Desde
que comenzaron a aplicarse las políticas neoliberales, en los años 70 y
80 del siglo pasado, los sindicatos se convirtieron en su principal
bestia negra. El objetivo de tales políticas era recuperar el beneficio
del capital y cualquier institución que reforzara el poder negociador de
los trabajadores, como las organizaciones sindicales, constituía un
obstáculo para su puesta en marcha que convenía desactivar o incluso
eliminar si resultaba posible.
Primero fueron los dictadores liberales, sobre todo en América
Latina, quienes los combatieron duramente. Asesinaron a miles de
sindicalistas, muchas veces con extraordinaria crueldad y con el apoyo,
no siempre disimulado, de los economistas neoliberales, de empresas
multinacionales y de los gobiernos de las grandes potencias. Solo en
Colombia se han asesinado a más de 3.000 en los últimos treinta años y
las declaraciones del asesino general Videla dejaron bien claro por qué y
cómo había que perseguir a los sindicatos: “Nuestro objetivo (el 24 de
marzo de 1976)…con relación a la economía, ir a una economía de mercado,
liberal. Queríamos también disciplinar al sindicalismo (…) los
empresarios se lavaron las manos. Nos dijeron: ‘Hagan lo que tengan que
hacer’ (…) Cuántas veces me dijeron ‘se quedaron cortos, tendrían que
haber matado a mil, a diez mil más!'”. Aunque, eso sí, Videla tenía la
conciencia tranquila porque, según dijo, “Dios sabe lo que hace, por qué
lo hace y para qué lo hace. Yo acepto la voluntad de Dios. Creo que
Dios nunca me soltó la mano” (Argentina: exrepresor Videla admite que dictadura mató a más de 7.000 personas).
Más tarde, Margaret Thatcher y Ronald
Reagan comenzaron sus etapas de gobierno con medidas expresamente
dedicadas a reducir el poder sindical y a desincentivar por todos los
medios posibles la afiliación de las clases trabajadoras. La primera
calificaba a los sindicatos como “el enemigo interno” y de los más de
240 comités de coordinación entre los sindicatos y el gobierno que había
en 1979, cuando comenzó a gobernar, solo quedaba en activo uno solo en
1990, cuando acabó su etapa. La mano de Reagan, por su parte, no fue
menos dura que la de Thatcher: su cruzada comenzó el 5 de agosto de
1981, cuando declaró ilegal al sindicato de controladores del tráfico
aéreo (PATCO) y despidió a todos sus afiliados por hacer huelga y no
incorporarse al trabajo cuando él lo ordenó.
Pero la mano dura no bastaba para acabar con los sindicatos que
siempre habían tenido un gran apoyo social y no solo de las clases
trabajadoras. Para ganarles la batalla, una de las estrategias
fundamentales fue fomentar la elaboración y difusión de investigaciones
económicas y artículos académicos destinados a demostrar que la
presencia de sindicatos es un factor dañino para la economía y que, por
tanto, convenía reducir su presencia al mínimo posible.
Desde entonces, la literatura económica orientada a demostrar esta
tesis es abundantísima y los economistas que la defienden reciben
premios, se hacen famosos en los medios y se presentan como los
portadores de un saber económico superior basado en rigurosas verdades
científicas.
En sus análisis se concluye que los sindicatos actúan como una
especie de cártel o monopolio que impone salarios superiores a los de
equilibrio en el mercado laboral y para los cuales la demanda de trabajo
que hacen las empresas es menor que la oferta de los trabajadores. Los
sindicatos serían, por tanto, la causa de que haya desempleo. Un
desempleo que los economistas liberales califican como “voluntario”,
precisamente por esa razón, porque en su opinión es aceptado
voluntariamente por los trabajadores a cambio de disfrutar de salarios
más elevados.
