar gastos cuantiosos, sean necesarios o no pero que deben financiarse con su crédito.
Quien es adicto a la deuda es la banca porque esa es la fuente de sus ganancias y de su impresionante poder, no solo financiero, sino también mediático, cultural y político.
La segunda razón que hace que la deuda se multiplique es el interés.
El dinero que un banco central o un banco comercial da en préstamo viene, como he dicho, de la nada. Por eso los bancos centrales pueden prestar al 0% a los bancos privados, como igual podría hacer un banco privado o comercial (otra cosa es que el interés se utilice como incentivo o desincentivo en la vida económica). Pero éstos últimos lo prestan al interés más alto que pueden y, además, con fórmulas de interés compuesto que multiplican la deuda en poco tiempo: una al 7% se duplica en 10 años, por ejemplo.
Los datos que muestran el peso de los intereses en la deuda total son abrumadores. De cada 100 euros de deuda pública acumulada en el conjunto de la UE-28 de 1995 hasta finales de 2015, más de la mitad (57,6 euros), corresponden a intereses, en la eurozona 60,5 euros y en España 61,4 en ese mismo periodo.
Cuando se nos dice que hay que salvar a los bancos lo que se quiere decir es que hay que crear las condiciones que les permitan seguir creando deuda. Y es precisamente por ello que en estos últimos años en que se han ido rescatando con inmensas cantidades de dinero público (que han obligado a endeudarse aún más a los Estados) lo que ha ocurrido es que la deuda ha vuelto a crecer espectacularmente. Lógico: un banco rescatado es el que de nuevo comienza a generar deuda.
Nos decían que había que imponer las políticas de recortes para que bajara la deuda pero lo que se buscaba era justo todo lo contrario: reducir la capacidad de generar ingreso propio para que los bancos volvieran a prestar y a crear deuda. Por eso en 2015 había en Europa cinco billones más de deuda pública que en 2007, y 2,4 billones más que en 2010. Y por eso la deuda total ha aumentado en 57 billones de dólares en todo el mundo desde 2007 a mediados de 2016, y la de los Estados ha pasado de 26 billones de dólares a 56,5 billones en ese mismo periodo.
La prueba del engaño es que la deuda haya subido de esa manera justamente en el periodo de aplicación de políticas de recortes sociales y rescate a la banca justificadas como las imprescindibles para disminuirla.
Juan Torres
* Creative Commons -
* Juan Torres es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla
* Crónica agradece al autor poder compartir sus opniones con nuestros lectores
Uno de los mitos económicos que con mayor éxito se han difundido siempre es el que vincula la mayor competencia con los intereses de las empresas y su defensa con la práctica de las derechas, mientras que a los trabajadores y a sus representantes, sindicatos o partidos de izquierdas, se les achaca el querer siempre vivir a expensas del Estado y de las rentas que generan los demás.
Parece mentira que después de tantos años de poder comprobar cómo funcionan en realidad las economías capitalistas se pueda decir algo así, pero lo cierto es que se dice a diario y con un extraordinario efecto de convicción.
Parece mentira porque lo cierto es que las grandes empresas no sólo no desean la competencia, que es el principal motor de los mercados eficientes, sino que son, por regla general, la primera causa de que desaparezca. No creo que se pudiera encontrar en todo el planeta una sola gran empresa que se precie y que no tenga un departamento orientado precisamente a combatir la competencia y, más concretamente, a tratar de influir de cualquier modo para que los gobiernos legislen de la manera que les sea más conveniente, concediéndole privilegios y más poder de mercado. Se podrían contar por miles las normas legales, desde las leyes más generales a las directrices más concretas, que han salido directamente de alguno de esos departamentos sin que en los parlamentos se haya podido modificar una coma en beneficio colectivo. Quien ha tenido alguna experiencia legislativa o de gestión lo sabe perfectamente.
La colusión y los acuerdos para acabar con la competencia son la regla precisamente porque ésta es el mayor enemigo de las empresas que solo buscan ganar cada vez más dinero, puesto que allí donde hay más competencia los precios son más bajos y no se disfruta de beneficios extraordinarios. Por eso, las absorciones, las fusiones, los cárteles, los holdings… las diferentes formas de concentración y centralización del capital han sido siempre el hilo conductor del capitalismo y no hay un sector económico consolidado en donde la lógica imperante no sea la de cada vez menos empresas dominando el mercado. Mercado sí, pero sin competencia y bien protegido por las normas que el Estado promulgue al dictado de la gran empresa o de la banca.
