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Contra el 'nacionalismo de siglas' por Hugo Martinez Abarca

La noche del 25M fuimos sacudidos por un shock electoral no previsto. Por un lado se desmemoraba el régimen bipartidista del 78, que no alcanzaba el 50% del voto; inmediatamente anunció Rubalcaba que dejaba la dirección del PSOE y Juan Carlos de Borbón que dejaba el trono. Por el otro se producía una profunda reconfiguración de la composición de la alternativa popular con una importante subida de IU y la explosión política que ha supuesto Podemos. Ello hace que haya muchísima fuerza en la alternativa a ese mundo que se desmorona pero también que la urgencia con la que intentar culminar el cambio (en un año habremos tenido elecciones municipales y muchas autonómicas y estaremos preparando las generales) choque con la necesidad de digerir el terremoto y ordenar las ideas para que la respuesta sea inteligente..

Apenas hace dos meses desde las elecciones y en los ámbitos políticos rupturistas se han producido pasos rapidísimos. Uno ha perdido la cuenta de en cuántas ciudades han surgido iniciativas “Ganemos” (Guanyem Barcelona, Madrid, L´Hospitalet, Granada, Córdoba, Valladolid, Málaga, Zaragoza…). Izquierda Unida ha dado pasos importantísimos hacia la puesta al día política adoptando mecanismos de primarias abiertas, previendo sistemas revocatorios de sus cargos públicos y escenificando los nuevos tiempos con el protagonismo de Alberto Garzón cuya edad es sólo una anécdota frente a las numerosas cualidades muy importantes que lo sitúan como un referente de la ruptura política que viene ya. Por su lado Podemos también se ha centrado en paliar su principal carencia de cara al ciclo político abierto el 25M, la ausencia de la organización imprescindible, mediante la preparación de su Asamblea de otoño.

Ello sucede sin más capacidad de respuesta por parte del poder que una demonización organizada de todo lo que agite los cimientos de la Transición (y que por tanto es etarra, bolivariano, castrista, populista, norcoreano, estalinista, ayatolá y goebbelsiano). Tiende uno a pensar que el PP da por perdido el marco de estabilidad bipartidista y apuesta por un sistema de partidos a la vasca. Para ello sería extremadamente útil demonizar a Podemos, aún conscientes de que ello le da más fuerza, planteándose una reconfiguración con un gran partido-Estado (al estilo del PNV en Euskadi) que contenga a una fuerza alternativa señalada como peligrosa. Ello junto con la amenaza de hacerse una ley electoral aún más a la medida para evitar que los ciudadanos puedan quitarle al PP decenas de ayuntamientos cruciales muestra que la única respuesta del régimen es defensiva y sucia. No se ofrece más inteligencia que el cerrojazo: catenaccio político para intentar ganar 1-0 de penalti injusto.
Todos estos movimientos anuncian un apasionante ciclo político, especialmente si tenemos en cuenta lo corta que va a ser la partida. En menos de año y medio como mucho habremos finiquitado el ciclo: si no se consigue el cambio en estos meses, es improbable que haya partido de vuelta para remontar ese injusto 1-0.

Lógicamente entre tanta convulsión surge cierto vértigo. En la noche electoral, Pablo Iglesias anunciaba: “a partir de mañana trabajaremos en la confluencia política con otros partidos”; Izquierda Unida redoblaba la apuesta por la confluencia situando ésta como un eje de las nuevas responsabilidades de Alberto Garzón (“quiero la revolución y me dan igual las siglas“) y encargando esta responsabilidad concreta a la joven activista Lara Hernández. La voluntad de confluencia ha quedado clara al incorporarse Podemos al GUE (Grupo de la Izquierda Europea en el Parlamento de Estrasburgo) y comenzar a trabajar IU y Podemos mano a mano como compañeros frente al pacto bipartidista por el saqueo. La articulación de un polo democrático que dispute el poder no consiste meramente en sumar a IU y Podemos, pero sin esa suma es difícil pensar que pueda haber un gran “Ganemos todo” que incluya a más organizaciones sociales y políticas, activistas no organizados, etc.

