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Cambiarlo todo por Beatriz Gimeno

Una aportación al debate que se está produciendo en la izquierda sobre qué tipo de feminismo es necesario, su relación con el neoliberalismo, el “puritanismo” o la pluralidad de su composición social

Hace un par de semanas el compañero Alba Rico publicó un artículo en CTXT en el cual exponía su visión del momento actual del feminismo y lo hacía planteando algunas dudas respecto a las reivindicaciones feministas que nos han conducido finalmente a vivir este 8 de marzo distinto a todos.

Pocos días después, le respondían, muy acertadamente a mi entender, otras compañeras en este artículo y por eso no voy a insistir en refutar el error de asimilar el feminismo con la izquierda tradicional o con la construcción clásica de la hegemonía política; el error de pensar el feminismo desde teorías políticas tradicionales, es decir, desde construcciones del mundo androcéntricas.
Sólo me gustaría referirme a algunas cuestiones que creo que quedaron sin contestar. Una de las características más reseñables de este momento feminista, que algunas ya denominan Cuarta Ola, es que es muy evidente que al mismo se están incorporando mujeres que quizá antes estaban ausentes y que son las que están (estamos) construyendo esa hegemonía propia a la que antes me refería. Si algo caracteriza al feminismo de este momento es su carácter crítico con las políticas neoliberales, simplemente porque dichas políticas son las que están sometiendo a las mujeres a una situación insoportable en todo el mundo. En este feminismo tienen una gran presencia las Kellys, las trabajadoras de las residencias, las estibadoras, las cuidadoras, las trabajadoras domésticas, las trabajadoras del telemarketing, las precarias, las desempleadas, las que están hartas de sueldos miserables…y todas ellas se definen como feministas. Por primera vez en mucho tiempo, las mujeres trabajadoras, trabajadoras remuneradas o sin remunerar, las explotadas, salen a la calle a denunciar un orden económico que sólo puede mantenerse con nuestro trabajo gratuito, un trabajo del que se libran los hombres por muy explotados laboralmente que estén. El conflicto capital-vida se clava en nuestros cuerpos de manera concreta e insoportable, y muchas trabajadoras se han hecho conscientes de que la imposibilidad de vivir tiene mucho que ver con el hecho de que son mujeres y con el hecho de que vivimos sometidas a determinadas políticas. La huelga feminista de este 8 de marzo es y se declara feminista y es, además, una manifestación de hartazgo y de protesta, no sólo por la falta de igualdad o por la ausencia de ciertos derechos, sino también y muy claramente contra un determinado orden económico. En ese sentido, como dicen nuestras hermanas norteamericanas, somos la resistencia más activa contra esas políticas destructivas.

Pero es mucho más. El feminismo no quiere ya únicamente reformas y más derechos, sino que lo impugna todo: también los significados sociales, las definiciones hegemónicas y contra-hegemónicas, las interpretaciones, lo que es y no es la igualdad,  lo que significan las instituciones políticas y sociales, el lenguaje que hablamos y el orden simbólico en el que nos reconocemos. Hay una exigencia muy concreta de redistribución material, de justicia económica que ha ido creciendo en los últimos años,  pero también hay una disputa sobre quién nombra el mundo, desde dónde se nombra, desde dónde definimos las relaciones entre hombres y mujeres, cómo se construyen las subjetividades, con qué materiales, quién es sujeto y quién es objeto dada una determinada construcción de la mirada, del deseo.