El gran Adam Smith se dio cuenta muy pronto de ello y lo expresó con palabras tan sabias como bellas: "Rara vez se verán juntarse los de la misma profesión u oficio, aunque sea con motivo de diversión o de otro accidente extraordinario, que no concluyan sus juntas y sus conversaciones en alguna combinación o concierto contra el beneficio común, conviniéndose en levantar los precios de sus artefactos o mercaderías".
La competencia suele ser el caldo de cultivo de las innovaciones, del progreso y del lucro, pero la paradoja es que su efecto benéfico desaparece en la misma medida en que el afán de lucro creciente se impone y la destruye. Las empresas y bancos que quieren ser cada día más grandes y aumentar sin descanso sus cifras de resultados saben que es verdad lo que se ponía en boca del Nobel de Economía John Nash en la película Una mente maravillosa: "la competencia siempre produce perdedores". Por eso no la desean y luchan diariamente por acabar con ella.
A pesar de ello, como decía, el relato dominante es que las empresas y las derechas que defienden sus intereses buscan generalizar la competencia en los mercados mientras que los trabajadores solo quieren vivir de los demás.
Muchos datos reflejan que tampoco esto último es cierto, ni lo es ahora ni lo ha sido a lo largo de la historia.
En mi libro
Economía para no dejarse engañar por los economistas menciono, por ejemplo, los resultados de diversas investigaciones realizadas por Anwar Shaikh y Ahmet Tonak que demuestran para Estados Unidos que quienes se "benefician" del Estado de Bienestar (que los liberales consideran como el mayor de los expolios) contribuyen a financiarlo a través de impuestos con cantidades mayores de las que suponen los beneficios que reciben. Y a conclusiones parecidas se ha llegado en otros países. Como en España, donde sabemos que las transferencias monetarias del Estado benefician en mayor medida a los grupos de mayor renta. Por no hablar de las ayudas estatales directas o indirectas de todo tipo que viene recibiendo los bancos y grandes oligopolios o, más sencillamente, las decisiones de gasto que toman los gobiernos sin otro sentido que proporcionarles negocio tras negocio. ¿Qué gran empresa, qué banco, qué gran fortuna existiría como tal en España sin la ayuda del Estado? Posiblemente sobrarían dedos de las manos para poder contarlas.
Afirmar que las clases trabajadoras son los grupos sociales parasitarios que viven de los demás no es solo un mito sin fundamento sino una contradicción en su propio término porque es materialmente imposible que se pueda crear cualquier tipo de riqueza sin el trabajo y lo cierto es que los propietarios del trabajo solo reciben una pequeña parte del valor total que generan con su colaboración de todo tipo en la producción.
Son las grandes empresas, los bancos y las grandes fortunas que se generan en su entorno quienes han asaltado los Estados y conquistado el poder que les permite vivir de rentas y no de la innovación y el riesgo, protegerse con normas y leyes que ellos mismos escriben y apropiarse de la riqueza de otros, limpiamente unas veces y corruptamente las más, como desgraciadamente estamos viendo día a día en nuestro país.
Dicho esto, no puede negarse, sin embargo, que si el mito se ha difundido hasta la saciedad es en cierta medida porque buena parte de las izquierdas y de la representación de las clases trabajadoras han tenido históricamente una evidente confusión sobre la realidad que hay detrás del capitalismo. Lo han vinculado equivocadamente con el mercado y no han sabido apreciar que, aunque parezca una paradoja, la competencia y la eficacia en la generación de riqueza son y deben ser perfectamente compatibles con la solidaridad, con el bienestar colectivo e incluso con la cooperación. Y han creído con demasiada frecuencia que los ingresos y la riqueza son una especie de don o que el progreso y lo revolucionario consiste en creer que todo es gratis.
Juan Torres
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* Juan Torres es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla
* Crónica agradece al autor poder compartir sus opniones con nuestros lectores