Pero esa no sería la única consecuencia negativa de la actividad de
los sindicatos. Los economistas neoliberales han multiplicado los
estudios dedicados a mostrar que también tienen otros efectos sobre la
actividad económica igual de perniciosos o peores. Así, se afirma que
los sindicatos pueden ser beneficiosos para sus afiliados pero
perjudiciales para el conjunto de la sociedad, que disminuyen el
crecimiento económico y la inversión, que frenan la productividad, que
dañan a los empresarios, que perjudican a los buenos trabajadores, que
provocan subidas de impuestos, que retardan la recuperación tras las
crisis, o que alcanzan una influencia política excesiva y muy negativa,
entre otras cosas.
Pero ¿qué hay de verdad en esas críticas? ¿Es cierto que la actividad
de los sindicatos es para las economías una especie de cáncer que
conviene extirpar? ¿Realmente destruyen puestos de trabajo, disminuyen
la productividad, frenan la innovación, impiden que las empresas creen
riqueza y que la economía satisfaga convenientemente las necesidades
humanas? ¿Son razones de ciencia económica las que justifican que se
limite su poder y actividad?
Para responder a estas preguntas basta con echar una ojeada a las
bibliotecas aunque, eso sí, tratando de buscar la verdad y no solo los
estudios que confirmen lo que, en un sentido u otro, hayamos establecido
de antemano, tal y como suele ocurrir.
Si hacemos eso (o si sencillamente realizamos un rápida búsqueda de
trabajos científicos en la red), enseguida veremos que en el caso de los
efectos de la actividad sindical sobre la economía ocurre exactamente
igual que en otros campos que vengo comentando en esta serie de
artículos y en mi libro Economía para no dejarse engañar por los economistas.
A las conclusiones de los economistas neoliberales (en
este caso, sobre los efectos económicos muy negativos de la actividad
sindical) solo se llega cuando se parte de determinadas hipótesis y se
analizan una variables concretas, porque se puede concluir de modo
completamente distinto si se establecen otros puntos de partida
diferentes, si se consideran otras partes del problema o si las
variables se contemplan desde perspectivas de análisis alternativas.
Este no es un artículo académico así que no voy a cansar a
quienes lo lean con las citas de los muchos autores y datos que
muestran conclusiones diferentes a las que defienden los economistas
liberales sobre los sindicatos .
Como mi propósito es simplemente llamar la atención y
mostrar de la manera más clara e intuitiva posible el engaño que supone
afirmar que la actividad sindical es nociva para la economía, me
limitaré a mencionar dos pruebas que provienen de organismos que no son
precisamente sospechosos de simpatía hacia los sindicatos:
– El Banco Mundial concluyó en un estudio de 2002 que
los sindicatos no dañan al crecimiento y que hay una correlación muy
débil, y puede ser que incluso ninguna, entre la sindicalización y los
indicadores de rendimiento económico como la tasa de paro, la inflación,
la tasa de empleo o la flexibilidad de los salarios reales (Unions and Collective Bargaining : Economic Effects in a Global Environment).
– La OCDE afirmaba en un estudio de 2006 que la mayor tasa de
sindicalización no tiene efecto negativo sobre el empleo, que su aumento
tampoco lo tiene sobre la creación de puestos de trabajo y que el poder
de negociación colectiva de los sindicatos influye más sobre la
distribución del ingreso que sobre la demanda de trabajo que hacen las
empresas (OECD Employment Outlook 2006)
Pero no solo hay estudios que demuestran que el efecto de
los sindicatos no es negativo para la economía. Otros muchos demuestran
que su influencia es positiva:
– Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo de
2002 mostró que la presencia de sindicatos aumenta los salarios, el
empleo y la inversión porque incentiva la sustitución de empleo por
capital (The Economic Effects of Unions in Latin America: Their Impact on Wages and the Economic Performance of Firms in Uruguay).
– Chris Doucouliagos y Patrice Laroche han analizado
todos los estudios efectuados desde los años 70 del siglo pasado sobre
la influencia de los sindicatos en la productividad y de todos ellos
concluyen que (aunque haya casos aislados en sentido contrario) esta
última es más elevada por lo general cuando las empresas tienen
implantación sindical (What do unions do to productivity ? A meta–analysis).