El trabajo en común en un mismo grupo parlamentario europeo debería hacer natural el paso al encuentro fuera de las instituciones. Si nos reconocemos como compañeros miembros de un mismo espacio político, ¿qué podría impedir que nos encontráramos también antes de procesos electorales? Hay al menos dos importantes razones para ese encuentro. Una de índole meramente contable: la ley electoral y las reformas-pucherazo que el PP está aprobando histéricamente castigan fuertemente la división de fuerzas que comparten objetivos políticos (algo que no ocurría en las elecciones europeas). Pero la más importante es el entusiasmo social que sería capaz de generar un nuevo paso de las fuerzas rupturistas que generase más participación y un imaginario constituyente más cercano.
No parece haber ningún argumento político para dificultar tal encuentro. Lleva años sin haberlo y por ello quienes han querido oponerse se han escondido tras requisitos maximalistas. Hoy además de haber razones para el encuentro hay “condiciones subjetivas”. Pero tras tanto movimiento emerge una suerte de “nacionalismo de siglas” que siente amenazadas identidades organizativas como si las organizaciones no fueran instrumentos materiales al servicio del pueblo trabajador, como si fueran fines en sí mismos, como si fueran iglesias. Es humanamente comprensible e incluso razonable si suponemos cierta sordera (o sordera inversa: haber escuchado lo que nadie ha dicho: que el encuentro suponga la disolución de quienes se encuentran).

Uno puede entender que haya quien en Podemos sienta que el viento sopla a su favor, que no tienen techo en las encuestas y que no necesitan dar ese salto ni compartir con nadie más espacio que el que no se pueda conquistar a solas (como el grupo parlamentario en Europa, por ejemplo). Uno puede entender que haya quien en IU se sienta herido al enterarse de repente de que ha tenido un hermanito, que tiene que compartir el amor con sus padres y que para más inri en las fotos parece que el nuevo hermanito sea el hermanito mayor. Uno puede entender todo esto y más.

Pero somos materialistas y toca enfrentarse al mundo realmente existente hoy. Hoy estamos ante la primera posibilidad desde la II República de lograr avances sustantivos para nuestro pueblo y para nuestras organizaciones. Ello no supone desdibujar nuestras identidades políticas sino todo lo contrario: reforzarlas mucho más de lo que nunca hubiéramos pensado. ¿Se desdibujaron el PSOE y el PCE en el Frente Popular o más bien su audacia les devolvió una fuerza muy superior a la que tenían? ¿Sería hoy el PCE más fuerte si no hubiera tenido la inteligencia de lanzar Izquierda Unida? Frente a los alaridos conservadores (“¡Que vienen los liquidacionistas!”) el camino que tenemos por delante pasa por acumular fuerzas rápidamente para un ciclo muy breve pero de gran trascendencia histórica. Es más: la mejor manera de que desaparezcan organizaciones que hoy puedan parecer indestructibles es que éstas no aparezcan como útiles para la transformación del país sino como un instrumento de sí mismo. Es lo que puede pasarle al PSOE y allá aquel que quiera acompañarle. No parece que haya muchos miles de personas que vayan a apoyar a quien se muestre más preocupado de su identidad organizativa que de los intereses de un pueblo que ve que hay una fiesta y no va a consentir que sus padres le prohíban participar en ella. El nacionalismo de siglas, incluido el de las que hoy parecen al alza, sería el más seguro camino a liquidación.

En las municipales, autonómicas y generales de 2015 podemos ganarlo todo; pero lo que no ganemos en ese ciclo probablemente no lo ganemos en muchísimo tiempo. Esas tres elecciones son fundamentales. Hace falta sumar ilusión, organización y participación: sin esos tres elementos es imposible afrontar un año con hitos como las elecciones municipales. Y si las elecciones municipales no pegan un puñetazo sobre la mesa aún mayor que las europeas, que nadie sueñe con que en las generales ganaremos. Ni juntos ni separados: no caben pausas en este año: el 25M evidenció que el conservadurismo no tiene recorrido y que la audacia rupturista no tiene techo. Ganémoslo todo y si no ganamos que no sea por no haber apostado decididamente por hacerlo. Si no apostamos, entonces sí: lo perderemos todo.

¿Alguien conoce en la Historia algún caso de proceso transformador (alguna forma de revolución) exitoso que fuera protagonizado por las mismas siglas en su inicio, su consecución y su desarrollo? Porque queremos que haya proceso transformador. Y queremos ser sus protagonistas. ¿Verdad?
 
(*) Hugo Martínez Abarca es miembro del Consejo Político Federal de IU y autor del blog Quien mucho abarca.
* Crónica agradece al autor poder compartir su opinión con nuestros lectores
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Àgora CT. Associació Cultural sense ànim de lucre per a promoure idees progressistes

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