Hablando de sexo, y sus definiciones y prácticas, quiero hacer referencia a algo que menciona, aunque de pasada, Alba Rico, y que he leído ya en otros artículos; y es la expresión de cierta preocupación masculina por un supuesto cuestionamiento feminista de la penetración como práctica sexual. Ciertamente no me parece que esta cuestión sea ahora una preocupación fundamental del feminismo, pero está claro que sí lo es de algunos hombres puesto que lo mencionan como rasgo distintivo de un feminismo radical, desbocado y sin frenos. Así pues, hablemos de ello aunque sea brevemente. Lo cierto es que el cuestionamiento de la centralidad de la penetración como práctica sexual está ya presente en el feminismo desde los años 60 y la realidad es que, simplemente, no es una práctica igual de placentera para nosotras que para ellos, siendo al mismo tiempo prácticamente imposible de esquivar hasta el punto de que cuando decimos “sexo” estamos utilizando una metonimia de “penetración”. Esto lo sabemos nosotras desde siempre pero lo hicieron visible Master y Johnson y desde entonces cualquier sexólogo/a un poco serio lo tiene claro. Un orden sexual feminista procuraría una redistribución igualitaria también de los placeres, y en ese sentido, el feminismo tiene pendiente crear una agenda sexual en positivo, de la que hasta ahora poco se habla. Incluyo aquí las palabras de un señor muy serio para que no sean mis palabras, las de una feminista radical, las que pongan en duda el sacrosanto espacio del coito en nuestra cultura sexual.
El problema sexual dentro de este orden de género tiene importancia, claro. La sexualidad es la base del contrato sexual (en palabras de la teórica Carole Pateman) firmado entre los hombres para repartirse a las mujeres y con ellas la riqueza que estas producen. Es el homónimo del contrato social rousseauniano, tan fundacional este como aquel, aunque de signo distinto e invisibilizado. Rubricar un nuevo contrato sexual implica romper con el viejo orden y construir otro. No voy a entrar aquí en por qué a los hombres les preocupa tanto el supuesto puritanismo del feminismo porque a eso también se ha referido el artículo antes mencionado, pero baste decir que lo que llaman puritanismo no es, la mayoría de las veces, más que cuestionamiento del orden de género sexual imperante hasta este momento en el que “libertad sexual” es leída por muchos como libertad de acceso a nuestros cuerpos. Y es aquí donde el movimiento MeToo denuncia que la libertad sexual de los hombres se ha construido sin límites; y al hacer este denuncia y al poner nuestro propio deseo como límite a la libertad de ellos,  han conectado con una experiencia que es común a todas las mujeres, a todas (no sé si algún hombre puede llegar a vislumbrar lo que eso significa) No es puritanismo, amigos, es revolución sexual.

Finalmente, creo que se equivoca Alba Rico cuando afirma que el feminismo quiere conservar las conquistas del Derecho “tanto en el ámbito civil –libertad de expresión, libertad sexual– como en el jurídico: igualdad ante la ley, presunción de inocencia, seguridad procesal, proporcionalidad de las penas, casuística, distinción entre pecado y delito”. Como en el caso del sexo, más bien parece que son los hombres los que quieren conservar eso. Les pierde el androcentrismo. Cuando él y tantos otros mencionan la igualdad como base y como límite, están haciendo referencia al paradigma ilustrado de igualdad que proviene de aquel contrato social que alumbró la Ilustración y que certificó un pacto misógino de exclusión de las mujeres del estatus de ciudadanía. La petición entonces de ser incluidas en los nuevos derechos les costó a algunas la cabeza. El pacto se hizo entre ciudadanos libres e iguales sobre mujeres idénticas y genéricas. Desde entonces la lucha no es por incorporarnos a esa igualdad como si fuéramos hombres, sino por cambiar las condiciones del pacto y entrar en esa ciudadanía en tanto que mujeres. No creemos que exista igualdad ante la ley, pues como sabemos, la ley no juzga igual a hombres y a mujeres; ni existe libertad sexual más que para los hombres pues la nuestra es puesta en entredicho permanentemente; la seguridad procesal es una broma para las víctimas de las múltiples violencias machistas o de la propia institución de una justicia claramente patriarcal; la proporcionalidad de las penas es un sarcasmo cuando vemos los castigos que se aplican para quienes nos violan, nos acosan o nos asesinan. La presunción de inocencia debería más bien aplicarse siempre a las víctimas de delitos misóginos que son consideradas culpables, como hemos visto muy recientemente. Sobre la distinción entre pecado y delito, más bien parece que es la justicia y la cultura patriarcal la que establece una distinción entre mujeres pecadoras y no pecadoras, aunque ambas sean inocentes. No hay nada que queramos conservar del orden de género patriarcal. En este orden nuestras vidas valen menos, y menos vale nuestra palabra, nuestro deseo, nuestro trabajo; en este orden no son valiosos nuestros cuerpos, ni lo es tampoco nuestra visión del mundo o las experiencias que podamos aportar. Por eso, no creo que el feminismo tenga ahora que parar, porque no son sólo más derechos lo que queremos sino poner nuestras vidas en el centro; y eso implica cambiarlo todo.

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Beatriz Gimeno es diputada de Podemos en la Asamblea de Madrid y activista feminista
* primero en Ctxt
* Crónica agradece a la autora permitirnos compartir sus opiniones con nuestros lectores desde el inicio de nuestro digital.




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Àgora CT. Associació Cultural sense ànim de lucre per a promoure idees progressistes

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