– Un estudio que cubre todo un siglo de la economía de
Estados Unidos realizado hace muy poco por Jordan Brennan y que comento
en Economía para no dejarse engañar por los economistas no
deja lugar a dudas porque los datos son indiscutibles: las etapas de
más alta afiliación sindical son las que están asociadas con más
actividad económica, más nivel de empleo, salarios más elevados y más
inversión productiva de las empresas. Por el contrario, en las etapas de
menos presencia o fuerza sindical hay menos empleo, salarios más bajos,
menos inversión empresarial productiva, más dedicada a fusiones y
absorciones empresariales, y tasa más baja de crecimiento económico (Rising corporate concentration, declining trade union power, and the growing income gap).
– Otros muchos estudios también demuestran que más
presencia de los sindicatos o su mayor poder de negociación está
asociado a menor desigualdad salarial y general, a más beneficios
sociales, a pensiones más elevadas, a mejor clima de diálogo social y en
las empresas, y que cuanta mayor sea la afiliación más cooperativas y
eficientes son las relaciones laborales (Oui, les syndicats sont utiles!).
¿Quiere decir todo esto que la actividad de los
sindicatos es siempre positiva y desde todos los puntos de vista para la
economía, para las empresas o incluso para las propias clases
trabajadoras? Por supuesto que no. Como cualquier acción humana, la que
llevan a cabo las organizaciones sindicales no está exenta de defectos y
de posibles efectos perversos o negativos sobre su entorno. Sobre todo,
cuando los sindicatos, como ha ocurrido mucho en los últimos años, se
burocratizan, se hacen dependientes de la financiación gubernamental o
empresarial y cuando se alejan de los intereses de la sociedad en
general.
Ahora bien, lo que a mi juicio demuestra lo que acabo de
señalar es que no se puede afirmar, como hacen los economistas y
políticos neoliberales, que los sindicatos sean por definición un
elemento negativo y de efectos perniciosos sobre la economía. La
realidad evidencia que no solamente no lo son siempre sino que, además,
pueden tener una influencia muy positiva sobre las empresas y sobre el
conjunto de la actividad económica.
Los sindicatos son, nada más pero nada menos, un
instrumento de defensa de las clases trabajadoras. Un instrumento
imprescindible porque estas interactúan con la patronal en condiciones
de franca inferioridad y debilidad pero que, como cualquier otro, puede
ser utilizado bien o mal. Los sindicatos suponen protección, apoyo
mutuo, poder colectivo y, por lo tanto, mayor posibilidad de intervenir
en las relaciones económicas en condiciones de simetría con la patronal,
única forma de conquistar y disfrutar derechos que sería imposible
alcanzar y ejercer negociando las condiciones de trabajo
individualmente. Es por eso, porque la otra parte busca igualmente
mejorar su condición, por lo que se quiere acabar con los sindicatos y
por lo que se hacen reformas laborales (como la última española) cuya
casi única finalidad es limitar la capacidad de actuación de las
organizaciones sindicales. Y es por eso que el efecto que estas medidas
han tenido en los últimos años no ha sido otro que aumentar el beneficio
empresarial a costa de los salarios y de los derechos laborales,
disminuyendo el empleo y el nivel general de actividad económica.
Las razones que llevan a combatir a los sindicatos no son
científicas, como nos quieren hacer creer los economistas neoliberales.
La actividad sindical no es mala en sí misma para la economía. Si se
limita y combate es para defender y proteger los intereses de una parte,
ya de por sí en condiciones de superioridad, en perjuicio de otra y a
costa de perjudicar a la economía y a las propias empresas en su
conjunto.
Desde
que comenzaron a aplicarse las políticas neoliberales, en los años 70 y
80 del siglo pasado, los sindicatos se convirtieron en su principal
bestia negra. El objetivo de tales políticas era recuperar el beneficio
del capital y cualquier institución que reforzara el poder negociador de
los trabajadores, como las organizaciones sindicales, constituía un
obstáculo para su puesta en marcha que convenía desactivar o incluso
eliminar si resultaba posible.
Primero fueron los dictadores liberales, sobre todo en América Latina, quienes los combatieron duramente. Asesinaron a miles de sindicalistas, muchas veces con extraordinaria crueldad y con el apoyo, no siempre disimulado, de los economistas neoliberales, de empresas multinacionales y de los gobiernos de las grandes potencias. Solo en Colombia se han asesinado a más de 3.000 en los últimos treinta años y las declaraciones del asesino general Videla dejaron bien claro por qué y cómo había que perseguir a los sindicatos: “Nuestro objetivo (el 24 de marzo de 1976)…con relación a la economía, ir a una economía de mercado, liberal. Queríamos también disciplinar al sindicalismo (…) los empresarios se lavaron las manos. Nos dijeron: ‘Hagan lo que tengan que hacer’ (…) Cuántas veces me dijeron ‘se quedaron cortos, tendrían que haber matado a mil, a diez mil más!'”. Aunque, eso sí, Videla tenía la conciencia tranquila porque, según dijo, “Dios sabe lo que hace, por qué lo hace y para qué lo hace. Yo acepto la voluntad de Dios. Creo que Dios nunca me soltó la mano” (Argentina: exrepresor Videla admite que dictadura mató a más de 7.000 personas).
Más tarde, Margaret Thatcher y Ronald Reagan comenzaron sus etapas de gobierno con medidas expresamente dedicadas a reducir el poder sindical y a desincentivar por todos los medios posibles la afiliación de las clases trabajadoras. La primera calificaba a los sindicatos como “el enemigo interno” y de los más de 240 comités de coordinación entre los sindicatos y el gobierno que había en 1979, cuando comenzó a gobernar, solo quedaba en activo uno solo en 1990, cuando acabó su etapa. La mano de Reagan, por su parte, no fue menos dura que la de Thatcher: su cruzada comenzó el 5 de agosto de 1981, cuando declaró ilegal al sindicato de controladores del tráfico aéreo (PATCO) y despidió a todos sus afiliados por hacer huelga y no incorporarse al trabajo cuando él lo ordenó.
Pero la mano dura no bastaba para acabar con los sindicatos que siempre habían tenido un gran apoyo social y no solo de las clases trabajadoras. Para ganarles la batalla, una de las estrategias fundamentales fue fomentar la elaboración y difusión de investigaciones económicas y artículos académicos destinados a demostrar que la presencia de sindicatos es un factor dañino para la economía y que, por tanto, convenía reducir su presencia al mínimo posible.
Desde entonces, la literatura económica orientada a demostrar esta tesis es abundantísima y los economistas que la defienden reciben premios, se hacen famosos en los medios y se presentan como los portadores de un saber económico superior basado en rigurosas verdades científicas.
En sus análisis se concluye que los sindicatos actúan como una especie de cártel o monopolio que impone salarios superiores a los de equilibrio en el mercado laboral y para los cuales la demanda de trabajo que hacen las empresas es menor que la oferta de los trabajadores. Los sindicatos serían, por tanto, la causa de que haya desempleo. Un desempleo que los economistas liberales califican como “voluntario”, precisamente por esa razón, porque en su opinión es aceptado voluntariamente por los trabajadores a cambio de disfrutar de salarios más elevados.
Pero esa no sería la única consecuencia negativa de la actividad de los sindicatos. Los economistas neoliberales han multiplicado los estudios dedicados a mostrar que también tienen otros efectos sobre la actividad económica igual de perniciosos o peores. Así, se afirma que los sindicatos pueden ser beneficiosos para sus afiliados pero perjudiciales para el conjunto de la sociedad, que disminuyen el crecimiento económico y la inversión, que frenan la productividad, que dañan a los empresarios, que perjudican a los buenos trabajadores, que provocan subidas de impuestos, que retardan la recuperación tras las crisis, o que alcanzan una influencia política excesiva y muy negativa, entre otras cosas.
Pero ¿qué hay de verdad en esas críticas? ¿Es cierto que la actividad de los sindicatos es para las economías una especie de cáncer que conviene extirpar? ¿Realmente destruyen puestos de trabajo, disminuyen la productividad, frenan la innovación, impiden que las empresas creen riqueza y que la economía satisfaga convenientemente las necesidades humanas? ¿Son razones de ciencia económica las que justifican que se limite su poder y actividad?
Para responder a estas preguntas basta con echar una ojeada a las bibliotecas aunque, eso sí, tratando de buscar la verdad y no solo los estudios que confirmen lo que, en un sentido u otro, hayamos establecido de antemano, tal y como suele ocurrir.
Si hacemos eso (o si sencillamente realizamos un rápida búsqueda de trabajos científicos en la red), enseguida veremos que en el caso de los efectos de la actividad sindical sobre la economía ocurre exactamente igual que en otros campos que vengo comentando en esta serie de artículos y en mi libro Economía para no dejarse engañar por los economistas.
Primero fueron los dictadores liberales, sobre todo en América Latina, quienes los combatieron duramente. Asesinaron a miles de sindicalistas, muchas veces con extraordinaria crueldad y con el apoyo, no siempre disimulado, de los economistas neoliberales, de empresas multinacionales y de los gobiernos de las grandes potencias. Solo en Colombia se han asesinado a más de 3.000 en los últimos treinta años y las declaraciones del asesino general Videla dejaron bien claro por qué y cómo había que perseguir a los sindicatos: “Nuestro objetivo (el 24 de marzo de 1976)…con relación a la economía, ir a una economía de mercado, liberal. Queríamos también disciplinar al sindicalismo (…) los empresarios se lavaron las manos. Nos dijeron: ‘Hagan lo que tengan que hacer’ (…) Cuántas veces me dijeron ‘se quedaron cortos, tendrían que haber matado a mil, a diez mil más!'”. Aunque, eso sí, Videla tenía la conciencia tranquila porque, según dijo, “Dios sabe lo que hace, por qué lo hace y para qué lo hace. Yo acepto la voluntad de Dios. Creo que Dios nunca me soltó la mano” (Argentina: exrepresor Videla admite que dictadura mató a más de 7.000 personas).
Más tarde, Margaret Thatcher y Ronald Reagan comenzaron sus etapas de gobierno con medidas expresamente dedicadas a reducir el poder sindical y a desincentivar por todos los medios posibles la afiliación de las clases trabajadoras. La primera calificaba a los sindicatos como “el enemigo interno” y de los más de 240 comités de coordinación entre los sindicatos y el gobierno que había en 1979, cuando comenzó a gobernar, solo quedaba en activo uno solo en 1990, cuando acabó su etapa. La mano de Reagan, por su parte, no fue menos dura que la de Thatcher: su cruzada comenzó el 5 de agosto de 1981, cuando declaró ilegal al sindicato de controladores del tráfico aéreo (PATCO) y despidió a todos sus afiliados por hacer huelga y no incorporarse al trabajo cuando él lo ordenó.
Pero la mano dura no bastaba para acabar con los sindicatos que siempre habían tenido un gran apoyo social y no solo de las clases trabajadoras. Para ganarles la batalla, una de las estrategias fundamentales fue fomentar la elaboración y difusión de investigaciones económicas y artículos académicos destinados a demostrar que la presencia de sindicatos es un factor dañino para la economía y que, por tanto, convenía reducir su presencia al mínimo posible.
Desde entonces, la literatura económica orientada a demostrar esta tesis es abundantísima y los economistas que la defienden reciben premios, se hacen famosos en los medios y se presentan como los portadores de un saber económico superior basado en rigurosas verdades científicas.
En sus análisis se concluye que los sindicatos actúan como una especie de cártel o monopolio que impone salarios superiores a los de equilibrio en el mercado laboral y para los cuales la demanda de trabajo que hacen las empresas es menor que la oferta de los trabajadores. Los sindicatos serían, por tanto, la causa de que haya desempleo. Un desempleo que los economistas liberales califican como “voluntario”, precisamente por esa razón, porque en su opinión es aceptado voluntariamente por los trabajadores a cambio de disfrutar de salarios más elevados.
Pero esa no sería la única consecuencia negativa de la actividad de los sindicatos. Los economistas neoliberales han multiplicado los estudios dedicados a mostrar que también tienen otros efectos sobre la actividad económica igual de perniciosos o peores. Así, se afirma que los sindicatos pueden ser beneficiosos para sus afiliados pero perjudiciales para el conjunto de la sociedad, que disminuyen el crecimiento económico y la inversión, que frenan la productividad, que dañan a los empresarios, que perjudican a los buenos trabajadores, que provocan subidas de impuestos, que retardan la recuperación tras las crisis, o que alcanzan una influencia política excesiva y muy negativa, entre otras cosas.
Pero ¿qué hay de verdad en esas críticas? ¿Es cierto que la actividad de los sindicatos es para las economías una especie de cáncer que conviene extirpar? ¿Realmente destruyen puestos de trabajo, disminuyen la productividad, frenan la innovación, impiden que las empresas creen riqueza y que la economía satisfaga convenientemente las necesidades humanas? ¿Son razones de ciencia económica las que justifican que se limite su poder y actividad?
Para responder a estas preguntas basta con echar una ojeada a las bibliotecas aunque, eso sí, tratando de buscar la verdad y no solo los estudios que confirmen lo que, en un sentido u otro, hayamos establecido de antemano, tal y como suele ocurrir.
Si hacemos eso (o si sencillamente realizamos un rápida búsqueda de trabajos científicos en la red), enseguida veremos que en el caso de los efectos de la actividad sindical sobre la economía ocurre exactamente igual que en otros campos que vengo comentando en esta serie de artículos y en mi libro Economía para no dejarse engañar por los economistas.
A las conclusiones de los economistas neoliberales (en
este caso, sobre los efectos económicos muy negativos de la actividad
sindical) solo se llega cuando se parte de determinadas hipótesis y se
analizan una variables concretas, porque se puede concluir de modo
completamente distinto si se establecen otros puntos de partida
diferentes, si se consideran otras partes del problema o si las
variables se contemplan desde perspectivas de análisis alternativas.
Este no es un artículo académico así que no voy a cansar a
quienes lo lean con las citas de los muchos autores y datos que
muestran conclusiones diferentes a las que defienden los economistas
liberales sobre los sindicatos .
Como mi propósito es simplemente llamar la atención y
mostrar de la manera más clara e intuitiva posible el engaño que supone
afirmar que la actividad sindical es nociva para la economía, me
limitaré a mencionar dos pruebas que provienen de organismos que no son
precisamente sospechosos de simpatía hacia los sindicatos:
– El Banco Mundial concluyó en un estudio de 2002 que
los sindicatos no dañan al crecimiento y que hay una correlación muy
débil, y puede ser que incluso ninguna, entre la sindicalización y los
indicadores de rendimiento económico como la tasa de paro, la inflación,
la tasa de empleo o la flexibilidad de los salarios reales (Unions and Collective Bargaining : Economic Effects in a Global Environment).
– La OCDE afirmaba en un estudio de 2006 que la mayor tasa de
sindicalización no tiene efecto negativo sobre el empleo, que su aumento
tampoco lo tiene sobre la creación de puestos de trabajo y que el poder
de negociación colectiva de los sindicatos influye más sobre la
distribución del ingreso que sobre la demanda de trabajo que hacen las
empresas (OECD Employment Outlook 2006)
Pero no solo hay estudios que demuestran que el efecto de
los sindicatos no es negativo para la economía. Otros muchos demuestran
que su influencia es positiva:
– Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo de
2002 mostró que la presencia de sindicatos aumenta los salarios, el
empleo y la inversión porque incentiva la sustitución de empleo por
capital (The Economic Effects of Unions in Latin America: Their Impact on Wages and the Economic Performance of Firms in Uruguay).
– Chris Doucouliagos y Patrice Laroche han analizado
todos los estudios efectuados desde los años 70 del siglo pasado sobre
la influencia de los sindicatos en la productividad y de todos ellos
concluyen que (aunque haya casos aislados en sentido contrario) esta
última es más elevada por lo general cuando las empresas tienen
implantación sindical (What do unions do to productivity ? A meta–analysis).
– Un estudio que cubre todo un siglo de la economía de
Estados Unidos realizado hace muy poco por Jordan Brennan y que comento
en Economía para no dejarse engañar por los economistas no
deja lugar a dudas porque los datos son indiscutibles: las etapas de
más alta afiliación sindical son las que están asociadas con más
actividad económica, más nivel de empleo, salarios más elevados y más
inversión productiva de las empresas. Por el contrario, en las etapas de
menos presencia o fuerza sindical hay menos empleo, salarios más bajos,
menos inversión empresarial productiva, más dedicada a fusiones y
absorciones empresariales, y tasa más baja de crecimiento económico (Rising corporate concentration, declining trade union power, and the growing income gap).
– Otros muchos estudios también demuestran que más
presencia de los sindicatos o su mayor poder de negociación está
asociado a menor desigualdad salarial y general, a más beneficios
sociales, a pensiones más elevadas, a mejor clima de diálogo social y en
las empresas, y que cuanta mayor sea la afiliación más cooperativas y
eficientes son las relaciones laborales (Oui, les syndicats sont utiles!).
¿Quiere decir todo esto que la actividad de los
sindicatos es siempre positiva y desde todos los puntos de vista para la
economía, para las empresas o incluso para las propias clases
trabajadoras? Por supuesto que no. Como cualquier acción humana, la que
llevan a cabo las organizaciones sindicales no está exenta de defectos y
de posibles efectos perversos o negativos sobre su entorno. Sobre todo,
cuando los sindicatos, como ha ocurrido mucho en los últimos años, se
burocratizan, se hacen dependientes de la financiación gubernamental o
empresarial y cuando se alejan de los intereses de la sociedad en
general.
Ahora bien, lo que a mi juicio demuestra lo que acabo de
señalar es que no se puede afirmar, como hacen los economistas y
políticos neoliberales, que los sindicatos sean por definición un
elemento negativo y de efectos perniciosos sobre la economía. La
realidad evidencia que no solamente no lo son siempre sino que, además,
pueden tener una influencia muy positiva sobre las empresas y sobre el
conjunto de la actividad económica.
Los sindicatos son, nada más pero nada menos, un
instrumento de defensa de las clases trabajadoras. Un instrumento
imprescindible porque estas interactúan con la patronal en condiciones
de franca inferioridad y debilidad pero que, como cualquier otro, puede
ser utilizado bien o mal. Los sindicatos suponen protección, apoyo
mutuo, poder colectivo y, por lo tanto, mayor posibilidad de intervenir
en las relaciones económicas en condiciones de simetría con la patronal,
única forma de conquistar y disfrutar derechos que sería imposible
alcanzar y ejercer negociando las condiciones de trabajo
individualmente. Es por eso, porque la otra parte busca igualmente
mejorar su condición, por lo que se quiere acabar con los sindicatos y
por lo que se hacen reformas laborales (como la última española) cuya
casi única finalidad es limitar la capacidad de actuación de las
organizaciones sindicales. Y es por eso que el efecto que estas medidas
han tenido en los últimos años no ha sido otro que aumentar el beneficio
empresarial a costa de los salarios y de los derechos laborales,
disminuyendo el empleo y el nivel general de actividad económica.
Las razones que llevan a combatir a los sindicatos no son
científicas, como nos quieren hacer creer los economistas neoliberales.
La actividad sindical no es mala en sí misma para la economía. Si se
limita y combate es para defender y proteger los intereses de una parte,
ya de por sí en condiciones de superioridad, en perjuicio de otra y a
costa de perjudicar a la economía y a las propias empresas en su
conjunto.
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